Finalizaba el mes de julio y con él la vida de mi amigo Pepe. Recibí la noticia entre las montañas del norte de España, en un bello valle, donde el tiempo se para; donde las noticias te infunden un mayor respeto y el dolor se perfila con más intensidad.

Un lugar extraordinario en el que la niebla, al amanecer, lame la falda de la Peña. Era imposible asistir al entierro, no había tiempo. Sin embargo, el último adiós se puede decir de muchas maneras. Una de ellas es el recuerdo cálido y equilibrado de quien fue durante muchos años mi amigo y compañero en múltiples viajes y estancias en España y en Estados Unidos. Aún recuerdo aquel curso en Chicago, en el que durante dos meses revisamos la actualidad periodontal más importante y, día tras día, pitillo tras pitillo, compartimos conferencias, experiencias y anécdotas o aquel viaje en el que, junto con el Dr. José María Casal y otros buenos amigos, recorrimos varias facultades de Estados Unidos.

Como en una moviola, las escenas compartidas, vividas con intensidad, se me han dibujado nítidas y claras como el día que sucedieron. Por mi cabeza han pasado retazos de recuerdos, experiencias alegres, risas y anécdotas que han enriquecido nuestras vidas. La amistad con Pepe era de las que acabas el trayecto del tren, en el que has compartido el mismo compartimento con él, y te llevas una maleta de sensaciones y de sentimientos que te acompañan durante mucho tiempo.

Mi amigo Pepe era ante todo una buena persona que disfrutaba con la tertulia, los amigos y el golf. Su vida era su familia, la Odontología y sus amigos, siempre organizando congresos y reuniones, discutiendo sobre los diferentes problemas de la profesión, tratando de mejorar los aspectos de la misma ya fuera como presidente de la Sociedad Española de Periodoncia, del Colegio de Valencia o del Consejo General de Odontólogos y Estomatólogos e, incluso, como simple dentista de base seguía preocupado por los problemas que la atenazaban. Era su vida diaria. No se salía de estos parámetros y los que tuvimos la suerte de acompañarle fuimos muy dichosos en su compañía.

Era el recipiendario de una saga, que gracias a Dios no se corta hoy, pues sus hijos José y Pedro le suceden con alta cualificación moral, personal y profesional y allá donde vayan siempre podrán ir con la cabeza alta de lo que su padre significó.

Pepe siempre hablaba de su padre, de lo que había recibido, de sus enseñanzas y de sus valores, algo que supo transmitir con creces a los hijos. El apellido Monlleó es, en la región valenciana, una muestra de una estirpe dedicada a la Odontología y él, como buen español, lo sabía manifestar a toda España. Siempre me decía: «fíjate que las primeras estrofas del himno valenciano dicen «por dar glorias a España». Se sentía un gran español y allá por donde iba lo demostraba».

La noticia me llegó por un triste sms enviado por uno de sus hijos. «Antonio –decía–: el papá ha faltado esta madrugada». Qué bonita expresión, dentro de la triste realidad, para expresar lo que un hijo siente en ese momento. Su padre falta. Eso es así y, sin embargo, no es totalmente cierto. Su padre pervive en nuestro recuerdo, en nuestro cariño y en nuestras experiencias. Faltar sería no haber dejado huella en esta travesía y eso no es lo que sucede en esta ocasión. También se mantendrá en ellos esta bonita experiencia de haber sido sus hijos, de haber compartido con él tantos momentos emotivos y tantos aprendizajes durante los muchos años que le acompañaron.

El entierro fue una mañana de un triste sábado, rodeado de familiares y amigos con los que me hubiera gustado estar, pues ellos me acercaban un poco más a mi amigo Pepe. En todos y cada uno de ellos podría ver momentos compartidos en viajes, congresos, reuniones y en todos y cada uno de ellos parte de la vida de Pepe. En este momento en que escribo estas líneas, mirando como la niebla repta por la ladera de la loma, recuerdo a cada uno y veo en ellos un adarme de la mirada, una minúscula parte de las vivencias de Pepe. Era imposible asistir, unas lejanas montañas y un verde valle me lo impedían. Todos ellos pasan por mi cabeza en una rápida película y todos ellos protagonizan escenas agavilladas en el cariño y el sentimiento.

Mi mejor recuerdo para Delia, que le acompañó tantos años y con la que compartió tantas cosas. La deseo todo lo mejor y que en la memoria de Pepe encuentre la belleza de la paz y el estímulo del recuerdo. Siempre le quedará esto: sus hijos José, Pedro y Ampa y sus nietos que la rodearán de cariño y afecto. Para todos ellos, tanto de Consuelo como mío, todo lo mejor.