José Luis del Moral, director emérito de Gaceta Dental.

Antes de escribir estas líneas me pongo en contacto con mi directora para comentarle de qué voy a tratar este mes en lo que hemos llamado La firma y me sorprendo/se sorprende/nos sorprendemos al comprobar que he/ha/hemos coincidido en la misma idea, al menos en idéntico argumento, si no en el mismo guion y desarrollo. ¿Empatía, concomitancia, sincronía o simple casualidad?

El caso es que esta vez mi amiga Bonache ha querido, como yo mismo, recordar la parte endogámica de la profesión dental. La herencia de padres a hijos e incluso nietos. Porque los apellidos ilustres de la odontología, el higienismo y la prótesis se suceden generacionalmente. Por no hablar de los que están al otro lado de los que conforman el sector: los empresarios, con algunos nombres que ya han superado, generación tras generación, el siglo de existencia.

He preferido evitar la tentación de hacer una relación porque la lista sería tan extensa como, casi con toda seguridad, incompleta. Hay apellidos reconocidos en el sector en las diecisiete comunidades y en las dos ciudades autónomas. Sin ir más lejos, los premios concedidos por el Consejo General, Dentista del año y Santa Apolonia, a Antonio Llobell y Vicente Jiménez, respectivamente, pertenecen a prestigiosas dinastías.

Es lógico que en estos casos rezume el orgullo de padres a hijos, y de estos hacia aquellos. Un sentimiento de satisfacción tan legítimo como auténtico y justificado entre quienes comparten profesión y vocación, lo que, por desgracia, no siempre va unido.

Pero esta vez quería centrarme en unos casos distintos en los que también existe ese orgullo de padres a hijos, aunque no compartan actividad. Estos meses de encierro para tratar de escondernos del virus canalla que nos tiene acogotados han sido pródigos en lectura, música, comunicación por redes sociales, ordenamiento de cachivaches e ideas y de mucha televisión. Pedí consejo a algunos amigos para que me recomendaran algunas series de esas que aparecen en las plataformas de pago y a las que nunca he sido muy aficionado. Total que selecciono La casa de papel y luego White Lines y después El embarcadero y entre otros nombres que se repiten en los títulos de crédito me encuentro con el del coguionista David Barrocal, un apellido poco usual. Pregunto y resulta que sí, que se corresponde con el del protésico dental Román Barrocal. Vamos que David es su hijo. Un crack.

Las redes sociales me permitieron descubrir también al hijo de otro técnico de laboratorio que ha dejado huella en estos tiempos de confinamiento. Pedro Herrera (hijo) es un virtuoso de la viola, de la que se ha valido durante semanas para, desde la ventana de la casa familiar en Granada, llevar cada día unos minutos de sosiego musical a sus vecinos. Lo mismo le daba adaptar a ese difícil instrumento de cuerda La misión, de Ennio Morricone, que Granada de Agustín Lara, o el famoso My way popularizado por Frank Sinatra. No hay pieza que se le resista.

Y recordé que muy poco antes de que se nos hiciese familiar el coronavirus me enteré por un telediario de que la ganadora del certamen de jóvenes talentos de la pasarela Mercedes-Benz respondía al nombre de Fátima Miñana, una muchacha formada en Londres de la que dijeron ser hábil y original en la utilización de la tecnología 3D para conseguir unos patronajes impecables de «innovación y carácter comercial», aseguraron los expertos en la cosa del hilo y la aguja. Pues la aventajada Fátima es nieta del recordado pionero de la Endodoncia europea Rafael Miñana y sobrina del presidente de la AEDE, Miguel Miñana.
Cómo me gusta escribir sobre estos jóvenes, los que se esfuerzan y se superan en la vida. Si todos fueran como ellos, jóvenes con tesón, seguramente heredado de sus antecesores, otro gallo cantaría.

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