El Dr. Pablo Xing Gao ha construido una trayectoria profesional marcada por la curiosidad, la innovación y una fuerte dimensión humana. Director clínico de DS30 Dental Institute y vinculado a la docencia, las sociedades científicas y el desarrollo de la Odontología digital, su recorrido demuestra que las oportunidades profesionales muchas veces nacen de pequeñas decisiones, de las personas que acompañan el camino y de la voluntad de seguir aprendiendo. En esta entrevista, reflexiona sobre el liderazgo estudiantil, la cirugía robótica y la gestión de equipos y pone especial énfasis en la importancia de disfrutar de la profesión, pero también de disfrutar de la vida.
-Tu trayectoria no responde al camino más convencional: liderazgo estudiantil, sociedades científicas, industria, robótica, clínica propia… ¿qué hilo conductor une todas esas etapas?
-El hilo conductor de todas esas etapas han sido las personas y, especialmente, mis amigos. Entré en la asociación de estudiantes -fue vicepresidente de ANEO (Asociación Nacional de Estudiantes de Odontología)- porque allí estaban mis amigos. Me involucré en las sociedades científicas porque quería ayudar y aprender de mis mentores. Mi relación con la industria nació a través de profesionales que, con el tiempo, dejaron de ser simplemente compañeros de trabajo para convertirse en amigos. La robótica surgió también de mi deseo de volver a conectar con colegas y amigos dentistas en China. Y mi clínica es, en gran medida, un proyecto construido junto a amigos de la universidad e incluso con personas que conocí durante mi etapa en las asociaciones estudiantiles. Mi sueño nunca ha sido simplemente trabajar o alcanzar determinados logros profesionales. Mi sueño ha sido progresar, aprender y divertirme rodeado de personas en las que confío y a las que admiro. Con el tiempo, muchos de esos amigos se han convertido en mi equipo. Y juntos compartimos algo muy bonito: perseguir un mismo sueño disfrutando del camino.
“No paséis por la universidad, dejad que la universidad pase por vosotros”
-¿Qué aprendiste del asociacionismo estudiantil que te haya servido en la práctica profesional?

-Formar parte de AEOC-M (Asociación de Estudiantes de Odontología de la Universidad Complutense de Madrid) y, posteriormente, de ANEO fue, probablemente, la experiencia más importante y enriquecedora de toda mi etapa universitaria.
La asociación de estudiantes fue un embudo que canalizó a muchos alumnos con inquietudes similares y nos unió bajo un proyecto común. Recuerdo una frase del profesor De La Macorra, que era decano cuando yo estudiaba en la UCM, que me marcó profundamente: “No paséis por la universidad, dejad que la universidad pase por vosotros”. Esa idea fue la que me impulsó a involucrarme en la asociación y, por supuesto, a seguir el ejemplo de personas como Gema Angulo, Álvaro Negrillo o Eduardo Banayot, que fueron mis referentes y mentores durante aquellos años.
Además, para nosotros la asociación nunca fue únicamente una herramienta reivindicativa. Siempre la entendimos como una oportunidad para potenciar las competencias transversales de los estudiantes y mejorar su experiencia universitaria. Teníamos apenas entre 20 y 23 años y, sin embargo, negociábamos con la industria, colaborábamos con instituciones profesionales y participábamos en foros donde se debatía el futuro de la Odontología. Mirándolo con perspectiva, fue una auténtica escuela de liderazgo y gestión.
Aprendí a trabajar en equipo, a escuchar puntos de vista diferentes, a encontrar consensos y a entender que normalmente hay muchas más cosas que nos unen que las que nos separan. Esa capacidad para gestionar personas y alinear intereses es, probablemente, el aprendizaje más valioso que me llevé y que sigo utilizando cada día en mi clínica, en la universidad y en los proyectos de innovación en los que participo.
Pero si hay una reflexión que siempre hago cuando recuerdo aquella etapa es sobre el altruismo. La asociación pertenecía a la universidad, no a nosotros. Sin embargo, todos la vivimos como si fuera nuestro propio proyecto. Le dedicamos incontables horas sabiendo que algún día tendríamos que dejarla atrás.
Y quizá ahí reside lo más bonito de aquella experiencia. Construir un proyecto, cuidarlo, hacerlo crecer y después confiarlo a las siguientes generaciones. Esa sensación de crear algo por convicción y no por interés personal es una de las lecciones más valiosas que me ha dado la universidad.
