Investigación

Manuel Román recuerda que la universidad y la industria son los dos pilares de la investigación. Y pone un ejemplo para ilustrar su convicción de que se preste más atención a las investigaciones de las casas comerciales «por el poder económico que tienen» que a las universitarias, pese a ser «las serias y de las que realmente nos tendríamos que fiar». Cuenta que en un congreso de Invisaling celebrado en Roma «uno de los directivos me comentó que tenía 262 técnicos ingenieros y un presupuesto de 60 millones de euros solamente para I+D+i, que es más que lo que tiene la Federación Dental Americana. Pero, claro, la información que se obtiene de esos estudios nos llega sesgada, y transmiten lo que les interesa porque al fin y al cabo es su negocio. Por eso coincido con el doctor Palma en que habría que definir una ética empresarial».

Del nexo entre la universidad y la empresa en el terreno de la investigación habla la doctora Martín. «La universidad puede abordar un proyecto financiado por una casa comercial con el acuerdo de su publicación sean o no favorables los resultados obtenidos. Tenemos que acostumbrarnos a dar a conocer también los estudios que no encuentran la hipótesis que se estaba investigando. Cuando se hacen los metaanálisis para ver si hay sesgo en la publicación de los resultados de estudios, lo mismo si son grandes que pequeños, resulta que todos son positivos y eso te hace pensar que hay trabajos que no han dado el resultado esperado y no se han publicado. Y esto es un problema».

«No es el único problema en nuestro campo –interviene Palma–. Admitamos que hay que pagar un cierto tributo a la fuerza de la industria y del dinero que pone, que es lo que nos permite progresar, pero eso lleva también una servidumbre. Por ejemplo, mañana organizas un curso de biología para los pacientes de Down, ¿sabéis cuántos van a asistir a ese curso?  Nadie. Pero si el curso es de Ortodoncia lingual o de Invisalign o de una técnica… la cosa cambia. Cuando los alumnos terminan sus másteres y van a buscar trabajo las compañías no les preguntan dónde han estudiado o qué formación tienen, sino el certificado de Incógnito y de Invisalign. Es lo primero que les piden. Es que ahora tomas una impresión o escaneas y lo mandas a Alemania y te dan todo, tres o cuatro arcos y tú los pones como el robot te diga. Y es que, aunque moleste a mucha gente, somos los ‘tomaimpresiones’. El dinero manda y ahora hay buenos profesionales que se dedican a la enseñanza porque es más rentable».

La formación es otro de los caballos de batalla de la Ortodoncia, en la que se nota cada día más la influencia negativa de la plétora profesional. «Hay paro técnico de dentistas –precisa Román– y la gente se apunta automáticamente a los másteres por necesidad y después de ocho años de estudios universitarios se apuntan a otro máster privado para hacer lingual o Invisalign porque no lo han aprendido y lo necesitan para poder trabajar. La docencia es otro hándicap de la profesión». Aspecto en el que discrepa Santiago Jiménez, para quien «con una buena formación y postgrado se aprenden las bases de la Ortodoncia, cosas tan sencillas como coger unos alicates y doblar un alambre, que parece como si eso ya no fuera necesario, y a partir de esa base las cuatro cosas que te digan en los cursos las vas a aplicar correctamente. Pero tampoco se puede pretender que se haga lingual después de un postgrado de tres años».

Manuel Román pone sobre la mesa la falta de adecuación de los programas formativos. «En los últimos diez años la Ortodoncia ha cambiado mucho –argumenta– ¿y qué programas de máster recogen los microtornillos como asignatura teórica o tratan el combing?». Y como Concha Martín asegura conocer varios másteres de universidades que sí tratan esos temas y Alberto Cacho confirma que hay muchos que utilizan cabezas de cordero para practicar con los microtornillos, pero que, efectivamente, no está plasmado en los programas. Román expresa «lo bonito que sería que la formación la hicieran las universidades y no las casas comerciales en hoteles» y la doctora Martín expone las dificultades que tienen las universidades con la industria para obtener material de trabajo. «En otros países –dice– las casas comerciales pagan cada día una técnica diferente a las universidades, pero aquí nadie te da nada; no tienes ningún trato de favor cuando resulta que estás formando futuros ortodoncistas que más tarde usarán la técnica que han aprendido y es un beneficio para la empresa que la aporte».

