Hace unos 2.400 años a Platón le dio por fundar una escuela filosófica en los jardines de Academo, un centro de reunión para formar a los jóvenes que terminó por recibir el nombre de Academia de Atenas, o Academia platónica. El que fuera alumno de Sócrates y maestro de Aristóteles acababa de poner los cimientos antecedentes de las universidades.

Y como los hay que no están de acuerdo con que la gente haga lo que no coincide con sus ideas, deseos y hasta caprichos, pues llegaron los romanos y dieron carpetazo al proyecto trescientos años después cuando las legiones imperiales clavaron el pendón SPQR en plena ágora ateniense.

Es de suponer que en las reuniones de esos pensadores sus conversaciones no fueran exclusivamente filosóficas, sino que también hablarían del tiempo o de la subida del precio del trigo o de las amantes del rey de turno de su ciudad estado, cuando no de los héroes de las Olimpiadas. Que todavía hoy hay quien se sorprende de que catedráticos y científicos hablen de temas intrascendentes en sus reuniones o congresos, dando por imposible que los pensadores puedan pasarse toda la vida sin dejar de hablar de Cervantes, los agujeros negros o la fisión del átomo.

También están los otros, los de la otra orilla, los que pasan la vida en conversaciones intrascendentes pero centradas en los grandes temas. Una característica principal de nuestra época ésa de ponerse a arreglar el mundo acodado en la barra del bar de Manolo o en una cena con los amigos, a la que Woody Allen ha sabido sacar partido una y otra vez en sus películas. Y es que no hay nada como hablar para ponerse de acuerdo en algo, siempre que se hable sinceramente, de lo contrario haremos más innegable que nunca el pensamiento de Unamuno, para quien [puesto en boca de Augusto, personaje central de Niebla] no había más verdad que la vida fisiológica y veía la palabra como un producto social creado para mentir: «La mentira es un producto social».

Ahondando en el tema, el bueno de Ramón J. Sender aseguraba que la honestidad –tan escasa hoy como nos demuestran los diarios casos de corrupción– es producto de una serie de convenios sociales impuestos de arriba abajo y defendía la sensualidad como fruto del instinto, una facultad que, como la sensibilidad, es utilizada por algunas personas para distinguir lo más vil; y lo que es peor, una vez diferenciada la vileza, preferirla a la honradez y la nobleza. Terrible.

Queda la esperanza de que quien así actúe termine por ser víctima de su propia mezquindad, porque no conviene olvidar que las traiciones más nimias e insignificantes son las que finalmente producen mayor cargo de conciencia. Por eso mismo, y volviendo a Platón, no hay nada como hacer el bien a nuestro alrededor, porque «buscando el bien de nuestros semejantes, encontraremos el nuestro».

Salvando la distancia de esos 240 siglos y las muchas otras diferencias existentes, Dentalus quiere ser esa ágora de la formación dental, el espacio necesario para convocar las gigantescas oferta y demanda que se dan en el ámbito formativo. Una ordenación necesaria por el bien de todos.

Habrá quien no lo vea así, porque considere que el proyecto no coincide con sus ideas o caprichos, y actuando injustamente pretenda plantar su SPQR personal, pero tendrá que hacerlo bien. Lo dijo Platón: «La obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo». Pero si no se consigue dar el pego, se producirá el efecto contrario y la injusticia será notoria.