Para los odontólogos, febrero es el mes de la patrona, que si Santa Apolonia tiene presencia todavía en el santoral es en buena parte gracias a que los dentistas la han mantenido vigente a través de los siglos. Y como homenaje a la mártir desdentada por sus torturadores, hemos querido recuperar en este número su historia, breve y llena de imprecisiones y hasta de contradicciones, según las fuentes utilizadas para llegar hasta ella. Más curiosa resulta la presencia de la santa alejandrina en el callejero de diversas ciudades, algunas de las cuales registran el nombre de Polonia, como en el caso de Madrid, y no menos peculiar es conocer qué circunstancia llevó a bautizar con su nombre una rúa del centro histórico capitalino.

Con motivo de su festividad, todos los colegios de odontólogos y estomatólogos organizan actos lúdicos y conceden premios entre sus colegiados para mantener vivo el recuerdo de una patrona que todos aceptan. Con Santa Apolonia no parece que existan mayores discrepancias en la profesión.

Otro tema es el día a día dental, con idas y venidas, encuentros y desencuentros, hechos sólitos e insólitos, opiniones y juicios a acciones y reacciones de todo tipo. Porque, ya lo decía mi galdosiana abuela Isabel, clara y rotunda como son, o al menos eran, las gentes de pueblo: «Las cosas casi nunca son como uno quiere, sino que más bien, casi siempre, son como deberían ser, y son, siempre, como son». Algo así decía cuando se trataba de hacer repaso a cualquier acto o acontecimiento vivido o por vivir entre el orto y el ocaso de la jornada, lo mismo si una nevada torcía su horario acostumbrado para ir a por el cuartillo de leche a la vaquería (que entonces aún existían en pleno barrio de Chamberí) o si la boda de un familiar trastocaba sus planes dominicales. Por cierto, que en el poblado equipo de santos a los que recurría en sus oraciones y plegarias para buscar solución a todo tipo de asuntos domésticos, creo que nunca jugó, ni siquiera estaba de suplente, nuestra querida Apolonia.

La noticia de la creación de una clínica, para unos solidaria, y para otros poco menos que innecesaria, superflua y hasta insolidaria, me ha devuelto el recuerdo de esas calles chamberileras en las que la Virgen Milagrosa extiende su manto con mucho predicamento desde principios del siglo XX. El melón de las clínicas solidarias se ha abierto y hay opiniones para todos los gustos, como ha quedado patente en el texto elaborado por nuestra redacción y que publicamos en las páginas 14 y 16 de la sección Actualidad. ¿Clínicas solidarias puras? ¿Solidarias mixtas? ¿Formación solidaria? La polémica no ha hecho más que empezar y promete ir a más.

¿Cómo habría actuado mi abuela Isabel en este caso? ¿Habría recurrido a Santa Apolonia o habría optado por dirigirse a otra figura canonizada más de su gusto? Para mí que, en el fondo, ella era consciente de que ni siquiera San Judas Tadeo, el patrón de las causas imposibles, podía torcer su sencilla máxima de que las cosas son, siempre, como son.