No es extraño que cada vez que se inician las obras de una nueva línea de metro aparezcan restos del pasado, más o menos reciente. Como ocurrió, por ejemplo, en Roma, donde la máquina tuneladora descubría a cada paso vestigios de la huella –amplia, enorme estela– dejada por los ciudadanos de la antigua e imperial urbe a lo largo de los siglos. El gran Federico Fellini dejó constancia de esa circunstancia en la película que tituló así, Roma (1972), en escenas que llevaban la desazón al espectador cuando frescos que habían aguantado perfectamente el paso de miles de años se descomponían en segundos al ser agredidos por una atmósfera a la que no estaban aclimatados.

Algo parecido ha ocurrido en muchas otras ciudades –Madrid, Málaga y Sevilla, sin ir más lejos–, que han sufrido retrasos en la construcción de los túneles que han de permitir la circulación de sus trenes subterráneos al darse de bruces con restos arqueológicos de toda índole. A principios del pasado agosto le tocó el turno a la muy alejada de nosotros ciudad de Melbourne. Durante las obras de construcción de una nueva línea se descubrieron todo tipo de residuos dejados por los ciudadanos que habitaron la zona en años pasados. Bien es cierto que la segunda ciudad australiana más poblada no tiene una historia que vaya a deparar grandes hallazgos –fue fundada en 1835–, pero sí alguna que otra sorpresa. El caso es que las obras de excavación han descubierto botones, muñecas y hasta una moneda de oro que los expertos han tasado en cerca de 2.000 euros (unos 3.000 dólares australianos) y alrededor de un millar de… dientes.

Y como todo tiene su explicación, el descubrimiento de molares, premolares, caninos e incisivos en ese punto de la ciudad, también. Parece ser que se trata de los desechos dejados hace un siglo por un dentista instalado en la zona entre 1898 y 1930, en una época en la que Melbourne era la capital australiana. El doctor J.J. Forster, al que se atribuye la responsabilidad de los desperdicios dentales hallados, se deshacía de las piezas extraídas a sus pacientes arrojándolos por un desagüe. El tal Forster prometía a sus potenciales pacientes la extracción de las piezas sin dolor, como aseguraba en la publicidad que insertaba en los periódicos. Algo que resulta difícil de asimilar en unos tiempos –principios del siglo XX– en los que los anestésicos al uso no eran lo suficientemente efectivos para paliar los efectos producidos por las pinzas y tenazas utilizadas para sacar los dientes. O sea que en Australia, hace un siglo, ya se hacía publicidad engañosa y falaz con tal de conseguir clientes/pacientes para la consulta. Este tipo de conclusiones forman parte de los efectos colaterales que producen los hallazgos arqueológicos.