“Ser un buen odontólogo no consiste solo en hacer un tratamiento excelente”
-¿Qué importancia tienen las asociaciones estudiantiles para que un futuro odontólogo entienda la profesión más allá de la universidad?
-Creo que las asociaciones estudiantiles son algo parecido a un parque con arena donde puedes construir tus primeros castillos. Es un espacio donde puedes diseñar, probar, equivocarte, volver a empezar y aprender, sabiendo que todavía cuentas con el respaldo y la protección de la universidad.
Muchas veces pensamos que la universidad sirve únicamente para adquirir conocimientos técnicos, pero la profesión va mucho más allá. Ser un buen odontólogo no consiste solo en hacer un tratamiento excelente. También implica saber comunicarlo, generar confianza, escuchar al paciente, entender sus preocupaciones y ser capaz de acompañarle en momentos de incertidumbre.
No debemos olvidar que nuestra profesión es, ante todo, una profesión asistencial. Trabajamos con personas, no con dientes. Y las asociaciones estudiantiles te permiten empezar a desarrollar esas habilidades mucho antes de graduarte.
Al final, permiten entender que la profesión no se construye únicamente en una clínica o en un aula. También se construye colaborando con otras personas, impulsando proyectos comunes y aprendiendo que el verdadero crecimiento profesional va siempre acompañado de crecimiento personal.
-¿Qué experiencia formativa te ha dado más retorno real?
-Creo que sería injusto quedarme con una sola experiencia, porque realmente ha sido la suma de muchas de ellas: mentores, asociaciones, congresos, proyectos, viajes y formación académica.
Sin embargo, si tengo que señalar un momento que cambió mi trayectoria, me remontaría a segundo de carrera, en 2013. Recuerdo perfectamente que el profesor Juan López-Quiles estaba organizando el congreso SECIB en Madrid y colocó un cartel en el departamento buscando estudiantes voluntarios.
Un grupo de amigos pasamos por aquel pasillo, vimos el cartel y decidimos apuntarnos. En aquel momento parecía una decisión sin demasiada importancia, pero con el tiempo me he dado cuenta de que fue uno de esos pequeños acontecimientos que cambian el rumbo de una vida profesional.
Gracias a aquella experiencia conocí a todo el equipo de SECIB, a numerosos referentes de la cirugía bucal y a muchas personas que años después seguirían formando parte de mi trayectoria. Allí nació mi interés por la cirugía oral, que posteriormente me llevó a cursar el Máster de Cirugía Bucal e Implantología de la UCM.
Por eso, creo que el verdadero retorno viene de estar presente, involucrarse y aprovechar las oportunidades cuando aparecen.
“El profesional debe comprender las bases biológicas que determinan el éxito de un implante”
-La cirugía robótica ha abierto un debate potente en el sector. ¿Qué debe aprender un clínico antes de acercarse a esta tecnología?
-Lo primero que debe entender cualquier clínico es que la cirugía robótica no es un atajo para aprender implantología. De hecho, exige una base muy sólida en implantología, cirugía y Odontología digital.
Antes de acercarse a la robótica, el profesional debe comprender las bases biológicas que determinan el éxito de un implante. Debe conocer la cicatrización de los tejidos, la estabilidad primaria, la remodelación ósea, la biología periimplantaria y los principios que guían una correcta planificación quirúrgica y protésica. Porque de poco sirve colocar un implante con una precisión de décimas de milímetro si la planificación biológica no es la adecuada.
A partir de ahí, es fundamental dominar conceptos como la planificación digital, la interpretación radiológica, los encerados diagnósticos, el diseño protésico y la cirugía guiada. Especialmente en tratamientos complejos como los casos Full Arch, resulta imprescindible comprender todo el flujo digital y saber integrar los objetivos quirúrgicos, protésicos y biológicos en una única planificación.
También considero muy recomendable tener experiencia en cirugía navegada. La navegación quirúrgica desarrolla habilidades muy útiles, como la coordinación entre la información digital y la ejecución clínica en tiempo real, algo que facilita enormemente la transición hacia los sistemas robóticos.
Al final, la cirugía robótica no deja de ser la integración de todos los conocimientos que hemos ido adquiriendo en implantología digital durante los últimos años. El robot puede ejecutar una planificación con una gran precisión, pero sigue siendo el clínico quien diagnostica, planifica, toma decisiones y asume la responsabilidad del tratamiento.
