¿Cambia nuestra percepción del tiempo a medida que vamos cumpliendo años? Desde luego que sí, especialmente desde que los artilugios digitales nos dan la hora con una aborrecible exactitud, con sus minutos y segundos, y hasta décimas de segundo. Atrás, muy atrás, quedó la época en que al preguntar la hora –el primer reloj que adornaba entonces nuestra muñeca izquierda llegaba, en el mejor de los casos, el día que se hacía la primera comunión– lo más corriente era que se respondiese, por ejemplo, las cinco y diez pasadas o casi menos cuarto. Esa falta de precisión a la hora de conocer eso, la hora, corría pareja a las prisas –las no prisas– que entonces había, en contraste con la urgencia con que se vive hoy.

No hay más que fijarse un poquito, casi nada, para comprobar la premura, la impaciencia, la celeridad, la angustia con que se mueven los ciudadanos de las grandes urbes, siempre corriendo, siempre con la lengua fuera para, siempre, indefectiblemente, llegar tarde adondequiera que vayan. Por mucho que el reloj indique los segundos que faltan para la hora de la cita, resulta inevitable llegar con retraso.

Es lo que tiene apurar al máximo los segundos, que por mucho que uno quiera no se estiran y duran lo que duran. Así es que la exactitud de esas diabólicas maquinarias que controlan los milisegundos no sirven de nada para combatir la inevitable impuntualidad crónica de los urbanitas, incapaces de presentarse cinco, diez o quince minutos antes de la hora acordada. Lo usual es que lleguen tarde, superando incluso esos diez minutos de cortesía –de descortesía, en realidad, hacia quienes han sido puntuales– porque ya se sabe cómo está el tráfico, el aparcamiento o el alineamiento de los planetas, que el caso es buscarse una excusa con la que justificar la tardanza excesiva.

Según apuntan todos los estudios de marketing (mercadotecnia) centrados en el mundo sanitario, uno de los aspectos que gana relevancia entre los pacientes cuando acuden a una consulta médica –clínica dental incluida– es la puntualidad al ser recibidos. Aseguran que la atención al paciente a su debido tiempo figura entre los tres factores más valorados, amén del trato y la información recibidos. Muy por detrás aparece el precio. Todo un síntoma para tener en cuenta ahora que la mercadotecnia (marketing) ha entrado de lleno en las consultas.

Y es que, al final, el tiempo es oro para todos, no solo para quienes están en su casa, en este caso la consulta. Lo decía el poeta romano Virgilio en sus Geórgicas unos cuantos años antes de nuestra era: tempus fugit. Y tampoco es cuestión de llevarle la contraria a estas alturas al bueno de Publius Vergilius Maro. Porque lo cierto es que el tiempo vuela, y mucho más veloz en el siglo XXI.