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Dentistas en la tele

José Luis Del Moral
Director Emérito de Gaceta Dental

Habrá que empezar a creer que las coincidencias existen y surgen cuando menos se esperan. Sin que uno sea especialmente dado al tumbing delante del televisor, ha habido una temporada en que cada poco veía aparecer un dentista en la programación y por los temas más diversos.

Por ejemplo, CSI emitió dos capítulos casi seguidos en los que la profesión dental tenía presencia. Así, en el episodio La dulce Jane, los invencibles científicos forenses y criminólogos afincados en Las Vegas terminan por descubrir que el asesino de la afable jovencita es un dentista. Un poco pirado, eso sí.

Al poco tiempo fueron los compañeros investigadores de la franquicia neoyorquina de CSI quienes tuvieron que resolver el caso de un hombre que muere al caer desde un piso veinte en el capítulo titulado Pasado, presente y homicidio, para lo que contaban con un premolar y un incisivo de la víctima que resultan decisivos para la identificación del cadáver.

También las pistas aportadas por las piezas dentales serán definitivas en la resolución de la peripecia presentada por la serie Caso abierto en el episodio titulado El fantasma de mi hijo. El análisis forense descubre la falsa identidad de un bebé que aparece carbonizado porque carece de los apuntes que las piezas dentales deberían tener a los ocho meses de edad. Ya me imaginaba yo al doctor Bernardo Perea –especialista en la cosa de leer en los dientes de cadáveres– asesorando a la rubia protagonista del serial norteamericano.

Pocos días después, en la película En algún lugar de la memoria de nuevo aparece un dentista como personaje principal del enredo cómico dramático. Alan Johnson, interpretado por el actor afroamericano Don Cheadle, en un momento de monumental cabreo despotrica de la profesión y se plantea dejar plantados a sus socios de la clínica. La cosa termina aparentemente bien, pero cuando aparece el The End de rigor, el dentista todavía no ha conseguido recuperar el gusto por su profesión.

Más coterráneo es el argumento de Estoy hecho un chaval, con Paco Martínez Soria metiendo la pata hasta el corvejón cuando visita la consulta de un dentista (Valeriano Andrés) para cobrar las facturas de una boutique de moda por la compra de unos modelitos que el estomatólogo (el año de estreno de la película, 1976, todavía no se había creado la carrera de Odontología) ha comprado a su maciza amante (Mary Paz Pondal). Pero los recibitos pasan por las manos de la esposa del infiel que, a la sazón, ejerce de auxiliar en la consulta, lo que lleva aparejada una monumental bronca conyugal.

En todos los casos eran dentistas de ficción, amparadas sus intervenciones precisamente en el hecho de ser personajes inventados. Pero la presencia de estos profesionales en la tele se vio incrementada, por pura coincidencia, con la aparición de dentistas de verdad, asomados a la pantallita para contar experiencias que superaban la fantasía de las series televisivas, dando valor a la extendida expresión de que la realidad supera con creces a la ficción.

Nombres conocidos por cuantos nos movemos en el sector intentaban explicar qué demonios estaba ocurriendo en Vitaldent, Funnydent y demás ‘dent’, esas clínicas emergidas al calor de la burbuja dental. Y así, los doctores Castro, Llobell, Gómez, Montero, López Andrade o Cáceres, entre muchos otros, se aplicaban en explicar al público en general que lo que contaban los noticiarios era verdad, que eso del cierre de clínicas que dejaban desatendidos a pacientes que habían pagado el tratamiento completo era cruda realidad, nada de historias inventadas. Y, de paso, predecían que la cosa no se quedaría ahí. Que habrá más casos ‘dent’.

En una próxima carta tal vez pueda dedicarme a hacer futurismo, pero solo en el cine, porque en el sector dental da la impresión de que la cosa está más o menos clara: llanto y crujir de dientes.

Autores

Director Emérito de Gaceta Dental

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