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Dra. Elena Barbería Leache: «El odontopediatra tiene que tratar niños y no muelas»

La Dra. Elena Barbería Leache, en una imagen de archivo. Imagen: cedida por la Dra. Leache.

Hablar de la Dra. Elena Barbería Leache es hablar de una etapa decisiva en la consolidación de la Odontopediatría en España. Docente, investigadora y clínica, ha desarrollado una trayectoria marcada por la exigencia académica, la defensa de una atención específica al paciente infantil y la formación de generaciones de profesionales. El Premio Santa Apolonia, la máxima distinción individual del Consejo General de Dentistas, reconoce ahora una carrera construida desde la constancia, el conocimiento y el compromiso con la profesión.

—Dra. Barbería, ha sido galardonada con el Premio Santa Apolonia, la máxima distinción que concede el Consejo General de Dentistas a título individual. ¿Qué supone para usted recibir este reconocimiento?
—Incredulidad y un gran honor. Mi educación familiar tenía como base el esfuerzo, la obligación de trabajar para contribuir a mejorar un poquito la sociedad en que, afortunadamente, me ha tocado vivir y, además, para disponer de un medio de vida que me permitiera subsistir por mí misma. Creo que en una pequeña parte lo he conseguido y siento la tranquilidad del deber cumplido, pero jamás se me ha pasado por la cabeza ser merecedora de un honor de esta magnitud.

—El Premio Santa Apolonia reconoce toda una trayectoria profesional y la contribución al prestigio y desarrollo de la Odontología. Si tuviera que explicar por qué cree que se lo han concedido, ¿qué aspectos de su carrera piensa que han podido pesar más?
—Lo desconozco, eso deberían decirlo mis compañeros. Sin embargo, como he mencionado, mis padres me educaron en el trabajo y mi formación médica en la Universidad de Navarra fue muy rigurosa; con criterios exigentes, en el mejor sentido de la palabra, y desarrollando nuestra mente para los avances científicos. Eso me abrió la mente a las innovaciones, a no caer en la rutina y, cuando tuve la suerte de incorporarme a una gran universidad como la Complutense, intenté no cesar nunca en el camino de aportar un granito de arena a la ciencia.

—Su trayectoria ha estado especialmente vinculada a la Odontopediatría. ¿Cómo ha visto evolucionar esta disciplina desde que comenzó su carrera hasta la actualidad?
—Al comienzo de mi carrera, y durante muchos años, muy pocos compañeros profesionales entendían su razón de ser y fueron muchos, especialmente en el ámbito universitario, los que intentaron boicotear su existencia e impedir su nacimiento. Fueron largos años francamente amargos y terriblemente duros en los que tuvimos que luchar demostrando los conocimientos científicos específicos que requería y que no se contemplaban en otras materias. Hubo que demostrar, a los profesores de otras materias, que no pretendíamos robar sus competencias, sino enriquecer los conocimientos y, de paso, facilitar su labor clínica ocupándonos de unos pacientes, los niños, que les resultaban muy incómodos de tratar.
Afortunadamente, el grupo de profesores de Odontopediatría fue creciendo por toda España con una fuerza inusitada e imparable.

—¿Qué cambios considera que han transformado más profundamente la atención odontológica al paciente infantil en las últimas décadas?
—La evolución ha sido espectacular. Los que me conocen, me han oído repetir machaconamente que el odontopediatra “tiene que tratar niños y no muelas”. El odontopediatra acompaña al niño en su crecimiento y desarrollo craneofacial desde que es concebido, pero bajo el paraguas de la Pediatría y de todos los conocimientos y competencias relacionadas con la infancia. Y así hemos intentado formar a nuestros alumnos. Hemos incorporado, en el marco de nuestras competencias, los grandes avances que han ocurrido en todas las parcelas de la Odontología durante estas décadas: prevención de lesiones infecciosas, control de las funciones craneofaciales, nuevos materiales biológicos, enfoques terapéuticos más conservadores, equipamiento diagnóstico y clínico sofisticado, etc.

Sin embargo, como tratamos niños y no muelas, no podemos despreciar los cambios educativos y sociales de las últimas décadas. Los padres frecuentemente no aceptan las incomodidades del tratamiento dental de sus hijos y cuesta que entiendan que un tratamiento dental debe ser indoloro, pero es incómodo por el tiempo que requiere y porque invade una zona íntima como es la boca. Y eso no se puede evitar totalmente. Aunque no es la única especialidad en que esto ocurre, ciertamente hay veces en que los padres exigen lo que el profesional no puede dar y hay que tener mucho cuidado para no caer en a simplificación inadecuada de los tratamientos o en el abuso de sustancias sedantes.

