José Luis del Moral, director emérito de Gaceta Dental.

No es nuevo en la historia de la humanidad que un ser invisible al ojo humano trastoque los modos de vida y amenace los cimientos de la sociedad del momento. Las siete plagas, o diez —no existe unanimidad historicista al respecto— plagas de Egipto, nos pillan lejos en el tiempo y el espacio, y así, a simple vista, como que nos traen sin cuidado al común de los mortales de hoy, aparte egiptólogos e historiadores de la cosa antigua, que son mortales, pero ya no tan comunes.

Tampoco las pestes antonina o cipriana nos afectan hoy poco o nada y eso que, entre una y otra, se llevaron por delante la vida de cerca de diez millones de personas de lo que entonces era el imperio romano que contaba, grosso modo, con algo menos de noventa millones de habitantes. Y nos trae al pairo porque, pese a que muchas de las víctimas mortales de esas pestes habitaban en Hispania, el mismo territorio que nosotros, nos separan casi dos mil años de ese hecho.

Más cercana en el tiempo está la peste negra, que en el siglo XIV se llevó por delante, en el más optimista de los datos aportados por historiadores, a veinte millones de europeos, lo que suponía más de un tercio de la población total del Viejo Continente. No obstante, setecientos años siguen siendo muchos para que esa pandemia represente poco más que un dato histórico para los europeos de hoy.

El cólera se despachó a gusto en el siglo XIX, con no menos de cinco pandemias separadas entre sí por escasos años que afectaron en sucesivos brotes y rebrotes a todos los continentes hasta contabilizar diez millones de muertos. Tampoco esta nos afecta en el tiempo, con más de un siglo desde que se dio el rebrote más cercano a nuestro presente, como tampoco la muy comentada y mal llamada «gripe española», que surgió, ya en pleno siglo XX, cuando la Gran Guerra tocaba a su fin, y acabó con veinticinco millones de personas —también según los datos más optimistas—, en solo seis meses. Total, de eso hace ya más de un siglo; aún nos parece muy lejos en el tiempo.

Todas estas pandemias, y muchas otras —las gripes asiáticas y rusas, el sudor inglés, el tifus o la viruela— tienen en común su condición de un único origen previo a la expansión, porque en ninguna se dio el caso de que surgiera en varios lugares a la vez. Si los cruzados se trajeron el tifus a Europa, los europeos nos llevamos la viruela y el sarampión a América y a África y los estadounidenses contagiaron la «gripe española» a los europeos cuando desembarcaron para unirse a las tropas que luchaban contra el imperio prusiano, y todo eso se hizo cuando se viajaba a pie, a caballo o en barcos en los que hoy daría miedo atravesar el estanque del Retiro, qué no se podrá transferir hoy de un continente a otro. La globalidad llegó para todo: turismo, economía, consumo, gastronomía o moda, pero también para la salud, o, por mejor decir, para la enfermedad, para los contagios, para las pandemias.

Y ahí estamos, confundidos y sin saber muy bien qué carta jugar, qué camino tomar ahora que nos ha tocado a nosotros vivir una epidemia en tiempo y espacio. Ya no estamos en el siglo XIV de la peste ni en el continente africano del reciente ébola. En pleno siglo XXI y en el primer mundo nos hemos encontrado con una enfermedad llegada de fuera, como siempre ha sido en las grandes pandemias de la historia.

De todas ellas se ha salido adelante, hasta tal punto que ni siquiera hemos tenido en cuenta las que han precedido a la COVID-19. También esta será olvidada, pero serán otros, los que nos sucedan, quienes la verán de lejos, no nosotros, porque nos ha tocado vivirla.
Como me decía un amigo protésico dental en pleno confinamiento: «El sector dental continuará y con más fuerza, pero nosotros vamos a sufrir una temporada». «Porque esta vez nos ha tocado», le respondí.