La relectura de los clásicos ayuda a recuperar conceptos también clásicos pero aplicables sean cuales sean la situación, el ámbito y el tiempo; incluso los actuales. El jesuita Baltasar Gracián (1601-1658) fue una de las mentes europeas más preclaras del siglo XVII, un ejemplo de pensador pragmático en lo político, lo económico y lo social que influyó, y mucho, en escritores y filósofos tan universales como sus contemporáneos La Rochefoucauld (1613-1680), aficionado a las máximas, y el contractualista Thomas Hobbes (1588-1679), pero también en el idealista y pesimista Arthur Schopenhauer (1788-1860), el «maestro de la sospecha» Friedrich Nietzsche (1844-1900), el sociólogo antipositivista Max Weber (1864-1920) y el existencialista Jean-Paul Sartre (1905-1980), que ya es influir.

Este calagurritano pesimista por naturaleza, como correspondía al periodo barroco que le tocó vivir, veía la sociedad en un contexto agresivo, embustero, falso y embaucador que permite el triunfo de las apariencias sobre la virtud y la verdad. Un mundo en el que los tramposos e impostores sacan partido con acciones desleales pese a que esa actitud pueda causar dolor y miseria a quienes les rodean, en la certeza de que todo es válido con tal de conseguir el éxito, especialmente el económico, como preámbulo a lograr un estatus superior en la sociedad. ¡Ay!, lo mismo que hoy.

Esa conciencia de una España decadente –¡ay!– denunciada por Gracián, permisiva con los truhanes sin escrúpulos, quedó plasmada en su novela El Criticón –equiparable en su grandeza a La Celestina o El Quijote–, pero también en el Oráculo manual y arte de prudencia, un recopilatorio de trescientos aforismos en el que ofrece un conjunto de normas y orientaciones que sirven de guía en una sociedad en crisis –¡ay!–, textos que, por cierto, firmaba con el nombre de su hermano Lorenzo para evitar la censura del Colegio de los Jesuitas, que reprobaban su forma de pensar. Muchas de esas máximas han llegado a nuestros días plenas de vigencia, como la que recomienda: «No te pongas en el lado malo de un argumento simplemente porque tu oponente se ha puesto en el lado correcto». ¡Ay!

También dijo que hay un sordo peor que el que no puede oír, «aquel que por una oreja le entra y por otra se le va», o que «errar es humano, pero más lo es culpar de ello a otros». Y el hombre acertó de pleno cuando denunció que «son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen». Son aforismos que asustan por su validez 360 años después de la muerte del preclaro aragonés que previno que no hay que perder la vida en quejarse («la queja trae descrédito»), como tampoco hay que obsesionarse con agradar a todo el mundo, porque «métense a querer dar gusto a todos, que es imposible, y vienen a disgustar a todos, que es más fácil». ¡Ay!

Y no sigo, que ya lo dijo Gracián: «Lo breve, si bueno, dos veces bueno», aunque no estaría de más que cada uno se aplicase estos aforismos en su vida personal y profesional, a sabiendas de que «más vale un grano de cordura que arrobas de sutileza», sin por ello ser un apocado medroso («pon un gramo de audacia en todo lo que hagas»), porque, al final, «solo vive el que sabe» y no el que aparenta saberlo todo. ¡Cuánto jesuita del XVII hay en el XXI! Y el que quiera entenderlo, que lo entienda. ¡Ay!