Dos niñas representan en la imagen la esperanza del pueblo saharaui.

Campaña sanitaria en Tinduf (Argelia) desarrollada por las organizaciones Zerca y Lejos, DentalCoop y Sáhara 4×4

Cuando escuchamos hablar del Sáhara existe una tendencia casi natural a pensar en el desierto cálido más grande del mundo, que para eso es lo que significa si nos ceñimos a su traducción literal a nuestro idioma. Inmediatamente después empezamos a sentir calor y, si no somos capaces de desviar nuestro pensamiento, incluso comenzaremos a transpirar tan solo de imaginarnos lo que allí se debe padecer.

Hace ya más de un año que dejé de sentir de esta manera. Fue cuando Amalia (presidenta de la ONG Zerca y Lejos) se decidió a acompañar a Ignacio y a Ana (coordinadores del proyecto DentalCoop Sáhara) a los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf (Argelia). La idea era trabajar de la mano con el Ministerio de Salud manejando datos relativos a la Salud Pública que pudieran crear una base de trabajo en un futuro próximo. A su vuelta, después de hablarme de su experiencia, quitó una de las muchas vendas que aún envuelven mis ojos en relación a cómo funciona el mundo, a cómo funcionamos los humanos. Hoy en día cuando escucho la palabra Sáhara no puedo sino remitirme a conceptos como pueblo, tradición, cultura, sufrimiento, huida, lucha y hospitalidad, entre muchas otras.

Conocer la historia del pueblo saharaui, a través de los documentos escritos y de la experiencia de otras personas que ya estuvieron ahí, te abre los ojos. Ir a su terreno a conocerlos hace que no los puedas cerrar nunca más sin acordarte de la injusticia que están sufriendo.

Comienza el viaje

Cuando a principios del pasado año Amalia volvió a hablarme sobre la posibilidad real de hacer este viaje acompañando a una comisión de DentalCoop con intención de recoger datos y realizar una humilde campaña sanitaria, no lo dudé ni un segundo. Dado que iba con gente con experiencia y como mi trabajo en España apremiaba por entonces, decidí no estudiar demasiado la historia ni la actualidad de este pueblo, sino que me sumergiría de lleno una vez estuviese allí. Y la experiencia no pudo valer más la pena.

Camellos y agua

Después de que Ana e Ignacio se encargasen de los preparativos para el viaje, con Nayi de nuevo como principal recolectora y organizadora del material, y de que Amalia realizase una meritoria donación personal para la compra de medicamentos de primera necesidad, nos encontramos en el aeropuerto de Madrid. Rápidamente pude ver la buena sintonía del grupo y la eficiente manera de trabajar, algo que solo se consigue con experiencia, compromiso y ganas de hacer bien las cosas. Tras el siempre sufrido embarque del material nos dispusimos a iniciar el viaje, que si ya impresiona de ser duro sobre el mapa, las condiciones y los horarios del mismo hacen que sea incluso un poquito peor. Fuimos veloces y sin problemas hasta Argel, donde la aerolínea argelina te concede unas ocho horas de espera hasta el siguiente vuelo a Tinduf, momento que los nuevos aprovechamos para romper el hielo y conocer al grupo. En total, contando a los que vendrían al día siguiente por el mismo trayecto, éramos 12 personas. Por parte de DentalCoop estaban Juanma, Nayi, Ignacio y Víctor como dentistas; Marta y Cristina como auxiliares; Amalia Q. como enfermera y Ana como organizadora en terreno. En nombre de Zerca y Lejos íbamos Amalia y yo (Jero), ambos como médicos. Y para completar el equipo estaban, por parte de Sáhara 4×4 Solidario, Almeida y Jalisco, dos hombres para todo, sin quienes esta aventura no habría tenido principio, desarrollo ni fin.

