Yo, don Felipe por la gracia de Dios Príncipe de Asturias, vos mando nos hagáis servicio y gracia y toméis juicio de su serenísima Alteza el infante don Carlos, mi muy caro y muy amado hijo, más no de su persona, sino del diente anclado a su quijada de abajo con el que fue alumbrado. Mucho nos pesa recordar que pasadas cuatro noches de la natividad en que padeció gravísimos dolores de parto, dio a la Princesa María, mi muy católica y amada esposa, la enfermedad de la muerte, haciéndole Dios mucha merced, gozando de ella y teniéndola en su gloria.

Despedido el duelo convenimos otorgar licencia a doña Leonor, niñera del infante, con la que hállase, con celo de acertar con lo mejor, ama de cría. Tomó mujer de la mejor sangre y de mejores costumbres, apuesta moza, recia, sana y limpia, y después pasando adelante aquello fue menester mudar otra ama, teniendo entendido de buena parte que no guardó cuarentena con el gobierno de su honra y reputación que conviene, que no era hijadalgo salvo de linaje de labradores honrados, siendo fama pública el rondar de galanes y no con maneras honestas. Anda el infante muy quebrado de salud y tanto tiempo hace que le dura la cuartana, la cual le tiene tan flaco y fatigado que ha parecido a los médicos que mandamos juntar para ello, que eso viene de crianza porque cató mal ama, que enturbió la leche con semilla de varón y le llevó el neguijón al diente que a poco de esto le dio un dolor que, aunque no fue muy recio, le duró dos días y al cabo echó babas quedando muy bueno. Bendito sea Dios y ha habido la dificultad y trabajo que vos habrá sabido de hallar doncella adecuada, porque las mordía a todas, y no hay ninguna que se preste, que se guardan de todo ello como del diablo y se les pasa por pensamiento que la dolencia es contagiosa. Por ende, veis cuánto toca esto a mi servicio y al parabién del Reino que todo es conforme a lo que de vos confiamos, que profesáis general aprobación de maese Daza Chacón, cirujano al servicio de mi padre, su Majestad cesárea el Emperador y Rey Nuestro Señor, que con satisfacción, gusto y gran contento os recomienda por ser persona de seso maduro e ingenio despierto y maestro en curar la boca y la dentadura, que si el mal fuese por el diente, quitadlo y desaparezca todo.

En la villa de Valladolid, a trece días del mes de septiembre de mil y quinientos y cuarenta y cinco años.
Yo, el Príncipe. Yo, don Antonio de Rojas, Mayordomo Mayor, la hice escribir por su mandado.

(Letra del futuro Felipe II Rey de España al licenciado Francisco Martínez que en 1557 escribe el «Coloquio breve y compendioso sobre la materia de la dentadura y maravillosa obra de la boca», dedicado al muy alto y muy poderoso Señor el Príncipe Don Carlos).