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Una reivindicación profesional

Iñaki Lauret
Responsable del Departamento de Audiovisuales e Informática de i². Centro i² Implantología, Madrid.

No, no pretendo iniciar ningún movimiento tipo Ocuppy Wall Street, en realidad, este artículo es parte de una conferencia que realicé dentro de un curso de especialización en implantología y que, en cierto modo, es un poco de autoafirmación.

Sí, es cierto que a la informática se le concede una gran importancia, que todos somos conscientes de que hoy en día los aviones no podrían despegar y aterrizar cada treinta segundos si no fuera por los ordenadores, que los automóviles cada vez son más seguros gracias a ellos, y qué decir del teléfono móvil, el vídeo, etc., y, sin embargo, cuando uno tiene que decir qué es «informático», la palabra no acaba de sonar del todo bien, y, por supuesto, nada que ver con decir «Doctor».

Y es que, de alguna manera, y excepto casos aislados como Steve Jobs –que, mucho me temo, en el subconsciente colectivo no figura como informático–, la tendencia es a valorar excesivamente a la máquina y muy poco a las personas que la han hecho posible.

Soy consciente de que el informático no ha sido hasta ahora una figura brillante en lo que se refiere a la comunicación y, en general, ha dado más quebraderos de cabeza de los que ha resuelto.

Pero el progreso no se detiene y es el momento en el que los doctores deben empezar a valorar estas cuestiones. A medida que las «maquinitas» se vayan apoderando de la consulta, cada vez serán más vulnerables a los dos males que aquejan a los informáticos.

El primero es tener que dar la excusa de que la máquina ha cometido un error, lo cual es bastante improbable, sobre todo, cuando la máquina ha estado funcionando bien en ocasiones anteriores. El problema es que, como esto, en cierta medida, está asumido por el gran público, se corre el grave peligro de caer en la tentación de achacar a la máquina lo que en realidad es un olvido o un descuido y acaba siendo como el caso de aquel que se ausentaba del trabajo para enterrar a su abuela todos los meses.

El segundo es tener que enfrentarse a una pléyade de entendidos, es decir, a todo el mundo. Esto ya está ocurriendo en algunos casos gracias a internet. Es el caso del paciente «informado» que acude con ideas propias acerca del tratamiento a seguir.

Supongo que todos han experimentado esta situación en alguna ocasión y no ha sido demasiado agradable. Para los informáticos, esto es el pan de cada día.

Supongamos, por ejemplo, que un paciente se informa convenientemente en la forma de hacer un diagnóstico, es decir, mirar el color de los dientes y cuántos hay.

El paciente llama a la consulta de un dentista y pregunta si pueden resolver su problema de dolor y hace saber que tiene 26 piezas, entre dientes y muelas, y de un color que va del blanco roto al beige pasión. Insiste en saber qué anda mal y cómo solucionarlo, si debe tomar algún medicamento, etc., ya que hasta la fecha no había tenido molestias y comía perfectamente.

Esto es una barbaridad visto así y la respuesta del dentista será, muy probablemente: «Véngase por la consulta para que le miremos porque de otra manera es imposible saberlo».

Pues bien, y con todos mis respetos, esta es la misma situación que se produce cuando alguien te llama y te dice, «Mira, es que estaba haciendo una presentación en PowerPoint y he querido insertar un vídeo AVI y no se ve, ¿qué hago?».

La diferencia entre el dentista y el informático es que la situación anterior en el caso del dentista es altamente improbable –aunque no imposible, que hay mucho chalado por ahí–, mientras que en el caso del informático es la norma.

Autores

Responsable del Departamento de Audiovisuales e Informática de i². Centro i² Implantología, Madrid.

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