La robótica no sustituye al implantólogo. Lo que hace es amplificar las capacidades de un implantólogo bien formado.
“La tecnología puede ayudarnos a ejecutar mejor un plan, pero no puede sustituir el criterio clínico”

-¿Dónde aporta valor la robótica en implantología y dónde conviene mantener los pies en la tierra?
-Creo que el valor real de la robótica está en aportar una precisión y una reproducibilidad que hasta hace pocos años eran difíciles de imaginar.
En nuestros estudios preliminares sobre tratamientos Full Arch hemos obtenido una desviación media de 0,44 milímetros, lo que representa, hasta donde conocemos, los resultados de precisión más altos descritos en la literatura para este tipo de rehabilitaciones. Pero más allá de la cifra, lo verdaderamente importante es lo que esa precisión permite conseguir clínicamente.
La robótica facilita la realización de cirugías mínimamente invasivas, mejora la capacidad de ejecutar exactamente la planificación diseñada previamente y ofrece al cirujano una visión en tiempo real de la posición de la fresa durante todo el procedimiento. Además, aporta algo muy interesante desde el punto de vista de la trazabilidad: al finalizar la cirugía es posible disponer de un informe objetivo de precisión que puede compartirse con el paciente y utilizarse para evaluar la calidad del tratamiento realizado.
Ahora bien, también es importante mantener los pies en la tierra. La robótica sigue siendo una tecnología muy pionera dentro de la implantología. Existe una curva de aprendizaje, requiere una formación específica y no elimina la necesidad de un buen diagnóstico ni de una correcta planificación biológica y protésica.
A veces se habla de la robótica como si fuera una solución mágica, y creo que ese es un error. La tecnología puede ayudarnos a ejecutar mejor un plan, pero no puede sustituir el criterio clínico. Un mal diagnóstico seguirá siendo un mal diagnóstico, aunque se ejecute con una precisión perfecta.
Creo que el principal error que se puede cometer es enamorarse de la tecnología y olvidarse del propósito para el que fue creada.
Hay una frase que utilizo con frecuencia en mis conferencias: la tecnología más avanzada solo tiene sentido si potencia lo mejor de las personas. No deberíamos incorporar una tecnología simplemente porque sea novedosa o porque nos permita hacer algo diferente. Debemos utilizarla cuando realmente aporte un valor añadido al paciente.
Al final, la pregunta no debería ser: “¿Cuál es la tecnología más avanzada?”. La pregunta debería ser: “¿Qué es lo mejor para este paciente?”.
Si mantenemos esa idea como brújula, la tecnología se convierte en una herramienta extraordinaria. Si la olvidamos, corremos el riesgo de confundir innovación con fascinación tecnológica.
“Lo más valioso que puede encontrar un joven odontólogo en una sociedad científica es acompañamiento en su crecimiento profesional”
-¿Qué puede encontrar un odontólogo joven en una sociedad científica?
-Creo que lo más valioso que puede encontrar es acompañamiento en su crecimiento profesional.
La formación es importante y, por supuesto, las sociedades científicas ofrecen acceso a conocimiento, congresos, cursos y referentes de primer nivel. Pero eso también puede encontrarse, en mayor o menor medida, en un máster o en un posgrado.
Lo que muchas veces no se encuentra tan fácilmente es una comunidad. Un entorno donde conocer a compañeros de tu misma edad, que están atravesando las mismas dudas, los mismos retos y las mismas inquietudes que tú. Un espacio donde compartir experiencias, aprender de otros profesionales y crear relaciones que muchas veces terminan convirtiéndose en amistades duraderas.
Además, las sociedades científicas permiten interactuar con alumnos y jóvenes profesionales de otras universidades y otros programas de formación. Se generan intercambios de ideas, colaboraciones y perspectivas diferentes que enriquecen la visión de la profesión.
De alguna manera, siempre he visto las sociedades científicas como una evolución natural de las asociaciones de estudiantes, pero en una etapa más profesional. Son espacios donde aprender, crecer y participar en proyectos comunes, pero con una conexión más directa con la realidad clínica y científica de la profesión.
Creo que su verdadero valor no está solo en la formación que ofrecen, sino también en las relaciones humanas que ayudan a construir.
