Querido compañero:
Ante todo, muchísimas gracias por los elogios que dedica a mis artículos y por el tono tan elegante y discreto que emplea para discrepar sobre algunas opiniones incluidas en uno de ellos, que trata precisamente del expediente de depuración del profesor don Bernardino Landete. El asunto principal de dicho artículo es el expediente en sí, que expongo con la debida neutralidad, ya que un documento es un documento y habla por sí solo, de forma que poco se puede opinar de forma personal.

Sólo en la entradilla me permití unos párrafos para centrar el tema, y por eso hablé de la historia de las depuraciones políticas (no para justificar las del franquismo, sino para explicar lo que es cierto: que han existido siempre y que la República no fue una excepción en este sentido, como documento cumplidamente).

Discutible fue, y lo admito, mi opinión sobre la talla como filósofo de Karl Christian Friedrich Krause, del que dije —y lo sostengo— que fue insignificante, y a cuya obra le dedican las historias de la Filosofía europeas y americanas menos espacio que el que ocupa su larguísimo nombre, incluido patronímicos y gentilicios.

Pero, mi querido amigo, cada cual puede tener sus opiniones y valoraciones, y respeto la suya con profunda seriedad.

Me encanta, además, que podamos discutir de esto, porque ya está bien de artículos de implantes, ¡válgame Dios! Así que le agradezco hasta el infinito comprobar que mis colegas, además de odontólogos y estomatólogos, son personas cultas que pueden hablar, con conocimiento de causa, de otros asuntos que no sean los del diente y su circunstancia.

Ya lo dijo Letamendi: “El médico que sólo sabe Medicina, ni Medicina sabe”.

Así que, hablemos de Krause, ya que el asunto de Unamuno prefiero no tocarlo. Fui demasiado unamuniano en mi juventud salmantina, me honro con la amistad de uno de sus nietos y quizá sé demasiado (por testimonios personales) de su vida y muerte, y no todo políticamente correcto y ni siquiera escrito.

Pero, lo repito, su ataúd fue llevado a hombros de falangistas, y sé que lo hicieron honradamente y en contra de ciertas altas esferas que en aquellos momentos estaban tomando el poder en el palacio del obispo, donde Franco había instalado su cuartel general.

Krause me importa menos, y por tanto puedo, sin herir susceptibilidades a estas alturas, decir lo que pienso de él.

Mire, cuando hice mi tesis doctoral, allá por 1975-76, leí bastante sobre la Institución Libre de Enseñanza y, por tanto, sobre Sanz del Río y el krausismo.

De este último pretendí, con verdadero ahínco, leer algo, pero confieso que fui incapaz de digerir sus galimatías, clasificaciones, apotegmas y calambures.

Me perdí en eso de “ser inspector y circunspector”, “ser un sobrepensar de todo pensamiento relativo”, “ser medidor armónico de los relativos”, la teoría de las esferas del yo “potencia y facultad”, en fin, lo confieso, por higiene mental desistí, y no me pesó cuando años después leí un cuento de Leopoldo Alas “Clarín”, primero krausista y luego socarronamente crítico del “pensamiento” de don Carlos Cristián.

Seguramente usted lo conoce, se titula “Zurita” y es la historia de un joven de provincias que llega a Madrid, trata a don Cipriano y éste le introduce en el krausismo (don Cipriano era cejijunto, taciturno y poco limpio; para colmo se hará positivista, se casará con una mujer rica y se irá a ver torear al Gallo).

Pues bien, nuestro muchacho se hará krausista (otros se harán después del Opus Dei, de la secta Moon o de Green Peace) y vive obsesionado con la revelación del Ser en la Unidad, dejando pasar, incluso, varias oportunidades de encontrar pareja, rechazando las emboscadas que algunas buenas señoras le tendían a su “yo finito”, pues a lo que aspiraba era a disolverse en lo “infinito”, siendo Uno en Todo, y encontrar a Dios en la conciencia, siendo Uno con Él y bajo Él (¡la gallina!).

Afortunadamente, el chico sale del trance, se hace también positivista y acaba de profesor en un puerto de mar, donde consigue la fama por su pericia gastronómica relativa al pescado.

Si Clarín, ya digo, considerado krausista, escribió esto, algo sabía sobre el tema.

Hubo muchísimos relatos parecidos.

Recuerdo uno sobre cierta familia a la que le robaron un pavo, ante lo cual el padre, honesto krausista, no sabe cómo reaccionar, y la mujer le dice “poco importa que el problema sea inmanente o trascendente, ¡pero compra otro pavo!”.

Dudo que los krausistas hayan sido capaces de leer a Krause, y sobre todo los de la primera hornada, Fernando de Castro, Canalejas (éste salió del círculo escopeteado), Giner de los Ríos, etc., porque muchas de las obras del “insignificante” fueron editadas tardíamente ¡y en alemán!, idioma que no dominaban, como lo dominaba poquísimo Sanz del Río, que se las veía y deseaba para traducir al español los retruécanos de su maestro.

A Krause en su país, a finales del siglo XIX, no lo conocía ya ni el gato; allí sí conocían a Kant, Hegel, Fitchte, Schelling, y por supuesto a Nietzsche, Schopenhauer e incluso a Kerschensteiner (filósofo y pedagogo), cuando no a Marx y Engels y, por desgracia, a otros que amamantaron la serpiente racista y criminal del nazismo. Quiero decir que Krause no influyó absolutamente nada en Europa.

Y sin embargo, en España sí. Es curioso, en España sí, y mucho. Ya sabemos que España “is different”.

Se conoce que, como nadie le entendía, todos los que estaban en contra del Antiguo Régimen se pusieron de acuerdo. Para estas cosas, lo mejor es llevar una momia de la cual no se sepa ni el sexo.

