José Luis del Moral, director emérito de Gaceta Dental.

No sé por qué, o tal vez sí, me vienen recuerdos de mi infancia relacionados con las decisiones tomadas, al alimón, por mis padres en todo lo referente a la educación y el bienestar de sus tres hijos. Recuerdos lejanos, demasiado, pero muy frescos, mucho, como si lo rememorado hubiera ocurrido ayer mismo. El «decíamos ayer» de Fray Luis de León aplicado a la intrahistoria, a la nanohistoria de un servidor

Y no sé por qué, o puede que sí, de repente recuerdo a mis padres –ella y él, especifico hoy, algo que no era necesario antes, para que se entienda bien–, hablando un solo idioma para que no hubiera dudas. Y no es que fuesen iguales, ni siquiera de carácter ni formación: conservadora doña Carmen, progresista Luis, sin el don. Pero, amigo, cuando se trataba de exponer una resolución lo hacían conjuntamente.

Los cinco íbamos a misa todos los domingos por deseo/imposición materna, pero a la salida no faltaba la visita al bar para tomar el aperitivo, un vinito tinto (manchego o valdepeñas, raras veces un rioja, entonces casi prohibitivo) para el paterfamilias (con perdón), invariablemente, una quina Santa Catalina para la dueña del hogar y, a veces para el hijo mayor (yo mismo) y refrescos (un Schuss de naranja o una Pepsi, por ejemplo) para los otros dos, varón (especifico), el segundo, y fémina (vuelvo a especificar), la tercera en la línea de descendencia, por fecha de nacimiento, no por ninguna ley patriarcal que así lo estipulara (conviene especificar también, dados los tiempos que corren).

Mi padre no era muy dado a las iglesias, y mi madre menos aún a los bares, pero había un consenso familiar en las decisiones, tanto en las cuestiones importantes como en las menos trascendentales. Y cuando mis padres (madre y padre, insisto en precisar) decidían algo hablaban como uno solo.

Las malas notas llevaban implícitas el castigo sin salir de casa el fin de semana y/o el embargo del duro (cinco pesetas: tres céntimos de euro) de la paga que permitía comprar pastillas de leche de burra, pipas de girasol y regaliz en el puestecillo del ‘abuelo’ –el mismo pobre señor al que años después recurriría para comprar los celtas y los bisontes sueltos– y con estas vituallas dedicar las jornadas de libranza escolar a dar vueltas a las tres manzanas más animadas del barrio para encontrarte, una y otra vez, con las chicas que tenían la misma diversión sabatina-dominical.

Ya estoy desbarrando. A lo que iba, que mis padres eran uno cuando había que dictar sentencia, sin dobleces ni dudas, lo que servía a sus tres hijos para saber el camino que se seguía. Aunque siempre intentábamos ganarnos al más débil en cada cuestión –casi siempre él– para tratar de rebajar la pena impuesta o incluso cambiar la decisión adoptada, en raras ocasiones había marcha atrás y, desde luego, en ninguna si el tema era de enjundia. Porque de esa consulta entre ambos siempre salía un fallo unánime.

En más de una ocasión nos podría resultar un dictamen injusto, pero no había otra que seguirlo, porque no existían grietas ni fisuras en la pareja que ejercía el poder conjunto en la familia. La cosa estaba clara, no cabía la menor duda y si se decretaba confinamiento, pues a quedarse en casa, tristes y enfadados, pero sin salir. Igualmente pasaba si decidían darnos una ‘paga’ especial por buenas notas para poder ir al cine, y así, de paso, les dejábamos tranquilos toda la tarde.

Pues eso, que no hay nada peor que dos que mandan no se pongan de acuerdo, porque los mandados no saben a qué carta quedarse.

No sería bueno que el Consejo de Dentistas bendijera un procedimiento y a un colegio, sea el que sea, le diera por cuestionarlo. Pero ya se ve que no en todas las parcelas de nuestra sociedad se piensa en el bien general. ¿A quién hacemos caso, a papá o a mamá?