Ya en febrero escribía en esta columna sobre el avance imparable por todo el mundo del coronavirus que había surgido en la ciudad china de Wuhan en el mes de diciembre. Tres meses después de conocerse el brote, la epidemia se ha convertido en una pandemia que ha trastocado nuestra forma de vida y nos ha obligado a permanecer encerrados en nuestros hogares sin saber, a ciencia cierta, por cuánto tiempo.

En el momento de escribir estas líneas, viernes 20 de marzo, se celebra el Día Mundial Bucodental, pero también el Día Internacional de la Felicidad, proclamado por la ONU en 2013, con tres objetivos marcados en su agenda: erradicar la pobreza, reducir la desigualdad en el mundo y proteger el planeta. No es baladí ni nimia esa triple meta que persigue la proposición del organismo internacional, y que, por otra parte, se antoja tan ideal como utópica. Me recuerda a las candidatas a miss cuando se les preguntaba por un deseo y respondían, maquinal y automáticamente: «La paz en el mundo». Habrá que seguir luchando por conseguirlo, pero… como que no pintan bien las cosas tampoco en este siglo XXI.

Porque conseguir la felicidad total es imposible. Nunca será completa, aunque se pueda alcanzar en momentos concretos. Nadie, ni el ser más optimista, puede asegurar que es permanentemente feliz porque la vida está llena de contrariedades: un desaire, un desamor, el fallecimiento de un familiar o un dolor de muelas son incompatibles con la felicidad absoluta.

La hipotética escala que mide la felicidad ha ido cambiando con el paso de los siglos. En su Carta a Meneceo, Epicuro, en el siglo III a.C., venía a definir la felicidad como la ausencia del dolor y del temor. Algo difícilmente imaginable hoy para nosotros, que tiramos de paracetamol, ibuprofeno o Prozac en cuanto nos asoma la más mínima molestia física o anímica. ¿Quiere eso decir que hoy los griegos clásicos, con calmantes a mano, serían felices? Me temo que no.

El filósofo de Samos proponía la felicidad como fin primordial, pero, puntualizaba, «no nos referimos al gozo de los viciosos y al que se basa en el placer, […] sino al no sufrir en el cuerpo ni estar perturbados en el alma en muchos casos supeditada a las cosas materiales». Ya entonces, hace más de dos mil trescientos años, Epicuro intentaba separar la consecución de ese bienestar corporal y espiritual, lo que él definió como ataraxia –la felicidad, en suma–, de la mera posesión de bienes materiales.

Muy probablemente el coronavirus modifique nuestra escala de valores para dar prioridad a los aspectos que nos produzcan un gozo apartado del vicio y del materialismo, como decía el sabio griego. Cosas tan simples como disfrutar de la familia y las amistades, un buen libro o la música puede que asciendan en nuestra clasificación particular de asuntos auténticamente interesantes a los que debamos prestar atención frente a otros que tengan como máximo valor el resultar epatantes ante los demás. Aunque, claro, asumido como tenemos que el humano es el animal más estúpido de la creación, volveremos a demostrar en poco tiempo esta ralea recuperando la insustancialidad de la existencia con el acopio de esos bienes económicos que nos proporcionamos irracional y compulsivamente porque sí, sin atender a ningún tipo de necesidad ni siquiera terciaria. En estos momentos, el bueno de Epicuro no podría sentirse feliz. El coronavirus no solo causa dolor sino que también perturba el alma, ese doblete del que era exigible prescindir para alcanzar y celebrar la felicidad, sin necesidad de que la ONU dijese nada. Vencido el dichoso coronavirus, muchos no tardarán ni poco ni nada en primar por encima de todo esos bienes artificiales que durante un tiempo –¿un mes?, ¿dos?– habían dejado en un segundo plano. Y otra vez, olvidadizos nosotros, volveremos a estar tan felices y contentos como si nada hubiese pasado.