Doy comienzo a esta carta con una gran desazón, la que me produce el conocimiento de la conducta de desalmados que entran a saco en las vidas de los demás, precisamente sin importales sus vidas, atacando directamente a la salud de quienes son sus congéneres.
Como bien sabes, los periodistas tenemos fama de cotillas, de chismosos y cuentistas, una apreciación no siempre exacta pero, intrusismos aparte, muchas veces cercana a la realidad y cada vez más acertada a nada que te asomes a las tertulias y los reality shows que pueblan los programas de televisión.

En esto del periodismo, como en todas las profesiones, adquiere una especial relevancia la deontología, ese conjunto de deberes relacionados con el ejercicio de una determinada actividad que solo resulta incómoda para quienes quieren campar a sus anchas sin atender a normas de ningún tipo. Puede que esté equivocado, pero creo que esa ausencia del respeto deontológico es la representación del egoísmo, la codicia y la ambición de quienes poseen una personalidad egocéntrica y desleal que cuando han de bregar en el terreno profesional rompen con todo, les da igual lo que sea, con tal de abrirse camino.
No deja de ser la actitud adoptada por los mediocres y farsantes, por quienes saben que solo podrán ser algo si hacen trampas, si toman atajos, si pasan de las normas éticas y morales que el ejercicio de su profesión les exige y que los demás, sus colegas, cumplen pero que no van con ellos. Porque no quieren que vayan.

Y en esta falta de formalidad y sensatez lo mismo da que se trate de un periodista que de un arquitecto, un ingeniero o un dentista. Más aún si quien entra en el terreno de esas profesiones ni siquiera pertenece a ellas. Y es que esto del mercado libre, el poder entrar sin miramientos en cualquier actividad comercial, y hasta profesional, debería tener sus límites. Se han conocido abusos en los medios de comunicación, cuando el mucho dinero generado por el boom de la construcción recaló en periódicos, cadenas de radio y televisión como una forma de adquirir poder, además de generar y amplificar la propia opinión del acaudalado inversor invasor, influyendo en la opinión pública, en el criterio de los demás.

Es triste y lamentable que, superados los tres primeros lustros del siglo XXI, se permitan estas prácticas desleales, que no se persigan y castiguen esas perversiones profesionales sobre todo cuando afectan a la salud y el bolsillo de los menos favorecidos. Que haya quien se anuncie sin ningún tipo de garantías como subvencionador de los posibles tratamientos dentales que necesitan los que carecen de recursos es desazonador e inquietante.

Tal vez los periodistas, los de verdad, los que respetan la deontología que les marca su oficio, deberían entrar de lleno en este tema, que además es –cómo decirlo sin que sospeches que caigo en el amarillismo– socialmente llamativo, públicamente necesario y hasta forzosamente obligatorio en beneficio de la colectividad más desamparada. Porque esa porción más necesitada de la sociedad es la que está sufriendo las consecuencias de los canallas que hurgan y husmean en sus interioridades económicas –nóminas, recibos de alquiler de la vivienda o del consumo eléctrico– para saber hasta dónde pueden llegar sus posibles pecuniarios a la hora de afrontar un supuesto y casi nunca correcto tratamiento dental. De diagnósticos, mejor no hablar.

¿A quiénes han afectado los recientes escándalos habidos en el mercantilista mercado dental? ¿A quiénes afectarán los cantados alborotos que están por llegar en el mismo zoco dental que los inhumanos advenedizos han creado? Exacto: a los de siempre.
¿Por qué esperar a que sea la policía la que actúe cuando no haya más remedio? ¿No habrá un partido político que tome cartas en el asunto, sobre todo ahora que todos andan buscando apoyos populares, incluso sin dejar de lado el populismo?

Tanto el gobierno en funciones como la poliédrica oposición en disfunciones tienen tarea para ganarse el sueldo en una legislatura que ha necesitado tres meses de incubadora para que arrancaran las cortes. Para ellos, los políticos de arriba y abajo y de uno y otro lado, esto no es más que el chocolate del loro, para los engañados es el pan de cada día.