José Luis del Moral, director emérito de Gaceta Dental.

La felicidad es un concepto difícil de definir (por mucho que el DRAE diga que es el «estado de grata satisfacción espiritual y física») y más todavía de contabilizar, tan dados como somos a cuantificar todo, a poner números que permitan hacer una clasificación en todos los órdenes de la vida. Elaborar una escala sobre el grado de felicidad se me antoja una misión imposible. Hay que tener en cuenta tantas variables (dentro de los campos de la salud, el dinero y el amor, como decía la canción) que a nada que una se tuerza da al traste con esa pretendida «grata satisfacción».

Y en ese punto, un leve dolor de muelas, el mínimo desaire de una persona querida o el insignificante retraso en el cobro del sueldo da al traste, aunque fuere momentáneamente, con nuestra deseada felicidad.
Escribo esto, esta cosa, el 20 de marzo, cuando se celebra el Día Internacional de la Felicidad, de origen tan reciente como novelesco o, por mejor decir, poético, que para eso un día más tarde, el 21, recién nacida la primavera, se celebra, desde 1998, el Día Mundial de la Poesía. Primavera y poesía. Tiene su lógica.

Pero vayamos al festejo que protagoniza la felicidad. Cuentan que fue el rey de Bután quien inspiró esta celebración cuando decidió que en su pequeño país himalayo, de apenas 800.000 habitantes, se instaurase el concepto de Felicidad Nacional Bruta (FNB) como si del Producto Interior Bruto (PIB) se tratara y así se lo reconoció la Unesco en 2013 instaurando este día tan especial. No sé si esta vez la fecha escogida está tan bien traída como la de la poesía. Lo ignoro.

Sí he conseguido saber (la enciclopedia de internet es infinita) cómo se puede medir la felicidad. Para obtener el índice de FNB se valoran nueve aspectos: la salud, la educación, la cultura, el medioambiente, el bienestar psicológico, el empleo del tiempo, la unión de la comunidad, el nivel de vida y la honradez e integridad del gobierno, que no es moco de pavo. A ver qué país es capaz de cumplir estas nueve condiciones. Desde ya, con estos criterios, yo soy capaz de asegurar que no hay una nación, país, estado, ciudad, pueblo, villorrio o comunidad de vecinos que pueda declararse feliz. Es más, estoy convencido de que ninguna agrupación humana lo haya conseguido alguna vez desde la prehistoria paleolítica. Puede que se den momentos, concretos y breves, en que un individuo (sí, individua también), alcance ese instante de felicidad y lo demuestre con una sonrisa. En esa milésima de segundo los labios son capaces de mostrar un soplo de felicidad que logra el aprobado en la FNB personal. Para que se produzca en nuestras vidas tan feliz paréntesis, cada día más inusual, es necesario, sin duda, abstraerse de más de la mitad de las cláusulas medidoras de la felicidad butanesa.

Tal vez sea una coincidencia, que a mí me da que no, el hecho de que esa misma fecha se haya dedicado también a celebrar el Día Mundial de la Salud Bucodental, esta vez a propuesta de la Federación Dental Internacional (FDI), que decidió apostar por el 20 de marzo y abandonar el 12 de septiembre que hasta 2012 era ‘su’ fecha, en conmemoración del nacimiento de Charles Godon, fundador de la Institución Odontológica Internacional, embrión de la actual FDI. Tan es así que ambas celebraciones arrancaron en 2013, sin saberse a ciencia cierta si antes fue el huevo de la FNB o la gallina de la FDI, o viceversa. Lo cierto es que la felicidad y la salud dental, tan complementarias ellas y unidas por la sonrisa, se festejan el mismo día.

Si bien el argumento de los odontólogos es claro, promover la salud oral en el mundo, resulta curiosa la elección de la fecha. La boca sana de un adulto está constituida por 32 dientes y 0 caries, es decir, el mes (3, marzo) y el día (20) de la celebración, que es como se fijan las fechas en el mundo anglosajón. Y aquí sí que el huevo anglófilo es antes que cualquier gallina.