Veinte años después todavía recuerdo, como si fuera ayer, la crónica de aquel colega de la cosa periodística relacionada con la integración de Austria, Finlandia y Suecia a la todavía conocida entonces como Comunidad Económica Europea (CEE) y que terminó por convertirse en enero de 1995 en la Europa «de los quince», ya como Unión Europea. El reportero, en su avance informativo radiofónico, vino a decir que la adhesión fue tan rápida que no había dado tiempo siquiera a cambiar la bandera identificativa del entramado político-económico del viejo continente y que por eso seguía manteniendo solo doce estrellas amarillas en la bandera de fondo azul. Vamos que el descendiente por oficio del pionero Nipho se tiró a la piscina sin comprobar si tenía agua, porque ya antes de ese momento se había anunciado oficialmente que la bandera comunitaria mantendría siempre la docena de cuerpos celestes de color gualda por muchos países que formaran parte de la Unión; sin contar conque la entrada de nuevas naciones en el club europeo era anunciada, y se anuncia, con tiempo suficiente para conocer su ingreso.

Y por eso la Europa de los veintiocho –dentro de nada veintisiete, que los británicos han decidido aislarse no solo geográfica sino también política y económicamente del resto del continente– sigue con la misma enseña general: fondo azul y doce estrellas gualdas. De resultas de lo cual –de la aludida crónica– el informador salió estrellado.

Luego llegó el euro, una moneda común que, dicen, nos hacen más iguales a todos los europeos –a unos más que a otros, para qué nos vamos a engañar– y la sensación de que en la agrupación continental de todas las naciones de esta región planetaria se mantienen las diferencias. Se habla de las lokomotiven que tiran del carro y de los incumplimientos de déficits que lastran los avances generales, y de otras cosas muy complicadas que seguramente entenderán los señores que se desayunan cada mañana en Bruselas, pero que para el común de los mortales –especialmente, casi seguro, para el reportero de las doce estrellas– suenan a chino mandarín o, por mejor decir, a alemán hamburgués, deje de la canciller Merkel.

Y con estos mimbres qué hace un país mediterráneo –periférico, según la terminología centroeuropea– como es España. Pues sacar pecho y demostrar que el empeño, el esfuerzo, el trabajo y la creatividad son algunos de los muchos méritos que figuran entre los valores de las gentes más meridionales de esa Europa que en la mitología griega fue raptada por Zeus y que en la teogonía actual ha sido secuestrada por el deslumbrante brillo de la moneda única.

El caso es que hemos sido capaces –han sido, que yo no he puesto ni una migaja– de aportar en los últimos años personalidades que sirven de referentes al cine, las letras, las artes plásticas, el deporte –fútbol incluido–, la gastronomía, la ciencia y la empresa.

Posiblemente la timidez, el recato, la modestia y esa absurda sensación de inferioridad haya retrasado esa salida de grandes personajes al plano internacional. Pero eso se acabó.

¿Y en lo que al sector dental se refiere? Pues no vamos –van– a la zaga respecto a otras esferas sociales. Ahí tenemos a Julio Acero, presidente de la Sociedad Mundial de Cirugía Oral y Maxilofacial (IAOMS); a Juan Blanco Carrión, presidente de la Federación Europea de Periodoncia (EFP); a Alberto Sicilia Felechosa, presidente de la Asociación Europea de Osteointegración (EAO); a Eduardo Vázquez Delgado, presidente de la European Academy of Craniomandibular Disorders (EACD), y a Mariano Sanz Alonso, que ha hecho tanto y tan buen trabajo que en Europa es considerado una auténtica eminencia, con tres doctorados honoris causa sobre su birrete –el último se lo han entregado en Coimbra mientras escribo esta carta–. Y en el plano colectivo no debemos dejar fuera el triunfo que supone celebrar el congreso de la FDI (Federación Dental Internacional) en España.

Y tal vez lo mejor es que hay futuro porque ya estamos como en el fútbol: hasta las categorías inferiores consiguen éxitos, que los estudiantes de ANEO se trajeron este pasado verano a sus colegas de la Asociación Europea de Estudiantes de Odontología (EDSA). Y suma y sigue.

Al final va a tener razón mi despistado colega: necesitamos más estrellas en nuestra bandera… odontológica.