Qué tiempos estos en los que no hay día que uno deje de desayunarse con noticias relacionadas con un caso de corrupción, ya sea nuevo o ramificaciones de alguno de los ya conocidos y notificados con anterioridad. Es triste comprobar con esa frecuencia diaria que la decencia, la honestidad, la integridad, la ética y la vergüenza son valores sin valor alguno en esta sociedad que anda ya apurando el tercer quinquenio del siglo XXI.

Desgraciadamente, la lección de decencia y rectitud que dio Sancho en los pocos días que ejerció como gobernador en la ínsula Barataria no ha tenido mucho eco en demasiados individuos que han dispuesto de dinero público cuatrocientos años después de que el bueno del escudero quijotesco tuviera la oportunidad de ser justo, digno y desinteresado. Ya me contaréis a quién se le podrían asignar hoy estas palabras: «Yo entré desnudo en el gobierno y salgo desnudo de él, y así podré decir con segura conciencia, que no es poco: “Desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano”». ¡Hala, chúpate esa mandarina!

Ya se ha empezado a hablar del cuarto centenario de la publicación de la segunda parte de Don Quijote de La Mancha, sobre todo a raíz de la búsqueda de los restos del escritor en el convento de las Trinitarias Descalzas. Y aprovechando este acontecimiento literario, aun a riesgo de parecer ante vosotros como un pedante, voy a tratar de construir esta carta con frases extraídas de la novela del manco Miguel de Cervantes, quien, más chulo que un ocho –como habría dicho mi galdosiana abuela Isabel–, se la escribió con una sola mano.

Las hay, las frases, íntimamente relacionadas con lo dental, aunque alguna haya perdido buena parte de su vigencia, como es el caso de: «La boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante», dice el hidalgo manchego a su escudero sin saber que el recientemente fallecido Per-Ingvar Brånemark restaría validez a esa afirmación cervantina cuando el cirujano sueco inventó el implante y, con él, la tercera dentición.

En las páginas que narran las aventuras quijotescas se hacen numerosas alusiones a obras clásicas y hechos históricos o novelados de épocas anteriores. Y así, aparecen referencias a La Eneida de Virgilio cuando se habla de las puertas del sueño, que son dos: la de asta y la de marfil, que llevaban, respectivamente, a los sueños verdaderos y a los sueños falsos. Mucho me temo que hoy muchos más tomarían la salida marfileña, donde residen los sueños de grandeza y campan la insidia, la maquinación y las conspiraciones contra quienes optan por la salida más modesta, la que conduce al trabajo, el esfuerzo y la superación. Parecen sueños estúpidos, pero son los reales. Y, claro está, los indolentes marfileños, porros ellos, se buscan artimañas para quedarse con el esfuerzo y, ya de paso, con los sueños de los otros.

Porque Sinón sigue vivo, tal vez más vivo que nunca, infiltrado entre los emprendedores para convencerles de que dejen entrar su caballo de Troya, y transformarse luego en un personaje trepado hasta su particular Roca Tarpeya desde la que ver el incendio que ha provocado. Ganas le dan a uno de hacerse con la Duridama y emprenderla a mandobles con tanto malandrín como abunda en este mundo envidioso y mendaz.

Pero las cosas son más complicadas. O no, posiblemente son tan simples como el pensamiento de Alonso Quijano: «Yo, Sancho, nací para vivir muriendo y tú para morir comiendo». O sea que siempre habrá soñadores hambrientos con ganas de hacer cosas y antisoñadores ansiosos que te quieren comer el pan, merecedores de probar el corbacho.