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VII Premio de Relato Corto Gaceta Dental 2019

Cuando Cantalejo contempló el cadáver calcinado e irreconocible que reposaba entre los arbustos también chamuscados, comprendió que se hallaba ante un nuevo caso para su colega Gerard.

Lo había descubierto un ciclista despistado de su ruta, al que sorprendió un aguacero de principios de verano, de los que suele haber en esta época por acumulación de calor. El hombre, algo aturullado, no supo dar detalles precisos del hallazgo durante el interrogatorio del veterano policía. Cuando Ana Simarrosa, que así se llamaba la víctima, fue enterrada, tan solo acudieron al acto tres personas: su madre, Cantalejo y Gerard. Ni siquiera la esquela publicada en un periódico local tuvo repercusión. ¡Y no quedaba tan lejos!

Ana Simarrosa era una atractiva mujer sin profesión concreta que servía copas en un bar de alterne donde, cada noche, de martes a domingo, se congregaban personajes de diversa calaña y baja estofa. Coincidieron los testigos que fueron interrogados en que la camarera siempre iba muy arreglada, incluso demasiado para el lugar. Ni alta ni baja. Ni rubia ni morena. Eso sí, con carácter y simpática, dijeron. Ana se desenvolvía bien tras la barra, manteniendo a raya a los desaprensivos que intentaban acosarla. Le sobraba genio.
Uno de los clientes aportó la pista clave para avanzar en la investigación. Su boca. «Tenía unos preciosos dientes nacarados». Y sonreía mucho, vino a detallar. Atando cabos, Cantalejo fue desgranando su curriculum hasta tener casi completa la ficha. La asesinaron un 24 de junio, festividad de San Juan, aunque esto fuera lo de menos. Gerard, un eminente dentista forense no solo a juicio de Cantalejo, recurrió a sus capacidades para la identificación. Como tantas otras veces, resultó infalible.

Aquellos dos incisivos centrales superiores contenían la verdad y le sirvieron para rastrear en los registros dentales de las clínicas y hospitales más próximos. Cuando parecía que la investigación se encallaba, saltó la liebre. Ana Simarrosa era paciente del doctor Gutiérrez, en cuya clínica se guardaba el historial odontológico de la fallecida. Pero había más. ‘También era su amante’, le reveló la auxiliar al despedirse. Una relación secreta que derivaba las sospechas hacia la esposa, con motivos para vengarse de la querida del marido por una infidelidad que era conocida en su círculo. Esa noche de junio, cuando la asesinaron, no hubo lluvia, solo hogueras. Bastó que el asesino rodeara su cuello con fuerza desmedida y apretara hasta dejarla inconsciente. Luego procedió a quemar su cuerpo, que se retorció hasta convertirse en un amasijo. Lo descubrieron lejos del bar y la autopsia determinó que llevaría allí unas 72 horas. Identificada la víctima por sus dientes, dar con el autor no se demoró.

El día del funeral, el doctor Gutiérrez se acercó a la madre para darle el pésame. Compungido, le dirigió unas palabras que Cantalejo pudo oír.

—Siento mucho lo de su hija. Nunca olvidaré su preciosa sonrisa.

Esa misma semana, la auxiliar del doctor fue detenida y acusada de perpetrar el crimen.

—No soportaba su sonrisa mostrando los dientes— confesó.