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Figura 1

En los años 60 el profesor Bränemark hizo un hallazgo casual. Al introducir una cámara de titanio en la tibia de unos conejos para estudiar la microvascularización se dio cuenta de que se producía una unión directa entre el hueso y ese material (1-4).

Este hallazgo desembocó en el inicio del desarrollo de implantes para uso oral. El primer paciente definido por el profesor Bränemark como “inválido oral” fue tratado con implantes en 1965.

Se define osteointegración como la conexión firme, estable y duradera entre un implante sujeto a carga y el hueso que lo rodea.

Histológicamente, la fijación del implante al hueso es una unión directa, sin el ligamento periodontal que existe en los dientes. El primero en demostrarlo fue Schroeder en Suiza, al describir un método para hacer cortes histológicos sin descalcificar previamente el hueso. Los tejidos blandos que rodean al implante son similares a los de los dientes, con algunos matices (5).

Tras la colocación de un implante, se forma un tejido conectivo y epitelial que sella el implante del exterior. Este sellado es de vital importancia para evitar la penetración de los microorganismos que pueden atacar la superficie periimplantaria. Este tejido consta de un epitelio queratinizado, un tejido conectivo con fibras colágenas que, a diferencia del tejido periodontal, no se insertan directamente en el implante sino que circulan paralelas a él, y un epitelio de unión, formado por hemidesmosomas en íntimo contacto con él.

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