Shutterstock/ Por bezikus.
Shutterstock/ Por bezikus.

Repicar de campanas. Es lo que tiene la playa, que dejas la lectura del «cervantino» Quijote –la maravillosa edición de Francisco Rico, por ejemplo– o La Fontana de Oro, de Pérez Galdós, para hacer una inmersión temporal, estacional, veraniega, en eso que años atrás se llamó ecos de sociedad, luego prensa rosa o del corazón y ahora más bien del hígado o de la cartera (billetera) que es lo que mueve a este tipo de publicaciones y/o programas de televisión. Es el caso que en agosto fue noticia –ahí es nada, ¡noticia!– que María José Campanario volvía a su actividad profesional como dentista –título que obtuvo en la Universidad de Oporto ante las muchas objeciones de que fue objeto para estudiar en centros españoles– tras una temporada de baja por la fibromialgia que le afecta desde hace unos años. Total que la mujer parece ser que ahora dará cursos –o un curso esporádico– de fotografía dental, que es, según dicen las publicaciones de lectura obligatoria en peluquerías y playas, «su especialidad dentro de la Odontología». Se lleva años en la pelea por conseguir que la Administración dé luz verde a las especialidades y ahora nos viene de añadido ésta, que tal vez sería más lógico incluir en las modalidades o géneros de fotografía que no en las de Odontología; más o menos como ocurre con las fotografías deportiva, de retrato, de viajes o paisajística, por poner solo cuatro ejemplos. Lo cierto es que la mujer del diestro Jesulín de Ubrique solo ha pretendido desde el principio de los principios trabajar como dentista y esas revistas del corazón la han «especializado», también, en Odontopediatría y Odontología estética. Por eso resulta extraño que ahora aparezca como docente en el campo de la fotografía dental –800 euros dicen que tendrá que desembolsar cada alumno que asista al curso–. En fin, que el tiempo está para dar y quitar razones. Ya veremos en qué queda esta nueva pasión de la perseguida odontóloga nacida barcelonesa pero tripeira de formación. El caso es que si la vuelta de Campanario significa que está mejor de sus dolencias se impone un repicar de campanas, en señal de regocijo.

Idental. Probablemente no ha habido un solo presidente de colegio de odontólogos que no haya denunciado en su día, y casi cada día, las prácticas de esa compañía en la que se anunciaba que los pacientes serían tratados por «dentistas con corazón». Como se preveía, el resultado no ha podido ser más descorazonador ni desolador. Miles de personas están en la calle con un tratamiento a medias –casi mejor que no lo hayan terminado–, una boca en estado lamentable y con el saldo de sus cuentas corrientes reducidas como resultado del pago anticipado de esos procedimientos que nunca estuvieron pensados con el corazón y sí con la calculadora. Y a la espera estamos de que salte otra liebre, que en el campo dental todo parece ser orégano por parte de la Administración, que ha de vigilar, también, la salud bucal, no menos importante que la de otras partes del cuerpo de los ciudadanos.