Hay historias difíciles de creer, pero que son tan ciertas como la existencia del Nihonio (Nh), el Moscovio (Mc), el Téneso (Ts) y el Oganesón (Og), los últimos elementos químicos descubiertos y agregados a la tabla periódica hasta completar su séptima fila. Una tabla que ya no hay quien sea capaz de recitar como se hacía en el antiguo bachillerato cuando la cosa terminaba en el Radon o por ahí.

La historia rara –real, pero rara– ha acontecido en Taiwán y está relacionada con profesionales de la Odontología. Resulta que un dentista ha sido condenado a pagar a su madre algo más de 600.000 euros (casi 22 millones de dólares taiwaneses) en compensación por haberle sufragado durante años los estudios que le han permitido ejercer la profesión dental. La mujer, Lo de apellido, se hizo cargo en exclusiva de la educación de sus hijos tras su divorcio y firmó un contrato con sus vástagos por el que estos se comprometían a devolverle los gastos educativos una vez tuvieran ingresos. Y como los niños, ya creciditos, pusieron pegas al acuerdo han tenido que ser los jueces quienes dictaminen que la señora reciba esa nada desdeñable cifra a modo de compensación por la educación recibida. Una forma, dice la sentencia, de que la mujer se garantice la ayuda filial en su vejez