“Si tuviera que elegir una competencia no clínica, diría que la gestión de personas”

-¿Qué competencias no clínicas te han resultado más importantes al montar y dirigir tu clínica?
-Si tuviera que elegir una competencia no clínica por encima de todas, diría que la gestión de personas.
Cuando abrimos una clínica solemos pensar en tratamientos, tecnología, protocolos o resultados clínicos. Sin embargo, con el tiempo te das cuenta de que gran parte de tu trabajo consiste en dirigir equipos, comunicarte de forma efectiva y entender las necesidades de las personas que forman parte del proyecto.
Una de las lecciones más importantes que he aprendido es aceptar que nunca vas a poder satisfacer a todo el mundo y que no todas las decisiones serán compartidas por todos los miembros del equipo. Como director, muchas veces tienes que tomar decisiones complejas intentando equilibrar intereses distintos y pensando en el beneficio global del proyecto.
Para mí es fundamental crear un entorno de trabajo donde las personas se sientan escuchadas, valoradas y partícipes de un objetivo común. Intento dedicar tiempo a comprender qué motiva a cada miembro del equipo, cuáles son sus inquietudes y cómo podemos alinear sus objetivos personales con los de la clínica.
Al final, dirigir una clínica no consiste únicamente en gestionar tratamientos o números. Consiste en gestionar relaciones humanas. Y cuando consigues que las personas crean en el proyecto, se ilusionen con él y remen en la misma dirección, muchas de las demás piezas terminan encajando por sí solas.
Por eso creo que la empatía, la comunicación y la capacidad de construir equipos son competencias tan importantes como cualquier habilidad clínica. Porque una clínica excelente no la construye una sola persona; la construye un equipo comprometido con una visión compartida.
También he aprendido que la Odontología, como cualquier profesión sanitaria, no es perfecta. Por mucho que nos esforcemos, no todos los tratamientos salen exactamente como habíamos planeado. Y creo que ahí es donde aparece una de las responsabilidades más importantes de un director clínico: dar la cara.
Cuando surge un problema, mi obligación no es buscar culpables, sino estar presente, asumir mi responsabilidad y trabajar junto al equipo para encontrar la mejor solución posible. Los errores y las complicaciones forman parte de cualquier actividad humana; lo que realmente define a una organización es cómo responde ante ellos.
Con el tiempo me he dado cuenta de que cuando tu equipo sabe que vas a estar ahí en los momentos difíciles, que no les vas a dejar solos y que asumirás la responsabilidad cuando sea necesario, se genera un clima de confianza muy fuerte. Y esa confianza es la base de cualquier proyecto a largo plazo.
-Viajas mucho y es habitual verte practicar actividades de aventura. ¿Qué te aporta esa parte vital a tu forma de trabajar?
-Me encanta mi profesión. Disfruto muchísimo operando. Hay algo muy satisfactorio en poder construir algo con tus propias manos y ayudar a mejorar la vida de una persona. Pero precisamente porque vivo mi trabajo con tanta intensidad, siento la necesidad de que mi vida no sea únicamente trabajo. Por eso me gustan tanto los viajes, el buceo, la montaña o aquellas actividades que tienen un cierto componente de aventura y adrenalina. No porque busque el riesgo en sí mismo, sino porque me ayudan a sentirme vivo fuera de la consulta, a salir de mi zona de confort y a recordar que hay un mundo enorme más allá de la Odontología. Además, viajar te da perspectiva. Te obliga a convivir con personas diferentes, a adaptarte a situaciones nuevas y a relativizar muchos problemas que en el día a día parecen enormes. Y actividades como el buceo o el alpinismo tienen algo en común con la cirugía: te exigen concentración, preparación y respeto por lo que estás haciendo.
“Muchas de las mejores oportunidades que he tenido han surgido por atreverme a seguir mi curiosidad”
-¿Qué consejo le darías a un estudiante o recién graduado que siente curiosidad por demasiadas cosas y teme dispersarse?
-Durante mucho tiempo pensé que tener tantas inquietudes podía ser un problema, porque parece que la sociedad nos empuja a elegir un único camino y seguirlo sin desviarnos. Sin embargo, con los años he aprendido que la curiosidad es una de las fuerzas más poderosas que existen para crecer, aprender y descubrir oportunidades.
