Durante un desayuno de trabajo para hablar de la periodoncia y su interrelación con la salud general, entre café y minicruasán, va y se me descompone una patilla de las gafas; un tornillo, que vaya usted a saber a dónde ha ido a parar, desaparece por arte de birlibirloque. Como me quedo tuerto de lentes, apenas terminado el encuentro con los profesionales del periodonto me busco la vida brujuleando a la localización de un anteojero que pueda arreglar el desaguisado del aparato visual.

Recorro un buen tramo de una amplia y larga calle que recordaba muy comercial en mis tiempos mozos: cines, mercado de abastos, tiendas de moda, zapaterías, perfumerías, bares, cafeterías, más bares, más cafeterías, un par de iglesias… En fin, lo que era capaz de contener hace cuarenta años una calle viva. Me adentro en ella en la seguridad de que podré encontrar la óptica que dé una rápida solución al problema que me impide distinguir un rostro de otro más allá de los cinco metros; vamos, que me hace ser un hombre corto de miras.

Cómo ha cambiado todo, casi todo, en la comercial calle. Se mantiene una iglesia. De los cines, ni rastro: casas de juego. Insospechada y afortunadamente, sigue en pie el mercado, pero han caído muchas de las perfumerías que recordaba, transformadas en tiendas de telefonía móvil. Quedan algunas zapaterías y tiendas de moda y bares y cafeterías, pero menos tradicionales, porque ahora se han convertido en lugares donde se hacen cosas de esas que también se comen, no digo que no, pero… hamburguesas de franquicias multinacionales, kebabs turcos, especiados platos latinos y raras preparaciones asiáticas. Ni rastro de los bocadillos de calamares, las raciones de callos o las patatas bravas. La otrora costumbrista calle se ha convertido en una sucursal de una vía cualquiera de cualquier país.

Pero hay algo que llama mi atención, la proliferación de locales en los que se anuncian primeras visitas gratis, aparatos protésicos a precio de derribo, descuentos 2×1, sonrisas perfectas… Sí, las clínicas dentales son la columna vertebral de esta popular calle, en competencia con peluquerías de extensiones y salones para hacerte las uñas.

Doy con una óptica, de esas que te colocan dos pares de gafas por menos de lo que cuesta el abono transporte. «En diez minutos se lo arreglo». Paseíto. Retorno al comercio gaferil y…: «Es un euro». Por primera vez en mi vida me cobran por poner un tornillo en las gafas. Será que la compostura ya no es negocio a los precios actuales y necesitan sacar pasta de donde sea. Mientras tanto los dentistas regalando. ¿No necesitarán muchos profesionales unas gafas?