Averias en el desierto

Iluso aquel que piense que con llegar a Tinduf estaría todo acabado. Se trata de un aeropuerto militar con una escasa frecuencia de vuelos y con estrictas medidas de seguridad, y por lo tanto, el ritmo aquí es distinto. Además, vas entendiendo que una de las mejores maneras de no verse superado por la frustración radica en no intentar comprender en cada momento lo que está ocurriendo a tu alrededor. Había que cambiar el chip y saber adaptarse, así que nos sentamos y decidimos esperar a nuevos acontecimientos. Dos horas después, en torno a las 3 am hora local, comenzó a salir el equipaje por aquella cinta rudimentaria. Prácticamente todos los que allí estábamos éramos españoles con destino a los campamentos de refugiados, donde esperaban familias deseosas del reencuentro con quienes les habían dado la oportunidad de abandonar, aunque solo fuese por un breve espacio de tiempo, la dureza del desierto y descubrir otra realidad gracias al programa Vacaciones en Paz de todos los veranos. Una vez que todo estaba cargado en los diferentes medios de transporte aparcados a las puertas del aeropuerto, salimos todos formando un destartalado, pero contundente convoy escoltado por militares tanto argelinos como saharauis hasta la entrada a los campamentos de refugiados.

Smara, uno de los cinco campamentos situados alrededor de la ciudad argelina de Tinduf.

Adobe y uralita

El hecho de no informarse nada más que lo justo acerca de los sitios a los que viajas potencia enormemente la posibilidad de asombro, y eso es lo que pasó en mi caso. Campamentos y refugiados no son palabras que suenen especialmente bien en casi ningún contexto, pero una vez que llegas allí lo que ves supera todo lo esperable, en una situación que se prolonga ya por más de cuarenta años. En medio de la hamada, como allí llaman al desierto pedregoso, sin vegetación ni otra cosa que no sean piedras alrededor, se erigen sin orden multitud de pequeñas casas hechas la mayoría de adobe y techos de uralita, rodeadas por un auténtico cementerio de chatarra ya inservible donde aún es posible leer mensajes de apoyo y esperanza para un Sáhara libre.

Campamentos

Son cinco los campamentos situados alrededor de la ciudad argelina de Tinduf, que ellos llaman wilayas (provincias) y que tienen los nombres de las principales ciudades saharauis ahora bajo control marroquí: Aaiún, Auserd, Smara, Dajla y 27 de febrero, con Rabuni como capital. Cada uno de ellos se compone a su vez de seis o siete dairas (municipios), lo que facilita su organización. Nosotros fuimos inicialmente al campamento del 27 de febrero, también llamado Bojador. Allí nos recibió, con la hospitalidad que les caracteriza, la familia de Abba, quien sería nuestro anfitrión y enlace con los saharauis el resto del viaje, además de nuestro amigo y consejero para la multitud de eventualidades que irían ocurriendo.

Sobre el terreno se realizan estadísticas relativas a la salud.

Rápidamente nos distribuimos por las habitaciones que, básicamente, se componían de unos sillones de obra a media altura y alfombras de llamativos colores y enrevesados motivos que forraban el suelo por completo, y donde cada uno encontró su lugar para descansar después de casi veinticuatro horas de viaje.

Visita al hospital

A la mañana siguiente, no más de cuatro horas después de nuestra llegada, nos montamos de nuevo a los coches y nos acercamos a Rabuni. Concretamente al Hospital Nacional Bachir Saleh, donde el grupo de dentistas se encargó de revisar las condiciones del equipamiento donado hace algunos años, visitar al personal entrenado y realizar una cirugía para colocar unos implantes que ya tenían programada desde España, además de alguna que otra urgencia que siempre surge en casos como éste.

El equipo médico nos dedicamos a visitar el hospital, muy distinto de los que acostumbramos a ver en Occidente, ya que al no haber problemas de espacio las construcciones son de tan solo una planta, agrupados en tres grandes bloques: hospitalización, consultas y quirófanos. Todos ellos en bastante buen estado y suficientemente equipados, aunque llamaba la atención que casi era más numeroso el personal trabajando que el número de enfermos.

Tras el paseo de reconocimiento acabamos aceptando un té en el departamento de nutrición infantil, donde una mujer joven acompañaba a su niña de no más de tres años de edad con un evidente retraso psicomotriz, lo que no le impidió agasajarnos durante esa corta estancia con una sincera y bonita sonrisa fruto del asombro y la curiosidad por aquellas personas extrañas.

Campamento de los voluntarios, donde dormirían a la intemperie.

