Cuando mi hija Mónica, con todo su cariño y una enorme sonrisa que le marcaba sus simpáticos hoyitos en las mejillas, me regaló una cachorra de braco de Weimar para que me hiciera compañía en mi retiro jubiloso no sabía muy bien lo que ella hacía, ni yo lo que me esperaba.

Para buscarle nombre tiré de idioma portugués con intención de darle más sentido a la nacionalidad del país de acogida. Así es que desde entonces obedece como Lua, lo que viene a ser Luna en español. Una perra hermosa, elegante, poderosa, juguetona, activa, cazadora, cariñosa, obediente, apasionada, protectora y… destrozadora. En las quince lunas llenas (alusión nominal al can) que lleva en casa ha destrozado los sofás del salón (recién comprados), más de una docena de cojines y alfombras, varios pares de gafas y no menos de cinco veces los conductos del riego del jardín (el pobre Daniel, encargado de mantener el huerto y el césped, está de los nervios y ya no sabe si es peor enemigo el topo que perfora el terreno desde abajo o el fantasma gris que con los actos de sabotaje arruina su trabajo desde la superficie).

No se trata de un falso regalo, que Mónica en ningún caso buscó compensación alguna por su dádiva, más que satisfacerme. Pero caray con el regalo. Eso sí, sin llegar a ser como el que la leyenda refiere al recibido por el papa Alejandro VI.

Cuentan que el papa Borgia, a la sazón máximo pontífice en tiempos de los Reyes Católicos y padre de los (im)populares César y Lucrecia, recibió de una dama ­–se supone que despechada por alguna de las acostumbradas siniestras maniobras del de Játiva– un elaborado bastón hueco cuyo interior albergaba trozos de ropa impregnados con los fluidos y excreciones de un apestado fallecido, con la subrepticia intención de llevar al poderoso clérigo a hacer compañía al dueño del infecto ropaje; es decir, para enviarle a criar malvas. No parece que la urdimbre de la dama surtiera efecto, puesto que la historia dice que Rodrigo de Borja, nombre real del sumo pontífice renacentista setabense, falleció pocos días después de haber participado en la celebración de un banquete en la residencia campestre del cardenal italiano Castellesi, dicen que envenenado –teoría del jesuita historiador talaverano Juan de Mariana–, aunque hay quienes prefirieron pensar –como Voltaire, casi dos siglos después–, que fue por causa de la malaria.

Como decía más arriba, lo de Lua no es comparable con lo del báculo o cayado que le endosaron como obsequio al segundo papa de la estirpe de los Borgia, pero también tiene su enjundia, porque no hay momento de descuido humano que no sea aprovechado por la de Weimar para hacer de las suyas, tras lo cual pone ojos de no haber hecho nada mientras mueve el rabo, que es como un látigo de nueve colas que amenaza los objetos dispuestos en estantes o mesas que no superen colmadamente el metro de altura. Se me había pasado incluir dos ceniceros de cerámica y dos copas aflautadas de cristal de Bohemia en la relación de destrozos debidos a la energía descontrolada de Lua. Aunque para cara de no haber roto nunca un plato la que pone Mónica cada vez que se le da a conocer una más de las tropelías llevadas a cabo por su regalo.

Sin ser fácilmente comparable con la truculenta historia del bastón infecto, no se puede negar que lo pregonado por algunas clínicas dentales son regalos envenenados, o más bien, estos sí, falsos regalos. Porque esos blanqueamientos y hasta implantes que se regalan son dádivas con truco, presentes que luego se cobran y terminan saliendo caros a los pacientes, a más de empañar la imagen de sus colegas que no entran en ese tipo de ardides. Son prácticas próximas a las de los bastones huecos renacentistas.

Regalos que nada tienen que ver con el de Lua.