Cada cierto tiempo, una vez al año como poco, y durante varios días los medios de comunicación dedican parte de sus contenidos a informar de las proezas casi siempre insignificantes y en muchas ocasiones absurdas, disparatadas e incluso necias de gentes anónimas e intrascendentes. Aunque ocasionalmente también aporte datos interesantes, el Libro Guinnes de los récords es un compendio de logros poco útiles solo admisibles si se atiende a la fugaz popularidad conseguida por algunos de sus protagonistas, perseguidores de un breve reconocimiento con el que absorber su ansia de epatar con un acto determinado a no se sabe quién.

Así, en la lista de prodigios contenidos en el catálogo de 2020 nos encontramos con afirmaciones cuestionables como la de condecorar a Bangkok como la ciudad más popular para el turismo –según un estudio firmado por Mastercard– o desvelar las identidades de quienes han hecho girar el hula-hoop más grande en versión femenina (la norteamericana Getti Kayahova hizo bailar un aro de 5,18 metros de diámetro) o han construido la noria más grande con piezas de Lego (el checo Tomás Kasparik montó una de 3,38 m de diámetro) o la del individuo que fue capaz de atrapar con la boca más nubes de golosina en un minuto (Joss Horton enganchó 42 de estas golosinas), quien también ostenta el maravilloso e indescriptible logro de haber hecho girar 360° una botella de plástico a ciegas durante 27 veces en tan solo sesenta segundos. ¡Señor!

Es un libro en el que caben muchas más gilipolleces registradas, como la del individuo que más cucharas ha conseguido colgar de su rostro (31), el bigote más largo de todos los tiempos (4,29 metros), el perro que más galletas ha mantenido en equilibrio sobre su hocico (23) o la torre con más rollos de papel higiénico aguantada sobre la cabeza durante treinta segundos (12); por cierto que este último es el mismo Josh de la botella de plástico y las nubes de azúcar en la boca, todo un especialista en batir registros para aparecer en el citado libro. Esta habilidad con los cilindros de papel de tan escatológico uso le vendría de perlas al bueno de Josh para salir del híper cargadito de ellos cuando a la gente le dio por acaparar ese artículo al comienzo de la pandemia ocasionada por el malnacido –donde quiera que haya sido– coronavirus.

El Guinnes ese también incluye datos interesantes, de enciclopedia tradicional, como los nombres del medallista olímpico de más edad (el tirador sueco Oscar Swahn, con 72 años), del deportista con más participaciones en los JJOO (el jinete canadiense Ian Millar lo hizo diez veces), del futbolista más joven nominado al balón de oro (Mbappé, 18 añitos) o de la nave espacial que más se ha acercado al sol (la Parker Solar Probe).

Puesto a curiosear en las páginas del anuario de los récords correspondiente a 2020 descubro el vino más caro de la historia, la pila AA de mayor duración, el palo selfie más largo, la capital más poblada o la calle más corta del mundo mundial, pero no encuentro ni una sola referencia al mundo dental por más que lo intento.

Es lejos del Guinness, en uno de esos concursos de la tele que se emiten a media tarde donde me entero de un detalle que bien podría figurar en el libro que se inventó en 1955 el entonces director ejecutivo de la fábrica de cerveza Guinness: «¿Qué país es el mayor productor de prótesis dentales del mundo?», pregunta el presentador y da tres opciones de respuesta al concursante: Brasil, India y Liechtenstein. Pues la correcta es tal vez la menos esperada.

Un dato que no sé de dónde habrán sacado los guionistas del concurso porque no consigo confirmarlo en la empírea wikipedia, pero no es cuestión de dudar, como tampoco lo hacemos de los supuestos récords recogidos en el libro de marras.