Dr. Manuel Peleato

La mayoría de los terapeutas puramente alopáticos (término más aceptado) actúan a través del cuerpo denso, de la materia, en el plano físico. Receta, maniobra, técnica, fármaco, manipulación, intervención, biopsia… no hay duda de que tienen un buen respaldo científico, contrastado, y logran resultados otrora inimaginables, proporcionando una inestimable calidad de vida y una gran fiabilidad clínica.

Estamos también acostumbrados, al pensar en las terapias complementarias o energéticas términos también consensuados, en su parte mecánica. Homeopatía es, por ejemplo, recetar un frasquito con agua y unas gotas de un producto (que incumple químicamente el número molecular de Avogadro) que debe de tomarse con una pauta fija, cartesiana. Como si ese frasquito se sirviese en máquinas expendedoras con un manual de instrucciones. No se alude (especialmente nuestros «enemigos») a la parte energética, sutil, emocional o como quiera que sea (ni yo mismo lo sé) que tanto cuidamos. Pues eso; la parte energética no está tanto en el frasquito como en nosotros y en el paciente. La faceta humana reside en las personas, no en las cosas; las cosas más importantes de la vida no son cosas. El acto y el mecanismo terapéutico residen, en última instancia, en elementos desconocidos, de por qué un quark (por pararnos en un nivel que conocemos) decide una posición o un momento (quánticamente excluyentes). Hasta donde sabemos, la materia no existe en realidad, sino que es una curiosa forma de manifestarse la energía (tampoco sabemos qué energía). Pocas escuelas, pocos alumnos, prestan la importancia que se merece (casi toda) a esta faceta. La formación del terapeuta, que llamaré holístico. Si consideramos la enfermedad, mi concepto de la misma se basa en un desequilibrio del Ser, consigo o con su entorno, tal y como nos han enseñado todas las medicinas tradicionales de toda la historia. El holismo nos sitúa en un entorno del que formamos parte, y a cuya armonía debemos contribuir, como médicos, como personas, como ciudadanos… como enfermos, facetas todas inseparables de nuestra persona. Todos nosotros resonamos en frecuencias múltiples y diferentes, lo que quiere decir que somos absolutamente únicos, irrepetibles, irreproducibles y diferentes a cada instante, tomando como tal cada fracción de tiempo absoluto (según Plank, 10-44 segundos). Todo Ser es también un ente con Conciencia, esto es, capacidad de responder de forma coherente y razonada a una información. No entraré en si la estabilidad de los electrones en las órbitas atómicas o el dipolo magnético de la molécula de agua pueda considerarse como una forma de conciencia, pero podemos afirmar que la enfermedad es, sin duda, la búsqueda del equilibrio, con información o procesos incorrectos, equivocados, bajo un punto de vista de la salud. El enfermo desarrolla un proceso, que llamamos enfermedad, porque recibe y/o procesa con un resultado patológico, pero es en realidad, un equilibrio «sano», lo más perfecto posible con la información y los esquemas disponibles. La enfermedad es un estado de equilibrio, de salud, aunque no sepamos verlo. Cada uno de los terapeutas (casi todos además, con sólida formación científica que también aceptamos) nos sentimos atraídos, en primer lugar, por el lado humano, empático de la sanación, de la misma forma que nos sentimos atraídos por las artes plásticas, escénicas, la música… Complementariamente, comenzamos a tocar instrumentos varios. MTC, homeopatía, reflexoterapia, kinesiología… aprendemos y enseñamos de ellos, hasta que, finalmente, nos hacemos maestros en uno de ellos, en mi caso, la kinesiología, a mi modo, manera y sistemática personal. No existe otra manera de aprender que empezar tocando mal. El violín, el fagot… conocer nuestras capacidades y nuestras limitaciones nos ayuda a superarlas, y la experiencia, y los pacientes agradecidos, son nuestros galones y méritos. Sin embargo, hay una faceta muy importante en nuestro proceso de aprendizaje. Cuando prescribimos algo, lo importante no es la terapia, sino el terapeuta. Lo que cura realmente no es tanto la técnica, sino la información que introducimos en su sistema, utilizando las autovacunas, las flores, el campo energético o electromagnético, la conciencia… y, por supuesto, los antibióticos y antiinflamatorios alguna vez. Como terapeutas podemos y debemos explorar nuestro cerebro derecho, holístico, integrador, artístico, armónico, a través fundamentalmente de las técnicas de introspección y meditación que nos conectan además con el Yo universal, del que venimos y al que vamos. Y como siempre, nunca debemos aislarnos del entorno científico, que nos muestra realidades incuestionables, y que padece, como todos sabemos, de grandes defectos; como nosotros.