Después fuimos a conocer el llamado por todos Protocolo, donde, bajo la seguridad que ofrecen los muros de adobe y alambre de espinos así como la constante presencia militar, tienen su residencia todos aquellos extranjeros que vienen a colaborar para la mejora de la situación en los campamentos. También allí nos ofrecieron sombra y algo para hidratarnos.

Después de hablar con saharauis que vivían allí no todo era tan bonito como parecía a primera vista, sobre todo tras hacernos conscientes de lo duro que es vivir cada día con ese sol abrasador, la imposibilidad de salir sin permiso y acompañamiento de quienes lo protegen, lo difícil que fue sobreponerse a las inundaciones ocasionadas por las lluvias torrenciales del año anterior, la lejanía de los pequeños mercados donde aprovisionarse de víveres, la aridez del terreno que circundaba todo tu campo de visión…

Encuentros

Una vez que salimos de allí nos dirigimos hacia el Ministerio de Salud Pública, donde nos reunimos, entre otros, con el ministro de salud Lamin Deddi y el gobernador de los llamados Territorios Liberados (entendiéndolos como aquellas tierras que los saharauis recuperaron a los marroquís tras su violenta expulsión en el año 1975 y que suponen en torno a un tercio de la totalidad del Sáhara Occidental, sin duda la zona más árida y con menos recursos naturales).

Cada uno tuvo la oportunidad de expresar sus ideas e intenciones acerca del viaje que venía, haciéndonos partícipes de todo el apoyo y cariño con el que contábamos como representantes del pueblo saharaui.

Sería la primera ocasión en que un grupo de médicos y sanitarios atravesaría la frontera, fuera del amparo de Argelia y del apoyo internacional que se brinda en el entorno de los campamentos, para llegar hasta lo más perdido del sur de los Territorios Liberados, a la localidad de Agüinit, a más de 1.000 km de Tinduf, siguiendo la estela de lo que se empezó a gestar años atrás en la zona norte.

Departamento de nutrición infantil.

De ahí fuimos a degustar la que sería la gran comida del viaje, a cargo de Senia, la esposa de Abba. Siesta, lectura, paseo al atardecer y a descansar para lo que iba a ser el inicio del verdadero viaje la mañana siguiente. No sin antes echar una mano para cargar los coches en una especie de tetris que se nos hizo divertido a todos. El despertar coincidió con la llegada del grupo rezagado. Conocíamos esas caras y esas sensaciones estaban demasiado cercanas, así que no íbamos a hurgar en la herida. Nos subimos todos a los coches y empezamos el camino repletos de ilusión. La primera parada sería a unos escasos diez minutos, en Rabuni, donde esperamos a los que iban a ser nuestra escolta armada durante el resto del viaje. Un hombre ya conocido de otras expediciones y dos muchachos jóvenes pero dispuestos con los que se completaba el equipo. Como conductores estaban Mohammed, Fadili, Mohammed Salek y Rachid, además de Abba y el Dr Salek, un hombre de confianza del ministerio con mucha experiencia a sus espaldas. Una vez se hicieron los saludos oportunos emprendimos de nuevo la marcha hasta la siguiente parada, unos kilómetros más allá, donde encontraríamos el paso de frontera entre Argelia y los Territorios Liberados del Sáhara Occidental. Algunos piquetes oxidados interpuestos en la carretera, muelles de alambre en los laterales y un militar argelino esperándote al final. Se intercambian unas cuantas frases y seguimos, buenos días.

Poco después dejamos el asfalto para entrar en una explanada infinita de piedra y polvo, donde los espejismos son la única nota discordante sobre la que se crean las esperanzas. Cuando pasas horas en un coche sin que el paisaje apenas haya cambiado en nada, sin cruzarte con otro ser humano ni ver vegetación alguna, a toda pastilla sin ir siquiera por un camino, te planteas muchas cuestiones acerca de las personas que allí viven. Y entre bache y bache, las inquietudes de Ignacio y guiados por las indicaciones de nuestro chófer, guía y amigo Mohammed, todos fuimos siendo conscientes de la cantidad de información que teníamos delante de nuestros ojos. Mensajes que nos enviaba aquella tierra que, después de aquel shock inicial, ahora nos parecía tan rica y llena de vida. Entonces fue cuando empezamos a entender muchos porqués.

Continuará… (Lee el fin de esta bonita experiencia de voluntariado en el próximo número de Gaceta Dental).