Hay viajes que empiezan mucho antes de subir al avión y que no terminan al aterrizar de vuelta. En Bir Mogrein, una remota localidad del norte de Mauritania, la odontóloga Ana María Hita Velasco participó en una misión sanitaria de la organización HumanCoop junto a la población saharaui. El viaje estuvo marcado por el trabajo en equipo, la hospitalidad y esa huella emocional que deja la cooperación cuando se vive desde dentro. “Aquí el éxito no se mide en número de pacientes atendidos o tratados, sino que reside en el abrazo cultural y el reencuentro con una familia extendida”, asegura la Dra. Hita.
La historia del pueblo saharaui es el relato de una comunidad que ha transformado la dureza del desierto en una identidad inquebrantable. En 1975, el destino del Sáhara Occidental cambió radicalmente tras la salida precipitada de España después de décadas de presencia colonial. Esta retirada no trajo consigo la esperada autodeterminación, sino una invasión y un conflicto que, a día de hoy, continúa sin resolverse.
El avance de las tropas marroquíes obligó a miles de saharauis a huir, buscando refugio en la frontera con Argelia y Mauritania. Y es en este último país donde HumanCoop presta servicio desde hace varios años, y donde se ha reencontrado con parte de ese pueblo que ya conoció como DentalCoop en el Sáhara Liberado.

En 2020, tras activarse de nuevo las hostilidades, los últimos pobladores de la zona tuvieron que abandonar su tierra. Hoy centran su atención en Bir Mogrein, una localidad remota del norte de Mauritania donde desarrollan un proyecto global de salud, educación, medio ambiente, veterinaria y apoyo al emprendimiento local. Y, dado que la situación de los saharauis en Mauritania suele ser menos conocida que la de los campamentos de Tinduf, el olvido y el abandono adquieren aquí una mayor dimensión.
Confianza sin fisuras
Mi conexión con el proyecto fue inmediata. Inevitable fue también dejarme llevar por la ilusión, pues se trata de una labor integral en un rincón del mundo donde el aislamiento es profundo y la carencia, lamentablemente, lo cotidiano. Y así fue como tuve una conversación telefónica con Ignacio, odontólogo y presidente de HumanCoop, y como pude apreciar la experiencia, el entusiasmo y la humanidad que hay detrás de esta iniciativa.
El viaje comenzó mucho antes de subir al avión, en cada charla y cada preparativo previo. La sorpresa inicial llegó en Barajas: lo que debía ser una presentación de grupo se sintió más bien como un reencuentro, confirmando así que mi intuición sobre HumanCoop no me había fallado. Enseguida, la incertidumbre inicial dio paso a una complicidad profunda y magnética, donde las diferencias individuales se diluyeron ante el peso de un propósito común. Que las biografías de cada uno fuesen distintas hasta ese momento no era importante, pues de la acción de dar y recibir se construyó una fraternidad instantánea.
Primera prueba tras aterrizar en Nuakchott: la ruta hacia el desierto profundo. La solvencia y el apoyo del equipo local transforman las dificultades en simples anécdotas. Su presencia convierte los desafíos logísticos en algo apenas apreciable, manteniendo el foco en lo que de verdad importa. No puedo estar más agradecida.
En un entorno donde los recursos son finitos y el hospital más cercano está a cientos de kilómetros por pista de arena, los roles se difuminan en favor de la eficiencia. El equipo no está sólo compuesto por sanitarios de diferentes áreas, sino también por personal de apoyo, mediadores culturales y traductores. Aquí no hay trabajo pequeño. Si el conductor no conoce el terreno, el médico no llega al paciente. Si el traductor no genera confianza, el tratamiento no se sigue.
Lo que hace que un centro de salud en medio de la nada sea eficaz es la confianza sin fisuras. Y el éxito en este contexto no es una medalla individual, sino la ausencia de grietas en la comunicación. Cuando la misión se dirige a atender a la población saharaui en las zonas fronterizas, la hospitalidad adquiere un tinte de hermandad histórica. El idioma, con ese castellano que aún late en muchos mayores, facilita una conexión emocional inmediata. Aquí el éxito no se mide en número de pacientes atendidos o tratados, sino que reside en el abrazo cultural y el reencuentro con una familia extendida.

La filosofía del “Insha¨Allah” (si Dios quiere) enseña al sanitario a gestionar la frustración ante la falta de medios, adoptando la paciencia necesaria para trabajar en condiciones adversas.
Pensando en la próxima
Vivimos días de intenso trabajo y realidades opuestas en Bir Mogrein, pero la maquinaria perfectamente engrasada de la XXI Comisión Sanitaria permitió disfrutar también de la cotidianidad del pueblo, siendo testigos de una boda mauritana que congregó a toda la comunidad o compartiendo una ceremonia de té en el calor de un hogar particular.
Da igual cuántos sellos tengas en el pasaporte, una experiencia así te revela que uno suele transitar los lugares sin llegar a tocarlos. Es un verdadero privilegio dejar de ser una espectadora para fundirme, por fin, con el alma de esta tierra. Me marché en calma y vuelvo gratificada. Porque, por mucha formación o aplomo que lleves en el equipaje, el desierto posee una capacidad única para desmantelar tus esquemas y reconstruir tu mirada.
El viaje de vuelta fue, de nuevo, largo y en condiciones climáticas duras. Sin embargo, al cruzar el control de pasaportes en Barajas, nadie hablaba de cansancio. Hablábamos de la próxima vez. Regresar no es aterrizar. El avión toca pista y vuelve la cobertura, mientras que tu alma se ha quedado rezagada bajo el sol de Mauritania. Diagnóstico: jet lag emocional.
Tratamiento: acariciar los recuerdos.


