Cena de agradecimiento del comandante de la Séptima Región en el salón de su cuartel militar por la labor realizada por los voluntarios.

Campaña sanitaria en Tinduf (Argelia) desarrollada por las organizaciones Zerca y Lejos, DentalCoop y Sáhara 4×4

Llegamos a Tifariti, capital política de los Territorios Liberados y símbolo de resistencia para el pueblo saharaui, un frondoso valle donde vimos plantadas las primeras grandes jaimas y también las primeras construcciones, destacando una escuela que se emplea además como centro de reuniones y lugar para todo, unos adosados funcionales que llevan veinte años esperando inquilinos, un estupendo hospital muy amplio y bien organizado y, por último, el Protocolo, donde nos alojaríamos a la vuelta. Una rápida visita al hospital para dejar y revisar material, comer pinchos de carne de camello exquisitos y hasta una pequeña siesta para quien la quiso. Las cosas se hacían bien.

De nuevo en el coche se nos hizo de noche hasta encontrar la siguiente jaima en la que pasaríamos la noche. Al lado de ella, quiero decir, ya que dormiríamos a la intemperie. Pero con la ventaja de contar con las mejores vistas. Esto sería después de asistir a la preparación de nuestra cena desde su más cruel principio, incluso a costa de herir alguna sensibilidad que venía ya bastante aflorada. Sin duda, fue un antes y un después en nuestro viaje en lo que se refiere a la alimentación del grupo, ya que la carne de chivo hizo estragos durante la noche y la mañana siguiente estuvo marcada por visitas frecuentes a los arbustos y alguna que otra cara descompuesta. Pero sin mayor gravedad afrontamos el resto del viaje, unas once horas más de coche, hasta llegar por fin a nuestro destino, Agüinit. Había sido un viaje largo y cansado, que transcurrió en paralelo al abominable e ilegal muro marroquí. Un muro de arena y dinamita que se extiende a lo largo de casi tres mil kilómetros y que pone de manifiesto la intransigente postura de su creador.

Allí había un antiguo cuartel del Ejército español construido con piedra en forma circular al que se había añadido un hospital compuesto por varios módulos desmontables, y un poco más alejado lo que sería el cuartel de los militares del Frente Polisario. Después de una calurosa recepción por parte del personal que allí vivía, militares, enfermeras y un encargado médico del hospital, pudimos organizar el material y dejarlo listo para la mañana siguiente cuando comenzaríamos por fin el trabajo. Esa noche volvimos a cenar de una forma excelente y nos fuimos pronto a descansar, la mayoría de nosotros en uno de los módulos, mientras que los más necesitados de espacio se instalaban en el tejado del cuartel cubiertos por una densa capa de niebla del desierto.

Arrancamos

El hospital de Agüinit se emplaza en la zona de un antiguo cuartel del Ejército español construido con piedra en forma circular al que se había añadido un hospital.

Y por fin llegó el primer día de trabajo. De todos es sabido que los comienzos son difíciles, y en esta ocasión no iba a ser menos. Empezamos distribuidos en tres consultas. En una de ellas Amalia y yo, en otra el Dr. Salek y en la más grande se ubicaban los dentistas, con sus toneladas de equipo bien esterilizado y ordenado y su eterno run-run, obra del tan necesario generador. En la entrada estaba Mulay, el responsable médico del hospital, que había recibido una formación básica hace años y que ahora se ofrecía como una ayuda inestimable para nosotros recogiendo los datos para la encuesta de mortalidad y organizando el flujo de pacientes desde la sala de espera. En primer lugar fueron atendidos los militares (los Territorios Liberados están ocupados casi en su totalidad por ellos y las poblaciones nómadas del desierto), destacando las enfermedades crónicas y los dolores osteomusculares fruto de antiguas heridas de guerra y lo difícil de la vida allí.

Por la tarde, tras un breve descanso, volvimos al trabajo. Esta vez con mujeres y niños, anotando medidas antropométricas, haciendo una revisión general del estado de salud, control ginecológico y enfermedades agudas. Tras esto pasarían a las consultas de los dentistas donde se llevarían a cabo extracciones dentales, empastes y recibirían pautas de higiene bucodental. Y no se hicieron mal las cosas, aunque poco antes de la cena nos reunimos para intentar mejorar la organización y ser lo más eficientes posibles. El tiempo del que disponíamos era escaso, y aquella gente que no había visto jamás a un dentista o a un médico no podía quedarse sin ser atendida por causas solucionables.

