Antes de regresar a España, en el año 1967, comienzo a cartearme con la Clínica Dental del Hospital de la Base Americana de Torrejón (USAF) para ver si hay oportunidad de trabajar allí. Termina el curso en Boston y 15 días despues de regresar a Madrid comienzo a trabajar en la clínica dental de la Base Americana, donde trabajan quince dentistas y hay todo lo necesario para atender tanto al personal militar de la base como a los familiares.

Allí hice buenos amigos: el Dr. Jividen, con quien se formaron los primeros periodoncistas en Madrid y el Dr. Werwayen, a quien le metí el gusanillo de la Endodoncia y al volver a Estados Unidos se dedicó a “Endo” en Sacramento. Ellos me recogían todos los días en Castellana y juntos íbamos a trabajar, desayunar y a la clínica.

El viernes tarde TGIF (Thanks God Is Friday) en el club de oficiales: la piscina los festivos, las excursiones y algún que otro curso (Murcia, Madrid). Todo estupendo y en donde disfruté durante casi 3 años.

Nace mi segundo hijo, hija en este caso. Es 1968 y me conceden una beca de la Fundación Del Amo para estudiar en la Universidad del Sur de California, Los Ángeles. ¿Cómo? Gracias al Dr. Amancio Tomé, el Dr. Lorenzo del Río y a muchos buenos amigos obtengo esta beca. Por no dejar mucho tiempo a la familia sola, solo estuve seis meses. Era mi primer viaje a Los Ángeles. Otro becario me recoge y me enseña parte de la ciudad. Allí conozco a mis mejores amigos americanos: los Dres. Glick y Frank. Entonces eran profesores de Endo en USC y en UCLA, y el Dr. Ingle, decano de la Escuela Dental de la USC. Todo muy bien. Pero solo, en un apartamento cerca de la USC. Todo muy interesante: la gran ciudad y los largos, larguísimos paseos en bus a downtown para recoger el cheque mensual y entregar el informe de mis actividades en el Universidad.

En la Escuela Dental mis actividades eran Endodoncia ortógrada y retrograda. Les pedía a los “teachers” casos quirúrgicos. Y, a la vez, visitaba al Dr. Glick y al Dr. Frank en sus consultas de Rodeo y de Century City. Actores como Burt Lancaster, Walter Matthau, Raquel Welch, etc. y otros muchos personajes relacionados con el mundo del cine fueron pacientes suyos.

En abril de aquel año asistí a mi primer congreso de la Asociación Americana de Endodoncistas (AAE) en Nueva York, en el Hotel Waldorf Astoria.

Entonces éramos pocos miembros y se podían realizar las reuniones en un hotel. Antes acepté la invitación del Dr. Frank de ir con él a Filadelfia a la IV Conferencia Internacional de Endodoncia, que organizaba el Dr. Grossman y la Universidad de Pensilvania en Filadelfia.

En esta ciudad estaba Bob Kennedy haciendo campaña electoral. Le pedí un autógrafo que todavía conservo. Desde Filadelfia nos fuimos a Rochester, en el norte del estado de Nueva York, donde el Dr. Frank impartía un curso de Endodoncia. Estando allí nos enteramos del asesinato de Martin Luther King en Memphis.

Volamos a Nueva York, nos metimos en el Hotel Waldorf Astoria, junto con el Dr. Pepe Oineck, de Méjico DF, y el Dr. Glick, y no salimos hasta terminar el congreso. Todo el país estaba sufriendo las revueltas de los afroamericanos y Nueva York no podía ser menos.

De regreso a Los Ángeles la vida en la “Uni” siguió igual. Pacientes extra para mí, sobre todo quirúrgicos, y clínica como profesor de los alumnos de pregrado. Entonces la Universidad de USC tenía un staff de profesores maravillosos, excelentes clínicos e investigadores, todos bajo la dirección del Dr. John Ingle como decano.

Otro hecho conmovió al mundo en junio de aquel año, Robert Kennedy era asesinado en Los Ángeles; candidato a la presidencia de Estados Unidos, no pudo hacer realidad su sueño. Todos sentimos muchísimo su muerte, tanto como la de Luther King meses antes. Me pregunto ahora: ¿cómo hubiera sido el mundo si ambas personalidades estuvieran vivas?