Éxito
El circuito de recompensa empieza en uno de los lugares más básicos y automatizados del encéfalo y va subiendo hasta el lóbulo frontal.

La palabra éxito tiene su origen en el término latino exitus, que significa salida y se entiende como el resultado final satisfactorio de una circunstancia. La definición de éxito establecida es el resultado feliz de una acción emprendida o de un suceso. De ese modo, el éxito se entiende como el hecho de obtener libremente lo que se desea, lograr un propósito o alcanzar una meta.

Existen diversas teorías que desarrollan la direccionalidad del éxito. Por un lado, hay expertos que contemplan la idea de que las experiencias de éxito precoces y la confianza que generan son un factor clave porque lo fundamental del éxito es que el éxito llama al éxito. Se trata de un feedback positivo. Así que si tienes éxito en la vida estás más preparado para tenerlo, vistos los efectos que provoca en la mente y el cerebro.

Por otro lado, existe la teoría de que hay que fracasar, ya que es la única manera de aprender y encontrarnos como personas. Enfrentarse a mini fracasos y superarlos es un aprendizaje que dota al individuo de una serie de amortiguadores emocionales que le permiten entender el fracaso como parte del conocimiento necesario para emprender la siguiente aventura desde un plano de mayor sabiduría y, por lo tanto, en poco tiempo el cerebro entiende que aquello que salió mal sirve para «darle la vuelta a la tortilla» y hacer del error virtud.

Una idea de cómo funciona una mente de éxito es que la gente que triunfa no tiene en cuenta las amenazas, se centra en las posibilidades de recompensa futuras. Pero aunque no esté tan presente la idea de perder, los fracasos no son una excepción, sino la norma. Desarrollar una buena tolerancia al fracaso es básico para avanzar, pero ésta depende implícitamente de la definición que hagamos del talento. Si pensamos que el talento es innato, el fracaso significará siempre una falta de talento; en cambio, si consideramos que el talento se desarrolla con la experiencia, el fracaso se convierte en una estrategia para mejorar.

Saber arriesgar

Para aprender a afrontar retos es imprescindible salir de nuestra zona de confort, ya que refugiarnos en lo que ya conocemos y lo que es seguro nos limita. Para liberarnos es necesario un esfuerzo consciente y deliberado por arriesgar. Vale la pena, ya que la adrenalina que generaremos nos hará más creativos, más fuertes y más rápidos.

El sistema de recompensa es un conjunto de mecanismos realizados por nuestro encéfalo y que permite que asociemos ciertas situaciones a una sensación de placer. De este modo, a partir de esos aprendizajes tenderemos a intentar que en el futuro las situaciones que han generado esa experiencia vuelvan a producirse.

De algún modo, el sistema de recompensa es como un circuito con un principio y un final claros: la vía meso-límbica, caracterizada, entre otras cosas, por la importancia que tiene en ella un neurotransmisor llamado dopamina.

Emociones cerebrales

El principio de esta cadena de transmisión de información está situado en una zona del tronco del encéfalo llamada área tegmental ventral. Esta región está relacionada con los mecanismos básicos de supervivencia que son automatizados con la parte más baja del encéfalo, y desde ahí suben al sistema límbico, un conjunto de estructuras conocidas por ser las responsables de la generación de las emociones. Concretamente, el núcleo accumbens está asociado a la aparición de la sensación del placer.

Esa mezcla de emociones agradables y de sensación de placer pasa al lóbulo frontal, donde la información es integrada en forma de motivaciones más o menos abstractas que llevan a planear secuencias de acciones voluntarias que permiten acercarse al objetivo.

Así pues, el circuito de recompensa empieza en uno de los lugares más básicos y automatizados del encéfalo y va subiendo hasta el lóbulo frontal, que es uno de los lugares más relacionados con el aprendizaje, la conducta flexible y la toma de decisiones.

El psicólogo y profesor del Trinity College de Dublín, Ian Robertson, explicaba en Redes que «necesitamos líderes que ganen inteligencia al tener poder, porque ser líder es muy estresante. Lo que hace la dopamina es reducir el cortisol, la hormona que provoca el estrés, de modo que las personas son más capaces de actuar al máximo nivel. Por lo tanto, biológicamente, en términos evolutivos, los efectos del poder sobre el cerebro son necesarios para que tengamos líderes capaces de enfrentarse al estrés y de ser optimistas, que tengan visión de futuro para dirigir a la gente en tiempos de crisis».

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