Qué te puedo decir ahora, Gema. Abro mi consulta. Entre un local de oficina en el Hotel Eurobuilding o un piso primero en la calle de Alberto Alcocer me decido por lo segundo.

Tres gabinetes completos y todo lo necesario para tener una clínica coqueta y muy bien diseñada.

Entonces comienza la formación de nuevos compañeros recién graduados interesados en Endodoncia. Los que venían al “salón de mi casa o clínica” siguen viniendo, pero aparecen nuevos que me piden venir y ayudarme, a la vez que aprender, a cambio de una pequeña ayuda para pagar el apartamento donde residirían todo el tiempo que estuvieran conmigo.

Comienzan de Asturias, López Buznego o Fernando Blanco-Moreno, que acabó feliz con su esposa Lola en Vitoria; Javier Martínez Alegría, los primeros; después, más tarde, aparecen César Díez, que se queda en Oviedo y de Santander, Chus Odriozola, Luis Martínez Herrera, con posterior estancia larga en Oklahoma, con J. Roane; de Salamanca, Manolo Peix; de Valencia, Javier Paricio, Fernando Adam, Pedro Micó y Teo Fayos y mis alumnos de la facultades de Estomatología y Odontología, Leopoldo Forner, Amelia Almenar, Adrián Lozano (UV); José Luis Sánchez; Antonio Pallarés (U. Católica), Arlinda Luzi (CEU), que ahora dirigen los postgrados de Endodoncia; José Ponce de León y su hija Tere, de Alicante; de Málaga, Héctor Fernández-Baca; de Sevilla, Paco Fernández-Guerrero y el más joven Ignacio Barbero; de Tenerife, José A. Alventosa; de Las Palmas, José Manuel Ramos; de A Coruña, de la Universidad de Santiago, Antonio Rodríguez Ponce; de Orense una de las “benjaminas”, Nuria Martínez; de Burgos, “Doña” Concha Pacheco; de Valladolid, Arturo Vicente Gómez; de Segovia, Anselmo Mesa; de Ávila, el más trabajador de todos, Miguel Sanz; de Madrid, Luis Flores y Hugo Ramos; de Logroño, los hermanos Magaña; de Pamplona, JM. Bayona; de Albacete, Isabel Planelles; Pablo Peláez, de Gijón, que cambió los palos de golf por las limas; la odontóloga de mi pueblo y mi dentista, Minerva Ventura, etcétera, etcétera. Eran «los Miñanistas».

Nunca me sentí solo. Fueron innumerables los dentistas que pasaron por la clínica, en donde se hacían también sesiones clínicas, aunque estando de pie o sentados en el suelo duraban poco y pocas veces. Sentía la falta de una sala de unos pocos metros cuadrados.

Quisiera recordar ahora con todo el cariño al Dr. Pedro Ruiz de Temiño y su esposa Mariví, que se los llevó Dios demasiado pronto y siempre hemos notado su falta, y la Dra. Cristina Martínez, una doctora chilena que me ayudó a mí y a todos los doctores que estuvieron allí como colaboradores, y que ya regresó a su Santiago en Chile.

Fue bonito y lo mejor: nadie se estableció en donde ya había un “Miñanista”. Entre ellos se ha creado un grupo que se llevan muy bien y están muy unidos.

Se me olvidaba. Entre los últimos hay dos alumnos que están establecidos y trabajando como endodoncistas en Dallas: Mercedes, una madrileña, hija de un médico español en la Base de Torrejón, casada y con tres hijos; y Antonio, más joven, que está como profesor en Baylor University y está casado con Michelle. Están felices, tienen un bebé y otra que viene de camino. Ambos hicieron la especialidad de Endodoncia en la Universidad de Baylor, Texas, y tienen clínica privada en Dallas.