Tras aquella demostración de grupo en el que cada uno tuvo oportunidad de expresar sus sensaciones y de debatir aquellos puntos más controvertidos, el comandante de la Séptima Región (en la que nos encontrábamos), nos invitó a todos nosotros a cenar en el salón de su cuartel militar para mostrar su agradecimiento por la labor que estábamos realizando y hacernos conscientes de la importancia de nuestra visita allí. Avisados ya por nuestros compañeros de viaje, tuvieron el gesto de prepararnos una cena a base de alimentos neutros como pinchos de carne de camello, tortilla de patatas y pasta. Había que cuidar nuestros estómagos.

Cogiendo ritmo

La mañana siguiente nos despertamos temprano y, teniendo muy presentes los puntos de mejora hablados la noche anterior, rápidamente cogimos un muy buen ritmo de trabajo. Esta vez Amalia estaría en una consulta, yo en otra y los dentistas se agruparían como el día anterior. Ignacio ayudaría a Mulay en la organización de los pacientes, y Amalia Q. comenzaría ya en la sala de espera a rellenar las cartillas de salud con los antecedentes y la toma de tensión, glucemia para los adultos y de talla y peso para los niños. De esta forma, el flujo de pacientes estuvo mucho mejor dosificado y se pudo atender a un mayor número de ellos. Esta vez decidimos hacerlo sin pausa, sobreviviendo con un pequeño tentempié. Terminamos en torno a las 5 pm para subir de nuevo el material a los coches y salir rápidamente para Mijek, algo más al norte, donde nos esperaban para continuar con la asistencia.

Entrada al hospital de la localidad Agüinit, a más de 1.000 km de Tinduf.

Aunque antes de nuestra partida fuimos invitados a visitar de nuevo el cuartel saharaui, primero en una pequeña sala-museo donde albergaban muestras de su cultura en forma de instrumentos musicales hechos con pieles de camello y cabra, herramientas de trabajo de piedra y metal, objetos de humilde joyería, sillas de montar camellos y una gigantesca vértebra de ballena fosilizada que hablaba de tiempos muy remotos en los que este desierto estaba cubierto por un inmenso océano. Acabamos la visita en una habitación repleta de cuadros realizados por artistas saharauis, donde tuvo lugar una emotiva despedida en la que se obsequió con uno de ellos a cada uno de los representantes de las distintas asociaciones que allí estábamos (DentalCoop, Sáhara 4×4 y Zerca y Lejos).

Nuevo destino

Aún con el corazón en un puño después de aquella experiencia nos montamos en los vehículos y salimos. Mijek estaba cerca, no más de cuatro horas desde donde nos encontrábamos. De nuevo nuestro destino era un cuartel militar que, como en Agüinit, se sitúan siempre cercanos a grandes pozos de agua dulce. Llegamos tarde y muy cansados, así que pronto estábamos descansando para un nuevo día de trabajo duro. Esta vez no se trataba de un hospital al uso, sino de una serie de habitaciones construidas con cemento y ladrillo donde nos obligaron a usar el ingenio para distribuirnos de la mejor manera posible.
Y así lo hicimos, de nuevo Amalia estaría en una consulta, los dentistas con su material en otra y a mí esta vez me tocó el pasillo de la entrada donde improvisamos una pequeña consulta de forma rudimentaria pero efectiva.

Esta vez veníamos con la lección aprendida y empezamos a trabajar bien rápidamente. El calor fuera era insufrible y había mucha gente esperando a la intemperie a ser atendida. Recibimos la visita del capitán de la MINURSO (Misión de la Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental) en aquella zona, que nos obsequió con agua potable y un toldo que Almeida y Jalisco dispusieron de la mejor forma posible para que la espera se hiciera más tolerable. Aun así, nos fue imposible atender a todas las personas que allí se dieron cita, aunque el ritmo de trabajo hubiese sido más rápido que nunca. Después de todo el día de trabajo volvimos al cuartel cansados, con la sensación de haber hecho un buen trabajo pero con la impotencia de quien no puede abarcar lo que no es posible. Cenamos y nos preparamos para realizar una visita a la MINURSO, tras la invitación de su capitán. Algo que nos fue imposible hacer por las estrictas órdenes de seguridad impuestas por el Frente Polisario para los desplazamientos una vez caída la noche. Así que nos quedamos en la azotea disfrutando de la conversación y de una magnífica noche vastamente iluminada por una luna colosal, que nos hizo sacar nuestras emociones más sinceras y unirnos más si cabe como grupo humano.

