Desde que aterricé en el mundo dental me ha llamado mucho la atención el gran número de dentistas que seguían los pasos profesionales de sus progenitores. Recuerdo con especial cariño un desayuno de trabajo que organizamos reuniendo a padres e hijos dentistas, un encuentro en el que participaron los doctores Miguel Ángel Soto-Yarritu García, Fernando del Río de las Heras, Pedro Ariño Rubiato y mi querido Rafael Miñana Laliga, con sus respectivos sucesores, los doctores Ramón Soto-Yarritu Quintana, Jaime del Río Highsmith, Pedro Ariño Domingo y Miguel Miñana Gómez. Los más jóvenes habían mamado la profesión en casa y destacaban la pasión que los más mayores sentían por su día a día en la clínica. Una profesión bonita, muy exigente, pero a la que debían mucho y de la que, tanto los séniors como los júniors, hablaban con devoción y entrega.

Ese mismo orgullo es el que vi reflejado en los rostros de los doctores Victoriano Serrano y Carlos Oteo, miembros de nuestro comité científico, que recogieron, al igual que otros tantos, de la mano de sus hijos, cónyuges o hermanos, las placas por sus 35 años de colegiación en los actos de Santa Apolonia organizados el febrero pasado por el COEM en Madrid. Y también, admiración mutua la que me transmitieron «los Andreses», los doctores Andrés Sánchez Turrión y Andrés Sánchez Monescillo, en la visita que hice hace unas semanas a su renovada clínica.

Hoy queremos ser nosotros los que mostremos nuestro orgullo por pertenecer a un sector como este, el dental. Porque, a pesar de la complicada situación que vivimos, el trabajo de clínicas, empresas, laboratorios, universidades, colegios profesionales, sociedades científicas, centros de formación… en definitiva, odontólogos y estomatólogos, higienistas y protésicos dentales, cirujanos maxilofaciales, plantillas al completo de las «compañías del diente», profesores… en definitiva de todos los profesionales, que de una forma u otra vivimos por y para este sector, no debe pasarse por alto.

En los peores momentos de la pandemia, quedó demostrada la solidaridad de los profesionales que pusieron a disposición del sistema sanitario sus EPIS; de empresas y laboratorios que se reconvirtieron para ayudar en la fabricación de piezas para respiradores o máscaras de protección; de colegios profesionales, sociedades científicas y centros educativos que contribuyeron a hacer más llevadero y productivo el confinamiento dando formación gratuita con donaciones incluidas para la lucha contra la COVID-19. Y todo ello en el contexto de un parón de actividad sin precedentes, con ERTES de por medio, con incertidumbre ante un presente preocupante y con miedo ante un futuro incierto.

Y poco a poco, cuando se ha ido recuperando la normalidad hay que destacar el esfuerzo de todos los profesionales del sector por arrancar, por volver a la vida, con prudencia y seguridad, que es lo que debe imperar aún. El «bicho» sigue ahí. No debemos olvidarlo. Ahora toca descansar, amigos del sector dental. Acabamos de estrenar verano, una etapa que será esencial para coger fuerzas y energía con el objetivo de prepararse para afrontar el inicio del curso, probablemente, el más desafiante de nuestras vidas. No será fácil, pero ahí estaremos remando todos los que formamos este sector. ¡Nos vemos en septiembre!

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