Ángel Rodríguez Brioso

Dr. Ángel Rodríguez Brioso, Premio Santa Apolonia 2018

El doctor Ángel Rodríguez Brioso, odontólogo de La Línea de la Concepción, presidente del Colegio de Dentistas de Cádiz durante 31 años y, ahora, su presidente de honor, ha sido galardonado con el Premio Santa Polonia 2018. En esta entrevista para Gaceta Dental, cuenta cómo se siente al recibir la distinción más alta que concede el Consejo General de Dentistas de España. Además, hace balance de su trayectoria y reflexiona sobre cómo ha cambiado el trabajo del dentista en los últimos años. En sus palabras, se reflejan en todo momento el compromiso y la pasión que siente por un sector que le ha dado todo durante estos años.

—El Premio Santa Apolonia del Consejo General es el máximo reconocimiento que se puede otorgar a un dentista en España, ¿qué sintió cuando recibió la noticia de que iba a ser galardonado? ¿Se lo esperaba?
—A lo largo de mi ya dilatada vida profesional he tenido la gran suerte de recibir infinidad de premios y distinciones, y todos, sin excepción, me han proporcionado una gran satisfacción y, por supuesto, han sido para mí motivo de gran alegría y responsabilidad.
Pero en este caso, se une la importancia de la procedencia, pues para mí es un gran orgullo que sean los máximos responsables de la profesión a nivel nacional los que hayan tomado tal decisión. Y no solo por la importancia del premio y por lo que éste pueda significar, sino porque la calidad humana y académica de quienes me precedieron y los méritos de quienes hubieran podido recibirlo me ha hecho pensar que soy un afortunado en muchos órdenes de la vida. No me lo esperaba, ya que no creo tener otros méritos que mi gran amor por una profesión a la que llegué por verdadera vocación y el profundo respeto que siempre he sentido por el ejercicio de la misma.

—Este premio reconoce toda su trayectoria personal y consolida su prestigio, ¿cómo recuerda su primer contacto con la Odontología y qué balance hace de su contribución al desarrollo de la profesión?
—He ejercido intensamente la profesión desde 1968, un largo periodo de tiempo que me ha hecho poder valorar el ayer y el hoy de la Odontología y los cambios sustanciales que se han producido en dicho periodo y, a decir verdad, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. He vivido facetas buenas, malas y regulares, pero siempre teniendo por bandera el orgullo de ser dentista. No puedo quejarme de mis inicios profesionales ya que todo lo tenía muy claro. Tuve además facilidades para instalar mi consulta y en pocos meses me vi desbordado de trabajo, que, junto al interés en seguir con mi formación continuada, llenaron mi vida por completo. Las actuales circunstancias me han llevado a reflexionar sobre la Odontología que he conocido durante los últimos más de 40 años. Por eso, el momento actual me produce una profunda preocupación. Me duele el agravio comparativo al que están sometidos mis compañeros, sobre todo, los más jóvenes que con tanta ilusión luchan día a día.

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De Izda. a dcha, el Dr. Óscar Castro, presidente del Consejo General de Dentistas; el Dr. Ángel Rodríguez Brioso, presidente de honor del Colegio de Dentistas de Cádiz; y el Dr. Luis Cáceres, presidente del Consejo Andaluz de Dentistas y del Colegio de Dentistas de Sevilla.

—¿Qué diferencias observa en la profesión si la compara con la de sus inicios? ¿Y cuáles han sido, en su opinión, los cambios más relevantes de la Odontología en los últimos años?
—Los cambios, desde hace unos años hasta el momento, han sido radicales en todos los sentidos. La existencia de «supermercados» dentales en los que el paciente acude sin saber ni quién le atiende, ni a dónde dirigirse ante una posible reclamación, es otro problema que está ahí y que complica mucho a veces la labor de los Colegios de Dentistas.
La Ley de Sociedades Profesionales es otro de los temas que debía regularse y cumplirse en todo su contenido. Hay que garantizar una Odontología de calidad para todos los ciudadanos. Las clínicas dentales no deberían estar en manos de empresarios, ajenos al sector odontológico, que priman, en la mayoría de las ocasiones, obtener el mayor beneficio en el menor tiempo posible. La salud bucodental no debe ser el negocio de nadie y siempre defenderemos los derechos de los pacientes y también de los profesionales.

