El cáncer se caracteriza por una proliferación celular anormal e incontrolada, con capacidad para invadir tejidos circundantes y diseminarse a través del sistema linfático o sanguíneo. El carcinoma escamoso de cabeza y cuello (HNSCC) es un grupo heterogéneo de neoplasias originadas en el epitelio escamoso de la cavidad oral, orofaringe, hipofaringe y laringe, con anatomía compleja y microambiente tumoral impredecible (1).
Según un estudio retrospectivo en Brasil, la supervivencia global a cinco años varía según la localización: 37.0% en laringe, 35.8% en cavidad oral, 26.6% en orofaringe y 14.8% en hipofaringe (2). Este tumor constituye el 90% de los cánceres malignos en esta región y representa el 4.5% de los casos y muertes por cáncer a nivel mundial, siendo el séptimo en incidencia global. La distribución geográfica del HNSCC varía: en países en desarrollo predomina la asociación con tabaco y alcohol, mientras que en países desarrollados se relaciona más con el virus del papiloma humano (VPH) (3). Afecta entre dos y cuatro veces más a varones, y se proyecta que su incidencia aumentará un 30% para 2030, alcanzando 1.08 millones de nuevos casos anuales (4).
El diagnóstico y manejo son desafiantes, sin herramientas precisas para predecir su evolución (1). La heterogeneidad molecular complica el pronóstico y la respuesta terapéutica (1). La tasa de supervivencia a cinco años se mantiene baja, con más del 50% de los casos detectados en fases avanzadas (1-5). El microambiente tumoral (TME), compuesto por fibroblastos, células inmunes, matriz extracelular y vasos, se ha vinculado con la diseminación tumoral mediante mecanismos como el eje BDNF-TrkB activado por CAFs (6). Factores como la hipoxia o estrés oxidativo contribuyen a este entorno desfavorable (7, 8).


