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Ganador del VIII Premio Relato Corto Gaceta Dental

Cuando salgo de la clínica, ella está esperando a unos metros de la entrada, junto a una farola. Viene hacia mí.

-Hola –dice sin acercarse demasiado–, ¿me recuerda?

Nunca he sido un buen fisonomista, y me resulta especialmente difícil ubicar un rostro incompleto en algún lugar o espacio definidos. Me encojo de hombros

-Usted me arregló la boca hace cuatro años –prosigue–. Bueno, en realidad terminó de arreglarme la boca hace cuatro años, pero empezó hace diez…

-Por favor, se lo ruego, no diga nada. Quiero explicarle lo importante que usted fue para mí, y si me interrumpe estoy segura de que empezaré a llorar.

Hace una pausa. Con la palma de su mano me señala un banco del paseo. Nos sentamos.

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-He intentado llamarle por teléfono muchas veces, pero cada vez que me saludaba la voz de la centralita, yo terminaba por colgar. Me da mucha vergüenza lo que tengo que decirle. De hecho, llevo casi una hora aquí, a la puerta de su consulta sin atreverme a subir y ya estaba a punto de marcharme, así que verlo de pronto así, despojado de su bata, me ha dado la fuerza necesaria para hablarle –toma aire, carraspea, arquea las cejas, cierra los ojos, los abre–. Verá, la primera tarde que me vi en el espejo de su despacho con mi dentadura nueva y perfecta, supe que tenía que cambiar de vida, y quise confesarle que usted siempre tuvo razón, que mis constantes fracturas, mis laceraciones, la desviación de mi mandíbula, no eran consecuencia de accidentes, tal y como yo insistía ante sus preguntas. Sospecho que usted nunca creyó mis mentiras, de modo que le agradezco enormemente que fuera tan respetuoso conmigo, y le agradezco también las palabras que escribió en su tarjeta en nuestra despedida. La he guardado desde entonces.

Me la muestra. En el dorso figura la siguiente frase: “Una sonrisa tan bonita merece habitar en alguien feliz”.

-No sé si lo hace con todos sus pacientes, aún así, a mí me ayudó a tomar una decisión que debería haber tomado hace mucho tiempo. Denuncié a mi esposo y, con la ayuda de sus informes médicos, conseguí que lo condenaran. Ahora, ya me ve, soy una mujer nueva. No sé realmente cómo pagarle todo lo que hizo por mí, y he pensado que, si usted quiere, podría invitarle a cenar. Hoy, ¿qué le parece?

Me da una dirección, yo inclino afirmativamente la cabeza.

-Allí nos veremos –continúa–. Por cierto, gracias también por haberme escuchado en silencio –añade–, levantándose.

Y se aleja sin un adiós, sin esperar a que yo diga nada. Tampoco habría podido hacerlo. Todavía noto la lengua y las encías anestesiadas. Me pregunto si esta noche podré comer con normalidad, me pregunto cómo serán sus labios, y me pregunto si al quitarnos las mascarillas tardará mucho en darse cuenta de que yo no soy su dentista.