—Ha dedicado buena parte de su carrera a formar a nuevas generaciones de dentistas y odontopediatras. ¿Qué considera que ha sido lo más gratificante de esa faceta docente?
—Ver sus ganas de aprender desde la alegría de la juventud. A veces con la sorpresa y la incredulidad de descubrir que la ciencia es muy amplia, pero que ellos ya estaban en el camino de incorporarse al mundo científico.

Era muy gratificante mostrarles que los conocimientos no son estancos, que están interrelacionados entre sí y ellos podían aplicar la deducción para llegar a un diagnóstico y un plan de tratamiento. Y hacer que descubrieran que no siempre tenemos opciones terapéuticas o no son aplicables; ya que, con la ingenuidad de la juventud, algunos de ellos se creían pequeños dioses.

—Muchos de los profesionales que hoy son referentes en Odontopediatría se han formado con usted. ¿Qué siente al comprobar la evolución profesional de quienes fueron sus alumnos?
—Orgullo. Inmenso orgullo, porque trabajaron muy duro y han conseguido llegar a grandes metas. Puedo ponerme en sus zapatos profesionales y reconocer cuánto les ha costado. Al cabo de los años han sido decenas y decenas de alumnos los que cursaron el Máster de Odontopediatría que la Complutense puso bajo mi dirección. Con algunos de ellos sigo manteniendo un contacto de amistad muy estrecho, con muchos tengo una relación periódica cordial y con otros, tras las consultas iniciales de dudas profesionales, ya estamos en silencio. Quiero pensar que ya se sienten seguros y han volado solos.

—Después de décadas vinculada a la formación universitaria, ¿cómo valora el nivel de los jóvenes dentistas que salen actualmente de las facultades españolas?
—Cuando me jubilé el nivel era muy bueno; no tengo razón para pensar que ahora no sea también así. Los alumnos de Odontología acceden con una nota muy alta y, generalmente, es la carrera que quieren cursar y eso ayuda mucho. Es cierto que siempre he pensado que sería bueno que tuvieran conocimientos de Medicina más amplios, pero tengo noticias de cambios en el Plan de Estudios para mejorar esto.

—Fue la primera mujer española catedrática en Odontología de la Universidad Complutense de Madrid. Mirándolo con la perspectiva que da el tiempo, ¿qué significado tuvo para usted alcanzar aquel hito?
—En 1989 obtuve la Cátedra de Odontopediatría con el honor de ser la primera mujer española catedrática de Universidad en el área de conocimiento de Odontología en toda España. Y tuve el orgullo de que ocurriera en la Universidad Complutense, que siempre ha sido mi casa.

El primer recuerdo fueron mis padres y familia por el esfuerzo que hicieron para mi formación. El logro de que la Odontopediatría tuviera un catedrático significaba que la durísima lucha de muchos profesores unidos había fructificado finalmente y eso lo valoré intensamente.

Ante el mundo académico fue como llegar a una meta, aunque personalmente, para mí fue el comienzo de una etapa de mucho trabajo. Mi objetivo nunca fue llegar a ningún nivel académico sino aprovechar con dignidad las muchas oportunidades que la vida ha puesto en mi camino.

—Su actividad científica y editorial ha sido también muy relevante, con diversos libros de referencia en Odontopediatría. ¿Cómo ha cambiado la investigación en este campo y qué cuestiones considera que necesitan hoy una mayor atención científica?
—Mi labor investigadora más extensa ha sido en el campo de los tratamientos pulpares en dentición temporal con materiales como el MTA. La verdad es que mi equipo de trabajo en este campo fue pionero en el mundo y fuimos bien reconocidos en revistas internacionales.

No podría decir una única línea de investigación actual porque la Odontopediatría tiene la riqueza de las múltiples vertientes. Me gustaría potenciar los tratamientos que favorecen el desarrollo correcto mediante el control de las funciones bucales.

Los libros que he escrito, con compañeros profesionales muy competentes y queridos, siempre han tenido como finalidad la actividad clínica de especialistas en Odontopediatría y odontólogos generales que incluyan niños en su trabajo día a día. En ellos incluíamos los nuevos tratamientos, una vez aprobados. Su riqueza iconográfica ha hecho que tuvieran una gran acogida y, especialmente, en América.

