Confieso que he disfrutado como una niña escribiendo el reportaje «Profesionales detrás del atril». Después de más de una década trabajando en el sector dental he tenido la oportunidad de asistir a un buen número de conferencias, jornadas, charlas, cursos de formación…; de odontólogos, protésicos, higienistas, CEOs y directivos de empresas; y sobre los temas más variados, desde la Implantología (he conseguido con los años no apartar la vista ante los excesos de sangre); hasta la gestión o el lanzamiento de un nuevo producto o servicio. ¡Lo que he aprendido en todo este tiempo como asistente a estas citas, bolígrafo, cuaderno y cámara en mano!

A algunos profesionales, ya amigos, a modo de broma les digo que tengo convalidado -por lo menos- hasta 2º del Grado en Odontología. Pequeña osadía verbal al margen –no hay que frivolizar con el intrusismo, que es un problema grave–, cuando asisto a una presentación o conferencia quizás no sepa valorar en su justa medida su relevancia científica, su apoyo bibliográfico, o la calidad de la técnica empleada en un caso clínico concreto; por mi formación, me detengo especialmente en detalles de la oratoria, los gestos, la elaboración de la presentación, la calidad visual y gráfica…, en definitiva, en la capacidad comunicativa del ponente y de conectar con el auditorio. Y es que hablar en público, transmitir, llegar, impactar, conquistar, seducir… que el al fin y al cabo en eso consiste la comunicación, no es nada fácil. Y no podemos minimizar su importancia porque la comunicación es una herramienta clave en todas las facetas de la vida.

Sin ir más lejos… en la clínica dental. Cuando escribo estas líneas acabo de ver en vivo y en directo al conocido odontólogo brasileño, Christian Coachman, en una conferencia en Madrid. De sus mensajes me quedo, en esta ocasión, con una recomendación: «Tenemos que ser los mejores contadores de historias. No nos tenemos que perder en términos técnicos a la hora de explicar un tratamiento a un paciente. Los consumidores modernos quieren ver para creer», advertía a sus colegas.

El Steve Jobs de la Odontología –tal y como le calificó en el encuentro el Dr. Jaime A. Gil por su perfil innovador– se refería con estas últimas palabras al «poder comunicativo» que tiene una buena presentación del tratamiento para aportar tranquilidad y ganarse la confianza del paciente. Enseñarle, por ejemplo, cómo será su sonrisa al final de un tratamiento consigue impactarle e, incluso, generar emociones. Así que hoy más que nunca, a los profesionales de la Odontología les toca, además de ser buenos dentistas, ser excelentes psicólogos y comunicadores. Con conocimientos científicos, y formación, por supuesto, pero también con palabras, con datos, con imágenes, con humor, con una experiencia personal, con un caso clínico impactante… todos son recursos válidos para comunicar y enseñar, tanto a compañeros como a pacientes. Porque si de algo podemos presumir en nuestro país es de profesionales altamente cualificados. Un orgullo para todos y una garantía para los pacientes, los auténticos protagonistas.