Si tuviera que apoyarme en una frase, elegiría la famosa cita de Steve Jobs: “Stay hungry, stay foolish”. Mantén siempre el hambre por aprender y no tengas miedo de explorar caminos que, a priori, no parecen tener sentido.
Y si me permitís añadir una segunda referencia, me quedo con una frase que escuché recientemente en un concierto de Bad Bunny: “Amen y no escuchen lo que la gente diga de ustedes. Vivan su vida”.
Mi consejo sería que exploren, que prueben cosas nuevas, que se permitan cambiar de opinión y descubrir qué les apasiona de verdad. Lo único que intentaría evitar es hacer las cosas por presión externa o para cumplir expectativas ajenas.
Al final, la vida profesional no es una línea recta. Al menos la mía no lo ha sido. Y muchas de las mejores oportunidades que he tenido han surgido precisamente por atreverme a seguir mi curiosidad cuando otros pensaban que estaba perdiendo el tiempo. Así que sí: manteneos curiosos, manteneos inconformistas y, sobre todo, vivid vuestra propia vida.
-Si tuvieras que resumir tu trayectoria en una idea útil para otros profesionales, ¿cuál sería?
-Disfrutad de vuestro trabajo, pero no dejéis que vuestra vida sea únicamente vuestro trabajo.
La Odontología es una profesión maravillosa. Tiene la capacidad de apasionarte, de retarte cada día y de darte enormes satisfacciones personales y profesionales. Pero también puede absorberte por completo si no eres capaz de encontrar un equilibrio.
Porque al final de la carrera profesional, probablemente no recordaremos cuántas conferencias dimos, cuántos artículos publicamos o cuántos implantes colocamos. Recordaremos las personas con las que compartimos el camino y las experiencias que vivimos junto a ellas.
Un perfil completo y polifacético

Pablo Xing Gao es odontólogo, cirujano bucal e implantólogo, con un perfil muy vinculado a la innovación tecnológica aplicada a la Odontología. Director clínico de DS30 Dental Institute, combina la práctica clínica con la docencia de posgrado y la actividad científica.
Formado en la Universidad Complutense de Madrid, desarrolla su trabajo principalmente en el ámbito de la cirugía oral, la implantología, la planificación digital y la cirugía robótica. Ha participado en proyectos pioneros relacionados con la colocación de implantes mediante tecnología robótica, consolidándose como uno de los perfiles jóvenes más conectados con la transformación digital de la Odontología.
Su trayectoria destaca por unir formación clínica, visión tecnológica y vocación docente, siempre desde la idea de que la innovación debe estar al servicio del criterio profesional y de la mejora del tratamiento al paciente.
Relación entre profesional e industria
Como KOL -Key Opinion Leader- de algunas marcas, para Pablo Xing Gao la clave para que la relación entre profesional y empresa sea buena está en mantener siempre la independencia clínica y el criterio científico por encima de cualquier otra consideración. “Tengo la suerte de colaborar con varias empresas a distintos niveles y eso me ha permitido conocer diferentes filosofías de trabajo, productos y flujos clínicos. Sin embargo, en mi práctica diaria intento elegir para cada paciente aquello que considero más adecuado, independientemente de la marca que haya detrás. Mi compromiso es con el paciente, y esa debe ser siempre la prioridad.
Además, creo firmemente que los clínicos debemos estar familiarizados con diferentes sistemas, protocolos y soluciones. Conocer distintas alternativas nos permite entender mejor las ventajas y limitaciones de cada workflow y, precisamente por eso, aportar un feedback más valioso a la industria. Si solo conoces una forma de trabajar, es mucho más difícil evaluar de manera crítica una innovación.
También pienso que la relación entre clínicos e industria es necesaria y positiva cuando se basa en la transparencia. Muchas de las innovaciones que hoy utilizamos en la consulta han surgido gracias a ese diálogo continuo entre quienes desarrollan la tecnología y quienes la utilizan con pacientes reales.
Por mi parte, siempre intento afrontar estas colaboraciones con una actitud muy sencilla: entrar en cada proyecto con ganas de aprender, de aportar un granito de arena y de ayudar a mejorar los productos y procedimientos que utilizamos cada día.
Al final, creo que la independencia no consiste en mantenerse alejado de la industria, sino en conservar la capacidad de pensar de forma crítica, reconocer tanto las fortalezas como las limitaciones de una tecnología y tomar decisiones basadas en la evidencia y en el beneficio del paciente”.


