A punto de terminar el mes de enero, asisto al congreso de Odontología basada en la evidencia en el que se cuestionan las actitudes profesionales que se limitan a repetir acciones anteriores dadas por buenas sin que medie una comprobación científica o se haya procedido a su demostración empírica a partir del análisis de los datos que proporciona la experiencia.

La cosa tiene tela porque la repetición de errores en la historia de la Medicina ha sido muy frecuente y viene de lejos. Ya lo dijo Aristóteles: «El imitar es connatural al hombre». Y por ello mismo quienes presumían de curar las más variadas dolencias mediante sangrías basaban el uso de esta modalidad de tratamiento médico exclusivamente en la imitación de lo que antes hubieran hecho otros. Y así les iba a los pobres pacientes que caían en manos de los plagiadores que mantuvieron vigente la sanguinaria terapia hasta bien entrado el siglo XIX. De estos y muchos otros horrores practicados por los galenos de antes —no demasiado antes— se da cuenta en el libro «Historia negra de la Medicina» (Editorial Ciudadela), del doctor José Alberto Palma, que relata, por ejemplo, la creencia de un psiquiatra americano que veía como solución a las enfermedades mentales la extracción de todos los dientes. Que digo yo si no estaría el aprendiz de loquero para practicarse a sí mismo su propia terapia. Parece que no contó con precedentes ni, afortunadamente, tuvo seguidores que le imitaran.

Y volviendo a Aristóteles, tenido como el pensador por excelencia, también fue seguido a pie juntillas y a cierra ojos por quienes no se cuestionaron algunas afirmaciones demostrablemente erróneas del ilustre ciudadano macedonio. Al discípulo de Platón y fundador del Liceo en Atenas se le ocurrió decir que «los machos tienen más dientes que las hembras, tanto entre los seres humanos como entre las ovejas, las cabras y los cerdos», error absurdo en un observador de su talla, porque tan fácil como hoy resultaba en el siglo IV a. C. contar los dientes de los humanos. Y lo tuvo chupado, que el fundador de la Lógica y de la Biología se casó dos veces y, como recordó irónicamente Bertrand Russell veinticuatro siglos después, bien podría haber escudriñado científicamente las dentaduras de sus esposas para salir de tan notorio desacierto.

Siempre se ha dicho que de los errores también se aprende. Pero si eso, el error, ha de ocurrir, sería conveniente que fuese subsanado lo más rápidamente posible. O sea que, de preferible, no se den por buenas prácticas odontológicas porque sí, por seguir la corriente, por carecer de espíritu crítico, por seguir a ciegas las máximas aristotélicas y ver connatural la imitación. Nada como la evidencia científica.