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Lo más importante

José Luis Del Moral
Director Emérito de Gaceta Dental

El fútbol es la más importante entre las cosas menos importantes que hay en la vida. Es una especie de máxima –no sé si atribuible al futbolista/entrenador/comentarista/filósofo argentino Jorge Valdano– con la que un buen amigo y yo disfrazamos nuestra afición de siempre –estuvimos jugando, juntos y por separado, hasta bien avanzada nuestra cincuentena, él con clase, como una especie de Koke, y yo más bien como un correcaminos, en la esfera de los Makelele; cada uno a imagen de un jugador de su equipo–, y así, con esta frase tan redonda, encubrimos nuestro enorme apego por el balompié ante quienes no lo entienden así y hasta lo consideran una afición superficial, pueril e insustancial.

Pero es que la vida está llena de momentos e ingredientes poco dados a la excepcionalidad o inusuales, esos que son capaces de sacarnos de la rutina. Es algo así como lo que en el fútbol sería lograr una Copa de Europa o una Liga, no ya como futbolista solo, sino también como aficionado y seguidor de un determinado club. Lo habitual en estas lides balompédicas es ver partidos más o menos intrascendentes, aunque también haya quien se refiera a un choque bodrio y aburrido como el partidazo de la temporada que-pasará-a-los-anales-de-la-historia futbolera.

Bien. Y luego hay otros temas que la gente considera también poco relevantes y nada importantes en sus rutinarios quehaceres diarios y que de repente se convierten en algo deseado hasta el punto de ascender en la escala de valores hasta hacerse imprescindibles. El beso de buenas noches a los hijos adolescentes o a la madre octogenaria; los dos besos o el estrechar de manos de rigor en una presentación o el abrazo en un encuentro con amigos; compartir cena en una mesa de un restaurante repleto de comensales o el aperitivo en la barra de un bar lleno hasta la bandera; ir al cine o al teatro –aunque la película o la obra sean decepcionantemente malas–; pasear al perro a deshoras; visitar una exposición temporal pese a la enorme cola formada por personas que han tenido la misma idea; caminar por el parque del barrio de al lado; hacer la compra a la hora que más te conviene, o ir al trabajo sin miedo y con satisfacción.

Hasta eso, la maldición bíblica de trabajar –Del sudor de tu frente comerás el pan–, se convierte en algo deseado cuando se pierde, cuando deja de ser esa rutina diaria a la que no se le da importancia.

Y en esas estamos por culpa de un maldito coronavirus importado de China, como podría haber aparecido en cualquier otro punto del planeta, que es un aspecto más de la globalización. A verlas venir; o, por mejor decir, a no verlas, porque no hay clarividente que adivine lo porvenir. Un ser invisible ha sido capaz de dar un vuelco a la que era nuestra escala de valores hasta su nefasta aparición para que otorguemos importancia a las cosas que de verdad la tienen, como la familia, la amistad o el compañerismo, pero también el trabajo y el ocio y la cultura y, por encima de todo, la salud. Y pierden relevancia ahora los bienes superficiales a los que dábamos tanta importancia.

Preocupa saber cómo se podrán respetar las nuevas normas sociales de seguridad en profesiones como la del dentista, volcado a escasos centímetros sobre la boca de un paciente desenmascarado o cómo hacerlo en el metro a la hora punta o en el avión que hipotéticamente te llevará a ese destino siempre deseado –y que ahora ha quedado en entredicho– o en esa barra de bar a que antes me refería. Los usos sociales (nos) van a cambiar tras esta maldita pandemia y me temo que no será para bien.

También volverá el fútbol. Lo hará, aunque tampoco sabemos cuándo se llenará de nuevo un estadio. Eso, sí, seguirá siendo lo más importante de lo menos importante. Hay cosas considerablemente más valiosas.

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