Escribo esta carta coincidiendo con el Día Mundial de la Poesía, uno más de los muchos proclamados por la Unesco en su afán por llamar la atención sobre determinados aspectos de este mundo mundial, globalizado y global, en el que nos ha tocado sobrevivir. Y aprovecho para echar mano y ojo a algunos de los clásicos de nuestra poesía y comprobar que vivimos pensando cada vez menos en el arpa que, silenciosa y cubierta de polvo, se ve olvidada en un ángulo oscuro del salón, y mucho más en los diez cañones por banda del bajel pirata llamado el Temido. Vamos, que estamos más por dar guerra que paz, más inquietos que serenos, más belicosos que pacíficos.11

Y dice la Unesco, en su poética declaración, que: «La poesía contribuye a la diversidad creativa al cuestionar de manera siempre renovada la forma en que usamos las palabras y las cosas, y nuestros modos de percibir e interpretar la realidad». Y es que hay muchas formas de ver la realidad, muchos flecos que forman parte de esa realidad y la transforman en función de quien los vaya a coser. Todo depende de la poesía que utilicemos para acercarnos a ella, a la realidad, porque siendo de la misma época, románticos ambos, entre Bécquer y Espronceda hay marcadas diferencias en la temática de sus rimas y poemas respectivos.

Porque hay palabras que se tiñen muchas veces de un tono crúor, cuando son utilizadas en sus ripios por autores que buscan ser los personajes centrales y en lugar de protagonistas se convierten en agonistas pasivos de su propia trama –más real que literaria–, que les supera. Y, querido amigo, a ti que va dirigida mi carta, has de saber que no es bueno unir el ludibrio a la crueldad hasta hacer que la poesía, o la prosa, sea escrita o dictada, lejos de representar una eutropelia, resulte agresiva. Y peligrosa. No solo para el destinatario del mensaje, porque esas palabras se pueden volver contra el aguerrido emisario de las mismas.

Puestos a elegir, en estos tiempos de zozobra, y antes de que todos terminemos como los borregos de Panurgo, me quedo con la poesía de Benedetti, y sin necesidad de que haya amores ni complicidades por medio, ni de que sea en la calle, lo cierto es que dos, codo a codo, son mucho más que dos. O con la de Machado, don Antonio, porque no hay camino trazado de antemano, se hace camino al andar.

Tampoco está de más recordar al ovetense Ángel González en una de sus poesías más logradas, aunque pueda resultar irreverente para algunos: Ni Dios es capaz de hacer el Universo en una semana / No descansó el séptimo día / Al séptimo día se cansó. Y esa imposibilidad, eso, lo explica todo, como tituló este breve poema el autor adscrito a la Generación del 50.

No sé si interpetar como poesía urbana el críptico mensaje que me envía un vocal del Consejo de Dentistas: «Si hay una tercera candidatura, habrá cuatro».

Repaso mi carta antes de poner el punto final y compruebo que en ella hay mucho de cursi, presuntuoso, remilgado y hasta ridículo. Pero no tengo tiempo de cambiarla.

¡Ah, el tiempo! Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en un momento de ira pueden seguir lastimando a quien heriste, durante toda la vida. No es mío, claro, sino del grandioso Borges. gd