Ante un escenario nuevo, donde el distanciamiento social se postula como una medida necesaria para frenar la propagación del coronavirus, se ha añadido el prefijo griego tele (distancia o lejanía) a muchas actividades para hacer que “el mundo siga girando”.

Según un estudio de Eurofound, el 30,2% de los ocupados en España ha comenzado a teletrabajar a raíz de la pandemia (un 9,7% antes de la COVID-19). Otros datos significativos: la venta online creció en nuestro país un 80% hasta la primera quincena de abril, tal y como apunta la consultora Nielsen y, en el ámbito formativo, según cifran desde la plataforma on line internacional Udemy, las inscripciones a sus cursos en el conjunto nacional han experimentado un crecimiento del 280%. Por no hablar del ocio. Desde el salón de casa hemos asistido en las últimas semanas a estrenos de películas y conciertos de artistas nacionales e internacionales y hemos visitado virtualmente pinacotecas de todo el mundo. Los oftalmólogos, y permítanmelo como nota humorística (aunque no estemos para muchas bromas), se frotan las manos. Y es que el consumo excesivo de pantalla pasará factura a nuestra vista más pronto que tarde.

En tan solo unos días, la digitalización ha superado las barreras y frenos que han impedido su mayor desarrollo en el pasado. De un plumazo, ha desaparecido la desconfianza de los empresarios por ofrecer esta opción de trabajo a sus empleados; de la noche a la mañana se ha fulminado el miedo a los cables de los amantes de lo analógico; en tiempo récord universidades y centros de formación, ante el obligado cierre de aulas, han tenido que adaptar sus metodologías al mundo on line… Muchos han tenido que desterrar prejuicios, otros tantos han abandonado sus zonas de confort y han tenido que esforzarse, aferrándose a la tecnología como tabla de salvación. Y, aunque en algunas organizaciones, la digitalización ya se había iniciado, la pandemia les ha obligado a esprintar. Con lo que seguramente habrá que afinar más adelante. Porque, a pesar de la carrera, nos queda mucho camino por recorrer. Pero dejemos, primero, que las aguas vuelvan a su cauce.
En el campo médico, incluido el odontológico, la teleasistencia se ha convertido en una herramienta esencial para garantizar el confinamiento de la población, además de ayudar a prevenir el contagio y la expansión del virus. Así, la videoconsulta ha ayudado a los profesionales desde hace semanas a descartar urgencias o a valorar algunos casos de forma remota. Está claro que la atención presencial sanitaria no es sustituible, que ya me he imaginado a alguno echándose las manos a la cabeza; pero la digitalización en la atención al paciente es, en ciertos casos, una ayuda de gran valor. Los profesionales son cada vez más proclives a ofrecer este tipo de servicios que son, a su vez, cada día más demandados y valorados por los pacientes.

Teletrabajo, formación on line, webinars, teleasistencia, videoconsultas, e-commerce… están aquí. Y con una fuerza nunca vista. Solo falta por determinar si este vigor viene con la fecha de caducidad marcada por la COVID-19, o si sobrevivirán a la pandemia. Creo que apuesto sobre seguro si digo que han venido para quedarse.