Último día

Ya por la mañana emprendíamos nuestro último día de trabajo. Empezamos pronto y no paramos hasta las cinco de la tarde, después de haber visto cerca de unas cien personas. El cansancio era evidente pero las ganas seguían intactas.

Trabajar con la población nómada hace, si cabe, aún más difícil la atención continuada, según los voluntarios.

Cumplimos con lo prometido y, una vez que estuvieron atendidas todas las personas, recogimos y nos marchamos al cuartel, donde de nuevo nos despidieron con regalos y sinceras muestras de agradecimiento por el trabajo y esfuerzo realizados.

Esa noche volvimos a dormir en medio del desierto, con la luna como nuestro único guía. Lo hicimos sobre un extenso yacimiento de oro, que no explotaban por la evidente falta de recursos para ello, pero del que pudimos ser conscientes después de que nos mostrasen ejemplos de este preciado metal adherido a otras piedras de un interés más que discutible. Descansamos y salimos, agotados.

Tras una parada para comer en medio de la nada, donde nos mostraron su famoso pan de arena, llegamos a Tifariti, que nos esperaba con su ahora lujoso Protocolo y su maravilloso entorno. La mañana siguiente tocaba organizar de nuevo material y dejarlo todo preparado para la siguiente visita de voluntarios tan solo un mes después. Nos despedimos y salimos para los campamentos, siete días después de haber partido de allí, siete días que habían dado para mucho.

Es muy importante para nosotros intentar reflejar el motivo de este viaje por todo lo que ha significado para las dos partes. Por un lado, esto ha supuesto para nuestro grupo la culminación de un sueño que empezó hace mucho tiempo, el sueño de llegar a conocer y ayudar a las personas más alejadas del entorno protegido de los campamentos.

Trabajar con población nómada hace si cabe aún más difícil la atención continuada, por lo que se ha empezado a implementar la cartilla sanitaria única e indispensable para la asistencia médica, con una notable acogida por parte de la población, lo que permitirá en un futuro contar con algo parecido a nuestras historias clínicas habituales. Por otro lado, las encuestas de mortalidad no han podido ofrecernos tantos datos como esperábamos a partir de los cuales crear objetivos dirigidos, pero después de haber atendido a más de trescientas personas, concluimos que la atención primaria sobre todo de enfermedades crónicas, la salud materno infantil y el calendario vacunal deben ser nuestras líneas de trabajo en este momento.

Se ha empezado a implementar la cartilla sanitaria única e indispensable para la asistencia médica, con una notable acogida por parte de la población.

Para ello nos basamos en la capacidad, de sobra demostrada, del pueblo saharaui de asegurar la presencia de médicos en cada uno de los hospitales estratégicamente situados a lo largo de su geografía; en el conocimiento de los flujos migratorios para adaptarnos a las necesidades de este pueblo sin alterar sus costumbres o tradiciones; y en el aseguramiento de la existencia de un stock de medicamentos que permita hacer frente a las necesidades de su población en cada momento.

Este viaje se planteó como una iniciación a lo desconocido, para que pudiésemos dejar de llamarlo así y empecemos a cambiar la perspectiva y nos convenzamos de que se puede lograr.

Agradecimientos

Y, por último, hablar de la implicación del pueblo saharaui, que nos ha acogido de una manera inmejorable, trabajando duro para hacer nuestra experiencia lo más cómoda posible dentro de un entorno de los más hostiles del mundo, estando atentos a nuestras necesidades, respondiendo a nuestras dudas, haciéndonos sentir como en casa a pesar de todo. Han trabajado con nosotros en cada momento como uno más. Merecen una mención especial el grupo de traductores, chóferes, cocineros y demás personas que han hecho posible este proyecto ilusionante por su juventud y capacidad de cambiar las cosas.

Y en este tono transcurrió la reunión con el ministro y el gobernante de los Territorios Liberados a nuestra vuelta. Comprometiéndonos con lo que acababa de nacer. Despidiéndonos con un hasta pronto.

Foto de familia del equipo formado por los voluntarios de DentalCoop, Zerca y Lejos y Sáhara 4×4.