—Usted ha sido presidente de la Comisión Nacional de Intrusismo durante muchos años ¿cómo valora su gestión al respecto?
—Aunque el intrusismo es inherente a muchas profesiones, en el campo de la Odontología tiene una importancia añadida y muy preocupante, ya que lo que está en juego es la salud, un preciado bien al que tenemos derecho todos. Voy a ser muy concreto y a la vez muy contundente. El intrusismo en la Odontología está perfectamente tipificado en el Código Penal. La legislación es clara y son los tribunales de justicia los que ponen a cada cual en su sitio. La lucha contra el intrusismo ha de ser una constante en todo profesional que se precie de serlo. Y esa lucha ha sido una de nuestras prioridades. Nuestra constante lucha ha sido una labor tan ingrata como necesaria y de la que, a decir verdad, nos sentimos satisfechos. Creo que las más de cuarenta sentencias favorables a nivel provincial y otras tantas en fase de instrucción o de juicio, nos dan idea de que nuestro trabajo no ha caído en el vacío. A nivel nacional creo que nuestra lucha también ha tenido el eco perseguido.

—¿Es ahora más complicado ser dentista?
—La verdad es que no sabría contestarle. Todo en la vida tiene sus pros y sus contras. Hoy día la juventud tiene grandes dificultades para su ingreso en las escuelas públicas, cuyas notas de corte son elevadas y poseen limitación de alumnos. De ahí que hayan surgido un gran número de facultades privadas cuyo acceso supone grandes sacrificios económicos para muchas familias. Desde 1948 la titulación exigida era la de médico-estomatólogo, y para obtenerla había que cursar la carrera de Medicina, que en el plan antiguo era de siete años y posteriormente de seis, lo que también era un gran sacrificio. También había más facilidades para establecerse y la demanda de servicios odontológicos al profesional era muy superior a la actual, si consideramos el número de dentistas de entonces y el de ahora.

—¿Qué consejos daría a los profesionales más jóvenes para afrontar el escenario odontológico actual?
—Mi mensaje para los jóvenes dentistas es que «la sociedad es sabia. No siempre premia las virtudes, pero casi siempre castiga el egoísmo». Es difícil pedir paciencia, pero a buen seguro que vendrán tiempos mejores. No volveremos a los 3.000 dentistas de los años 80, pero los casi 40.000 actuales tendrán que tener un acomodo satisfactorio en una sociedad que tanto espera también de una juventud que no ve compensados sus esfuerzos. En España hacía falta aumentar el número de dentistas, pero con unos ratios que se adapten a lo recomendado por la OMS, cercanos a 1/3.500 (dentistas/habitantes), pero no llegar a los 1/1.200 actuales que está colapsando el mercado, con las graves consecuencias que ello lleva consigo y que hace la situación insostenible. Se siguen graduando casi 1.700 dentistas cada año, algo que solamente ocurre en España. Desde la Organización Colegial se viene advirtiendo de esto a las diferentes Administraciones, pues no olvidemos que si en el año 2007 el 8,2% de los egresados emigró, en el 2013 fue el 56,4%, alcanzando la alarmante cifra, en 2016, del 86%. Creo que estas cifras son lo suficientemente elocuentes para justificar nuestra preocupación.

Establecer un numerus clausus es necesario precisamente para salvaguardar la Odontología, no solo en materia de calidad, sino también por la situación de los propios profesionales recién licenciados. También una publicidad, presuntamente engañosa en muchos casos, hace un daño irreparable que debería regularse en todo el territorio nacional. Las especialidades odontológicas son también un problema actual con la imperiosa necesidad de darle una solución. España es el único país de la Unión Europea, junto con Luxemburgo, donde no existen especialidades odontológicas reconocidas oficialmente, lo que deja a los profesionales españoles en una situación de clara desigualdad.

—¿Cuál ha sido su mejor y peor momento dentro de la profesión?
—Se pueden destacar varios hitos importantes en estas tres décadas. La primera meta a alcanzar era saldar una vieja aspiración y reivindicación: conseguir un Colegio netamente provincial con plena independencia y capacidad jurídica para el desarrollo de sus fines. Tras una década de lucha se promulgó el decreto 150/1998 de la Junta de Andalucía, que permitió la segregación de la antigua IV Región con sede en Sevilla, creándose el Ilustre Colegio Oficial de Dentistas de Cádiz.

En segundo lugar, la adquisición en propiedad de una sede colegial en la capital de la provincia, que se materializó con su inauguración en el Edificio «Nuevo Estadio Ramón de Carranza» el 20 de febrero de 2016, y que supuso previamente la modificación de los Estatutos del Colegio de Cádiz en 2015 para fijar su domicilio definitivo en esta capital andaluza con su traslado desde La Línea de la Concepción –según mi promesa hecha en su día– donde radicó el Colegio durante 26 años.

Ha habido peores momentos, pero los entiendo como un servicio que gustosa y voluntariamente acepté al asumir la responsabilidad de dirigir los destinos colegiales.