Carta Abierta:
Imagen: Unsplash, Denise Jans.

Una estudiante de Periodismo se afanaba a mediados de los 90 por conseguir en sus veranos un dinerillo extra para costearse sus caprichos. Esa inquieta plumilla que ahora les escribe, gracias a una vecina, consiguió en su Segovia natal su primer trabajo remunerado.

Así Arts 7 aparece en la primera línea de mi vida laboral. Sí señores, comencé mi carrera profesional en el cine, algo que siempre entono con cierta picardía cuando lo cuento, porque mis «papeles» fueron siempre fuera de la gran pantalla: desde cortar entradas a las puertas de las Salas Miró y Zuloaga, pasando por hacer y servir palomitas como si no hubiera un mañana hasta acomodar a los cinéfilos en sus butacas (no tan cómodas como las de ahora, que hay salas tan bien equipadas que dan ganas de mudarse).

Después vinieron otras experiencias, con distinta duración y resultados (pero todas de un gran aprendizaje), hasta que recalé en la comunicación especializada en formación y recursos humanos, parcelas que, aún a día de hoy, me apasionan.

«El trabajador quemado: la nueva pandemia que arrasa en las oficinas» es el titular que atrapa mi atención en la prensa de un domingo gris prenavideño, un contenido que viene a ahondar en un fenómeno que se ha venido a bautizar como «La gran renuncia».

Y es que solo en octubre en Estados Unidos 4,2 millones de personas abandonaron sus empleos. Este dato, que se suma a otras cifras récords en meses precedentes, parece estar ligado a los cambios en la escala de valores de los trabajadores a raíz de la pandemia. Empleados cansados con lo que estaban haciendo que deciden «resetear» y buscar nuevos horizontes; otros que buscan mejoras, que no necesariamente pasan por un aumento de sueldo, pero sí por flexibilidad, teletrabajo o conciliación

Se trata de un fenómeno que también se está reproduciendo en otros países, quizás no tan a gran escala porque las realidades de los mercados laborales difieren, pero lo que sí es una tendencia es que la savia nueva, los jóvenes que buscan sus primeros empleos, demandan más que nunca «tiempo». Un cambio de prioridades que está obligando a cambiar culturas empresariales.

Hace un par de números publicábamos un reportaje sobre los nuevos riesgos laborales en la Odontología. Precisamente en la lista figuraba el Síndrome de Burnout -desgaste profesional- como uno de los más peligrosos que acechan a los dentistas actualmente. Y, en este caso, más que por el COVID-19, se trata de un problema asociado a factores como el estrés crónico, los años de práctica profesional, al peso de llevar las riendas de la clínica o, pensando en los más júnior, derivado de la frustración que produce contar con unas condiciones laborales muy diferentes a las inicialmente soñadas.

No obstante, sigo siendo testigo directo de cómo la pasión por la Odontología se hereda de padres a hijos. Recién llegada de la Gala del Consejo me quedo con la felicidad de Vicente Jiménez (Premio Santa Apolonia) y, cómo no, con la de sus cuatro hijos, todos ellos, dentistas presentes en el acto; así como con la pasión al hablar de la profesión del Dr. Enrique Llobell («Dentista del año»), acompañado por su hijo Arturo, con quien comparte clínica; con la emoción del hijo de Rafael Carroquino y la hija de Alejandro López Quiroga, también dentistas, al recoger el galardón a sus progenitores recientemente fallecidos… Un acto de reconocimiento a la profesión odontológica que, a pesar de los retos y desafíos que tiene por delante, goza de un prestigio digno de una estatuilla dorada.