Entre mis muchas manías sexagenarias todavía no figura la de ponerme a contar letras para determinar qué vocablo castellano es el más largo, pero me han soplado al oído que en el diccionario de la RAE ninguno supera a electroencefalografista, que utiliza veintitrés fonemas para definir a este profesional de lo sanitario que interpreta el gráfico de las descargas eléctricas de la corteza cerebral registrado por el electroencefalógrafo.

Por el contrario, la más corta puede ser cualquiera de las que solo tienen una letra –como la preposición a, o la conjunción y, por ejemplo– aunque para buena parte de los mortales la más corta de todas es, sin duda, la palabra vacaciones.

Detrás del chiste que supone tal afirmación hay una fórmula no matemática que viene a demostrar que a medida que un humano cumple años la duración de las vacaciones, aun siendo la misma, se hace cada vez más corta. Parece un absurdo, una paradoja, pero dentro del disparate que implica esa aseveración es una ley real que tiene su comprobación empírica.

De niños, en la infancia, las vacaciones se hacen eternas –al menos se hacían interminables en mi época, cuando el veraneo abarcaba casi los tres meses del estío– hasta el punto de llegar a desear la vuelta al colegio. Que ya es querer cosas raras. En la primera parte de la adolescencia, es decir, en plena pubertad, los ligues del verano encogían algo la duración de esas amplias vacaciones, pero no tanto como para preferir seguir más tiempo en el pueblo o en la playa en lugar de regresar a casa. Luego posiblemente podrías pasarte el resto del año con la nostalgia de lo vivido en el verano, pero en vivo y en directo, permanecer más tiempo del debido fuera del hábitat natural, ni de broma. Llegada la juventud, el verano es más rápido, sí, pero por mucha diversión que haya lejos de la casa familiar, los compañeros de la universidad y los inseparables del barrio tiran mucho.

Mas, amigo, eso está bien hasta que a los pocos años llega la etapa de la madurez –o llegaba, que hoy parece que la cosa de la sensatez, en muchos casos, va con retraso– y toca ponerse a trabajar –aunque hoy esto del empleo también es un tema lento para los jóvenes–, entonces es cuando el tiempo de las vacaciones comienza a menguar. Y eso que los primeros años laborales se toman con la ilusión de lo nuevo y además el bolsillo empieza a permitir algún lujo en la vida, lo que contribuye a que el final del veraneo se perciba como la recuperación de los números verdes en la cuenta corriente.

Sin embargo, superando los cuarenta la sensación de acortamiento temporal de las vacaciones crece año a año, en una progresión geométrica negativa que en un alarde jacarandoso podría llevarnos a dar por cierta la relatividad einsteniana que se produce entre el tiempo veraniego –el periodo de la vacación– y el espacio vacacional, o lugar donde disfrutamos de ese tiempo. Ya lo dijo el sabio físico para explicar su teoría: «Cuando un hombre se sienta con una mujer bonita durante una hora, parece que fuese un minuto. Pero déjalo que se siente en una estufa caliente durante un minuto y le parecerá más de una hora. Eso es la relatividad». O sea que, ante el veraneo, el cincuentón y el adolescente son la chica y la estufa de Einstein.

Y luego está eso que han dado en llamar el síndrome o depresión postvacacional, también muy relativo, pues su nivel de afectación es tanto mayor cuanto más provecta es la edad del afectado. ¿Cómo combatirlo? Con relativa normalidad. Siguiendo otra de las máximas del físico alemán –«La mente es igual que un paracaídas, solo funciona si se abre»–, se trata de abrir la sesera para rescatar el ánimo de los años juveniles y recuperar la ilusión que supone el regreso a las situaciones agradables tras las vacaciones: los compañeros y colegas. Por ejemplo, la fiesta de entrega de los premios Gaceta Dental es una excelente referencia. Te ofrece la ocasión para el reencuentro con amigos y conocidos en un ambiente desenfadado en el que comentar las vacaciones vividas. Una buena forma de alargarlas en el tiempo mediante el recuerdo y la evocación del gozado kit kat agosteño en la mejor compañía.