Palacio de la Magdalena, en Santander

ODA la cornisa cantábrica luce un suave fulgor al comenzar la primavera. Se intensifica el verde de montañas y prados al tiempo que las adormiladas playas engalanan sus rincones con una mezcla de dorado y añil. Proponemos una ruta llena de colorido, historia y delicias culinarias por el denominado «triángulo de la belleza del mar Cantábrico», desde Santader hasta San Vicente de la Barquera.

Santander, armonía sosegada
El paseo de Pereda es un posible punto de inicio. Es la vía más céntrica de la vieja ciudad y junto a la que se levantan, refinadas edificaciones de más de tres siglos de antigüedad. En lógica continuidad llegamos al paseo Reina Victoria, un barrio elegante y sofisticado que nos conducirá hasta el foco de bullicio turístico, El Sardinero. La senda no pierde de vista en ningún momento la bahía, lo que encumbra la belleza del paisaje urbanístico. Terminada la caminata, es buen momento para degustar una deliciosa lubina al vapor con vino blanco o quizá un buen chuletón de añojo a la pimienta.

Colegiata de Santa Juliana, en Santillana del Mar.

El interior de la urbe es sobrio y hermoso. Encontramos huellas de estilo renacentista en la iglesia de La Anunciación o La Compañía y restos barrocos en la de La Consolación. La historia más reciente la cuentan las paredes del Real Palacio de la Magdalena, la que fuera residencia de verano del rey Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia. La historia de Santander es abordable tanto desde el paseo como desde uno de los vagones del tren Magdaleno. Cómodamente sentados, podemos observar, por ejemplo, la magnificencia de la catedral y la belleza de los numerosos parques, algunos construidos hace 200 años, que se jactan de poseer una luz especial durante las dos o tres horas que anteceden al atardecer.

De la Prehistoria al Medievo
A unos 35 km de Santander, nos aguarda Santillana del Mar. Las estrechas rúas (calles), totalmente empedradas, y los nobles edificios construyen un conjunto declarado Monumento Nacional. Santillana es un enclave medieval con tintes románicos perfectamente conservado. La colegiata de Santa Juliana es el centro y colofón de la villa y desde donde recomendamos comience el periplo del turista. Aunque éste será breve, la fortísima personalidad de sus construcciones colma todos los sentidos. Antes de nuestro siguiente paso podemos degustar un tinto de la Tierra de la Costa de Cantabria acompañado con una sabrosa tapa de queso de Liébana. La visita al término de Santillana culmina en la cueva de Altamira, también conocida como la «Capilla Sixtina del Paleolítico», donde se conserva uno de los ciclos pictóricos más importantes de la Prehistoria.

Tesoros amurallados
Nos desplazamos 37 km al oeste, hasta llegar a San Vicente de la Barquera. Sus playas y pasado guerrero obligan al visitante a perderse en su entorno. Los monumentos del casco antiguo se alzan acordonados por los restos de una muralla donde destacan el inexpugnable castillo del Rey o el palacio del inquisidor Corro. Cualquiera de sus lugares de restauración nos ofrecerá un «sorropotún», un guiso de bonito con patatas que sirve como alternativa al marisco y cuya sosegada sobremesa utilizaremos como colofón de esta ruta cántabra.

Vista panorámica de la playa de El Sardinero, en Santander.