Así, uno decía —siguiendo a Krause—: “El que conoce, siendo el mismo tal y en sí, se une con el conocido, siendo el mismo objeto en sí y tal” o “lo puro todo a saber o lo común es tal, en su puro concepto (él con su razón infinita, desde luego, y como lo son sin particularidad y sin lo puro particular…)*.

Naturalmente, aquello les estimuló a crear la Junta de Ampliación de Estudios presidida por Ramón y Cajal, en la que la influencia de Krause le permitió a nuestro premio Nobel descubrir la fisiología de la neurona —a don Santiago (¡horror de los horrores!) lo que le gustaba eran los lupanares, cosa que llevaban muy mal sus amigos masones y krausistas, tan impolutos ellos—.

Otro al que influyó sobremanera Krause fue a Buñuel, y a los que tocan el tambor en Calanda, su pueblo.

No digamos nada de la influencia krausista en el Romancero gitano, de García Lorca, y en el retrato que hizo Dalí de la nieta de Franco (que también estuvieron en la famosa Residencia de Estudiantes, propiciada por la Institución Libre de Enseñanza y Krause).

Es incomprensible pero real, Krause unificó a los progresistas españoles.

Pasó como con Marcuse en los años sesenta. Nadie lo leímos, pero todos íbamos con sus libros debajo del brazo. Era una bandera y tal entelequia y los porros acabaron con la guerra de Vietnam y con el racismo en Estados Unidos. Lo que hay que ver. (Hay algunas explicaciones de la historia escritas en el manicomio de Ciempozuelos.)
Los vascos nacionalistas veneran a don Sabino Arana, racista, xenófobo y haragán. Y le dedican calles, bibliotecas, hospitales e ikastolas (el único caso superviviente de racista y xenófobo, que debía ser perseguido por el juez Garzón, ya que sus ideas van en contra de la Declaración de los Derechos Humanos y de la Constitución Española. Por menos de eso desentierran ahora a cualquiera).

Perdóneme la inmodestia, pero no necesito leer a Ferrater Mora, porque Krause no me interesa lo más mínimo. Hace tiempo sé que fue un filósofo oscuro, fracasado en su país, donde no consiguió cátedra en ninguna universidad, incluso fue masón, y su libro sobre la masonería Los tres primeros monumentos de los hermanos masones casi supuso que lo (¿cómo se dice?) lo “irradiaran” (expulsaran).

Sanz del Río lo conoció de chiripa, primero en francés, a través de Ahrens, y este fue quien le aconsejó que le visitara en Alemania.

Algunos dicen que Sanz del Río era un poco vago. Tal vez si hubiera recalado en otros puertos la filosofía española hubiera salido mejor parada, pero también es verdad que acaso no hubiera servido de banderín político de enganche, que eso fue la Institución Libre de Enseñanza, la Junta de Ampliación de Estudios y la Residencia de Estudiantes, lo cual es cierto pese a quien pese, lo mismo que los seminarios hacían curas, las logias, masones, y las Casas del Pueblo, socialistas. Cada cual en su agujero y en su hábitat.

La gente de la Institución, de la Junta y de la Residencia trajeron la República, para bien o para mal.

Realmente, España necesitaba un cambio. A Alfonso XIII le olía mal la boca (es verdad) y el antiguo régimen estaba podrido.

Hubo muchos krausistas y masones en las Cortes de la República.

Y en España pasó algo parecido a lo sucedido en Francia cuando la Revolución de 1879.

La influencia masónica propició la caída del rey Luis XVI y de su régimen. Luego, la situación se les escapó de las manos y cayó en la de los “sans coulottes”, Robespierre y compañía.

Aquello propició la llegada de Napoleón y el horror se extendió por toda Europa.

En España, hombres de buena fe impulsaron el cambio (Ortega y Gasset, Marañón y Pérez de Ayala), por ejemplo. A la República la situación se le escapó también de las manos y cayó en las de gente sanguinaria (“No es eso, no es eso”, Ortega dixit). El terror rojo (que los buenos republicanos no querían) propició la aparición de Franco, con lo que ello supuso.

Pensar que Krause tuvo algo que ver con todo esto tal vez sea demasiado, porque entonces no sería tan “insignificante”, ¿verdad?
Pero a veces un microbio “insignificante” puede acabar con la vida de una persona. Así de sencilla y complicada es la historia.

Gracias, doctor Pfeiffer, por estimularme a escribir esta larga disgresión.

Estamos en Semana Santa, hace sol y me voy a recorrer los márgenes del Duero en la parte portuguesa, la de las “pousadas” y el vino de Oporto.

Por cierto, Krause tuvo algunos seguidores en el país vecino… y en Hispanoamérica.

Quizás no fuera tan insignificante y usted esté en lo cierto.

De todos modos, espero no haberle hecho cambiar de opinión, es horrible convencer a alguien y peor aún tener razón.

Reciba mi más sincera expresión de respeto y admiración, pues yo también leí con sumo agrado el artículo que usted envió a Gaceta Dental sobre los amores de Neruda con la dentista chilena Olga Margarita Burgos.

Suyo afectísimo.

Julio González Iglesias

  • Cuando servidor estudiaba filosofía, teníamos un profesor muy oscuro de cuyo estilo hicimos un párrafo burlón que decía: “Y por ende se colige que, bajo el punto de vista de la perspectiva fenomenológica, columbramos y vislumbramos en los hontanares unívocos del ser que el hombre es un ser constitutivamente moral”.

De Eugenio D’Ors se dice que leía sus escritos a la criada, y como la fámula entendiera algo decía: “Esto tengo que oscurecerlo”.

Otro filósofo muy oscuro fue Heráclito, pero dijo aquello de “Panta Rei” y pasó a la historia de la Filosofía con matrícula de honor.