Brackets gratis para la universidad

Y la intervención siguiente de los representantes de las casas comerciales despeja dudas al respecto. Alberto Cervera recuerda que en Ceosa fabrican brackets linguales «y tenéis a vuestra disposición todos los que necesitéis para los másteres de la universidad, sin ningún coste», se dirige a la vicedecana Martín. «Y ya para rematar –interviene el director de Ortosan–, yo pongo a vuestra disposición todos los conocimientos en 3D virtual de posicionamiento del bracket que he acumulado en diez años de experiencia; para poner cualquier tipo de bracket sin condicionamiento a ninguna marca».

«El futuro de la Ortodoncia pasa por la especialización»
En el desayuno hubo representación de la industria, la enseñanza, la profesión, la sociedad científica y la investigación relacionadas con la Ortodoncia.

La sorpresa general que producen estos compromisos de apoyo a la formación universitaria da por cerrado este capítulo de la relación empresa-universidad para dar entrada a uno nuevo, propuesto por Alberto Cacho, sobre la necesidad que hay entre los profesionales de asistir a cursos de formación continua «que deberían ser obligatorios para seguir ejerciendo, como ocurre en otros países, pero ha habido una clara dejación de funciones de las autoridades competentes, principalmente del Consejo General de Dentistas». Tema que enlaza con la traída y llevada necesidad de crear la especialidad de Ortondoncia. El doctor Palma anuncia que la SEDO, de la que es vocal reciente, «se ha planteado la formación continua, que es imprescindible, con un programa a precios muy asequibles». Tan imprescindible, asegura, como la creación de la especialidad de Ortodoncia, «que existe en todo el mundo. ¿Acaso son tontos los franceses, los americanos, los japoneses? La Ortodoncia, como otras disciplinas, tiene unos conceptos muy particulares y específicos que requieren de una formación extra de la que se pueda dar en la de Grado. No tiene lógica que España sea el único país de Europa, junto con Austria, que no tiene reconocida la especialidad y, lógicamente, no les puede ser reconocida fuera, mientras que los que vengan de fuera sí pueden poner «especialista» en su tarjeta».

¿Y habrá profesorado suficiente y preparado par dar formación a cuantos quieran hacer esta especialidad?, pregunta Del Moral. «El problema de la Ortodoncia no es más que el reflejo que padece toda la Odontología: el grado de masificación sin precedentes mundiales. En ningún país del mundo ocurre nada parecido, aquí las universidades se montan como las sucursales de Mercadona. Hablas con quien corresponda y de un día para otro te montas una universidad sin ningún control. No te preguntan qué profesores o espacios tienes, ni el curriculum ni la capacitación del profesorado… Nadie pregunta nada ni limita el número de estudiantes; los que tú quieras. Nos estamos convirtiendo en la fábrica de dentistas de Europa. Evidentemente va a ser muy difícil tener profesores y universidades capacitados para tanto estudiante. No puede haber programas de máster con profesores de muy poca experiencia con 20 o 25 alumnos ni que se den en un fin de semana cuando la Unión Europea habla de que han de ser de tres años a tiempo completo o su equivalente a tiempo parcial. Es una situación comparable con la de la construcción, que nadie entendía que en España hubiese tantas grúas como en Alemania, Inglaterra, Italia y Rusia juntas. Alguien tendrá que acabar con esta locura». En su argumentación del «caos» que se da en la Odontología española, Palma alude al plan Bolonia, «que está hecho para gente seria, pero ha venido a ayudar a hacer trampas con el nuevo crédito, que nadie sabe lo que es, pero que permite al alumno hacer en casa una parte de las horas estipuladas. Y hay quien hace el 90 por ciento del curso en su casa para obtener un título que muchas veces le da una universidad que ni siquiera tiene la carrera de Odontología. Como no empecemos a tomarnos esto en serio el futuro será un desastre», vaticina el doctor Palma.