—Durante parte de su trayectoria compaginó la actividad académica con la práctica clínica dedicada exclusivamente a pacientes infantiles. ¿Qué le aportó el contacto directo con los pacientes a su labor como docente e investigadora?
—En 1978 obtuve el título de Especialista en Odontopediatría y, desde entonces, he desarrollado práctica clínica exclusivamente con niños. Mi trabajo fue primero en mi clínica privada y en 1994 conseguí que la Universidad aprobara la creación, en la Facultad y separada del Máster, de una clínica donde yo personalmente trataba pacientes infantiles con libertad clínica e investigadora, aunque, por supuesto, bajo el control de la Universidad.

Así pude seguir con el trabajo clínico y conté con personas imprescindibles como Myriam Maroto y Maite Pérez Frutos. Y dispuse de sucesivos equipos de colaboradores honoríficos que fueron absolutamente fundamentales. Los resultados fueron visibles en múltiples tesis doctorales, creación de material docente, etc.

—España continúa sin contar con especialidades odontológicas oficialmente reconocidas. Desde su experiencia, ¿qué supondría para la Odontopediatría contar con un reconocimiento oficial como especialidad?
—Para la Odontopediatría, al igual que para el resto de las potenciales especialidades, tener un reconocimiento oficial supondría una normalización y aproximación real a lo que ocurre en los otros países de la UE. Considero que la salud bucal de la población española se beneficiaría. La garantía formativa de los profesionales estaría controlada y se podría evitar que algunos profesionales realizaran tratamientos para los que no están adecuadamente preparados.

En este sentido, durante mi vida académica obtuve, no sin esfuerzo, que la UCM aprobara que el “Máster de Odontopediatría” tenga una duración de 3 cursos académicos y está, por tanto, preparada para seguir luchando para obtener la especialidad.

—¿Cuáles considera que son actualmente los principales retos de la Odontopediatría en España?
—Afortunadamente, que la práctica odontopediátrica tiene entidad propia ya no se discute. Los programas PADI han conseguido que los padres asuman el cuidado profesional de los dientes de los niños. Sin embargo, estamos en unos tiempos en que los conocimientos, las tecnologías, los criterios y hasta los bulos cambian a una velocidad tan rápida que hay riesgo de relegar las bases biológicas y trabajar en base a modas que cambien demasiado rápido.

Esto tiene severo riesgo de perder calidad e, incluso, de incrementar la iatrogenia. Considero conveniente potenciar los protocolos y patrones de medida estandarizados para el diagnóstico y para los tratamientos, de modo que al incorporar nuevos hallazgos se mantengan algunas referencias imprescindibles.

—¿Qué le queda por hacer o qué le gustaría todavía aportar a la Odontología?
—Creo que soy realista y nunca he tenido sentido de trascendencia, por tanto, soy sincera al decir que creo que mi tiempo en la Odontopediatría activa ya ha terminado. Ha sido largo, fructífero, he sido muy privilegiada y es indudable que aún lo soy, ya que recibo el Premio Santa Apolonia, pero, sinceramente, el camino ha sido largo y muy duro.

Como he mencionado, los tiempos cambian muy rápido y mi objetivo es seguir adaptándome lo mejor posible a esos cambios de la vida. Cuidar mi cuerpo y mantener mi mente abierta para observar de lejos a los actuales protagonistas y alegrarme por ellos.

Un consejo para los jóvenes dentistas

¿Qué consejo daría a los jóvenes dentistas que comienzan ahora su carrera y a quienes quieren orientar su futuro hacia la Odontopediatría? Le preguntamos a la Dra. Elena Barbería, quien responde con claridad: «Que lo hagan, meditadamente, pero que lo hagan. Acompañar el crecimiento de un niño guiando su salud, trabajando de modo similar a como la vara de tutorado guía el crecimiento del árbol joven para que el desarrollo sea correcto, es una satisfacción que justifica el esfuerzo. Pero he dicho que la decisión tiene que ser meditada. Jamás pensar que, como un niño es pequeño en tamaño, las cosas son más fáciles y los errores desaparecerán con el tiempo. Al contrario, el crecimiento y desarrollo tienen un efecto multiplicador y con el tiempo nuestros errores se notarán más. Y que sepan que la Odontopediatría es, a mi juicio, la “especialidad” más complicada y gratificante».

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