Subtítulos

Disponer de tiempo libre tiene sus contradicciones. Una sobremesa lenta, sin las obligaciones propias de una actividad forzosa permiten estar disponible para determinados temas que antes eran impensables e imposibles. Un día cualquiera, entre semana, claro, mientras tomo el café, descafeinado, por supuesto, que la tensión arterial manda, me enfrento en la tele a una teleserie de esas que intentan apaciguar las consecuencias de una comida más copiosa de lo recomendable y me encuentro con un absurdo que no tiene lógica alguna.

Resulta que en un Mercado central donde hay de todo, desde un bar a una floristería, una tienda de arreglos de ropa, una frutería o una carnicería, de todo, menos clientes, porque no hay forma de encontrarse a gente haciendo cola para comprar mientras los personajes centrales dilucidan sus asuntos personales en planos que permiten ver la soledad de los puestos, a veces hasta sin dependientes, y algunos con el cartel de se traspasa; realismo puro. Pues resulta que en este mercado de abastos hay, también, una pizzería regentada por italianos que, entre ellos, hablan ¡en español! Algo tan disparatado como si Alfredo Landa se hubiera puesto a hablar en pseudoalemán con José Sacristán cuando ambos coinciden en el país germano trabajando, en lo que sea, como emigrantes de los años setenta del pasado siglo cuando Pedro Lazaga les dijo Vente a Alemania, Pepe; pero esa es otra historia.

Bueno, pues esos señores, napolitanos, calabreses, lombardos o sicilianos –desconozco si los guionistas han llegado a aclararlo en algún capítulo, que todo puede ser–, hablan con acento italiano, pero en español. Y eso me hace pensar si es una consecuencia directa, o indirecta, de la aversión que hay en nuestro país a recurrir a los subtítulos, una de las razones por las que los españolitos somos tan negados para aprender idiomas. Aunque en un nivel monolingüe que superan los franceses –¡ay!, ese chauvinismo galo– o los ingleses, que no necesitan acercarse a otros idiomas porque su lengua se habla en todo el mundo. Solo hay que aguantar tres estaciones a bordo del metro o viajar en un autobús para comprobar que rumanos, brasileños, chinos, ugandeses o senegaleses, hablan, entre sí, respectivamente, en rumano, portugués, mandarín –supongo–, suajili –me imagino– o francés.

¿O es que no hemos visto/oído a los congresistas de una misma nacionalidad hablar en su idioma cuando coinciden en los pasillos donde se celebran los simposios? Japoneses, españoles o alemanes hablan entre ellos en sus respectivos idiomas y no se les ocurre hacerlo en inglés, por mucho que sea el idioma oficial del congreso, que es, junto al vernáculo, en el que se dictan las ponencias, momento en que entran en acción los traductores. Intérpretes que, como el siempre eficiente Sven Glöckner, facilitan la comprensión exacta de lo que quieren contar los comunicantes en sus intervenciones haciendo innecesarios, una vez más, los subtítulos.

Ahora imaginemos que entramos en el Parlamento, ese espacio en el que moran los políticos electos para aprobar leyes y quienes, en principio, hablan todos una misma lengua, pero sin enterarse de lo que dicen unos y otros. En la Cámara Baja hace falta un intérprete para que cuando hablen, aparentemente en un mismo idioma, lleguen a entenderse. O, en el peor de los casos, que se proyecten subtítulos que hagan comprensibles las propuestas de los demás. Vivimos en un desatino que impide que los parlamentarios se pongan de acuerdo en temas de enjundia, ¡Y nosotros esperando que se preocupen de los problemas que afectan a la Odontología! Subtítulos, por favor.

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