una profesión transmitida de generación en generación
Foto de familia de los profesionales asistentes al desayuno de trabajo para hablar de las sagas familiares en la Odontología.

Una profesión transmitida de generación en generación

La influencia familiar sobre el proyecto de vida de los hijos es inevitable, y no lo ha sido menos en el caso de la profesión odontológica, transmitida de padres a hijos durante varias generaciones hasta hacer que algunos apellidos estén unidos a la dentistería de forma indefectible. Pero, ¿en estos tiempos de plétora se mantiene esa ilusión generacional por perpetuar la tradición? Las opiniones no son unánimes, como ha quedado patente en este encuentro mantenido con cuatro familias tipo.

GACETA DENTAL ha reunido a cuatro familias, padres e hijos, para saber qué es lo que lleva a los herederos del apellido a mantener también la profesión en la estirpe familiar. Para hablar de este tema sucesorio y tratar de desvelar si nos movemos en tiempos adecuados para mantener la tradición hemos reunido a los doctores Miguel Ángel Soto-Yarritu García, Fernando del Río de las Heras, Pedro Ariño Rubiato y Rafael Miñana Laliga, con sus respectivos sucesores, los doctores Ramón Soto-Yarritu Quintana, Jaime del Río Highsmith, Pedro Ariño Domingo y Miguel Miñana Gómez.

Cuatro estirpes

FAMILIA DEL RÍO
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El doctor Fernando del Río transmitió a su hijo Jaime la misma vocación que él había heredado de su padre, Lorenzo del Rio, iniciador de la saga familiar.

Tal vez por los galones que le confiere ser el veterano de la reunión, rompe el hielo el doctor Del Río de las Heras, y lo hace recordando lo que le llevó a introducirse en el mundo de la Odontología: «Yo viví la profesión desde siempre –dice–, en mi familia ya son tres generaciones. Mi padre, Lorenzo del Río, fue el primer dentista de la saga. En aquella época la clínica estaba en casa y siempre veía a mi padre manejando todos aquellos instrumentitos que parecían juguetes y me introducían en un mundo que me resultaba muy atractivo. Yo descubrí así una profesión que me gustaba y en la que, además, el dentista era buen amigo de sus pacientes».

Su hijo, el doctor Jaime del Río Highsmith, decidió seguir la tradición familiar «por continuidad», afirma. «Admiraba mucho a mi abuelo y a mi padre, y me gustaba lo que veía. Desde siempre me atrajo la dentistería porque era una profesión sanitaria, que también me gustaba por la independencia que proporcionaba. En aquellos años –empecé Medicina en el setenta y cinco y Estomatología en el ochenta y uno– era una profesión totalmente liberal y eso de ser tu propio jefe me atrajo mucho. Sin embargo, hoy en día este concepto se está diluyendo bastante y las nuevas formas de negocio odontológico son diferentes».

FAMILIA ARIÑO
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El doctor Pedro Ariño Domingo es continuador de la saga de dentistas iniciada por su padre, Pedro Ariño Rubiato.

«En nuestro caso –interviene el doctor Pedro Ariño Rubiato– yo soy el primero de la familia en optar por esta carrera, pero de cuatro hijos tengo tres dentistas y eso que yo nunca lo fomenté. En realidad yo quería ser ginecólogo, pero el tema se alargaba mucho, y algún compañero me habló de Estomatología, que en aquella época era como la hermana fea de la Medicina. Acabé en este mundo un poco de rebote. Al principio la consulta la tenía en casa, pero eso mi hijo Pedro, que es el mayor, ya no lo vivió. Realmente a mí nunca me gustó hablar de dientes en casa, pero es inevitable. En un principio Pedro quería ser médico, pero como Medicina era una carrera muy larga hizo Odontología, aunque tras cinco años de carrera luego ha hecho la especialidad, Cirugía Oral, que ya son otros tres, y ahora el doctorado. Empiezas a sumar y te das cuenta de que nunca paras de estudiar. Tengo otra hija haciendo el postgrado y su hermana gemela el doctorado, y el problema es que ahora sí hablamos mucho de dientes en casa y mi mujer está harta. Hacemos pequeños trabajitos en revistas como GACETA DENTAL y nos lo pasamos bien. Además, yo aprendo mucho de mis hijos y cuando han estudiado la carrera yo he tenido con ellos como una segunda formación».

Su primogénito, el doctor Pedro Ariño Domingo, explica los motivos que le llevaron a estudiar Odontología: «Lo he vivido en casa desde siempre, es un trabajo muy bonito, mi padre siempre ha estado muy orgulloso de su profesión, nos hacía partícipes de ella de alguna manera. Me acuerdo que los fines de semana nos sentábamos a ver diapositivas y le ayudábamos. Yo tenía claro que quería hacer una carrera sanitaria, tenía dudas entre Medicina y Odontología, y al final elegí Odontología, un poco por seguir la tradición».

FAMILIA MIÑANA
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El doctor Rafael Miñana Laliga, endodoncista, consiguió que su hijo Miguel siguiera la tradición que él había iniciado.

El doctor Rafael Miñana confiesa que él estudió Odontología porque un amigo le dijo que conocía un dentista que ganaba mucho dinero. «Y lo tuve claro desde el principio. Me acuerdo que en el último examen de quirúrgica a mi profesor le decía: ‘No se preocupe por la apendicitis y esas cosas, si yo voy a ser dentista’. Luego me vine a Madrid y fueron dos años muy bonitos, la Estomatología era muy divertida entonces. Cuando terminé, José Manuel Losada, un dentista top de aquella época, insistió en que me fuera a Estados Unidos y me dio mucho la paliza con eso, a mí y a mi mujer, que era paciente suya, así que nos fuimos y estuvimos allí cuatro años aprendiendo. Estuve dos años en San Luis, luego en Boston, donde estudié Endodoncia, y terminé en Los Ángeles, donde pasé un año. Con todo esto en la cabeza, como es lógico, mi objetivo era que mi hijo se formara en Estados Unidos y así lo hicimos, aunque él fue a San Antonio».

Así lo reconoce su sucesor familiar en la profesión, el doctor Miguel Miñana Gómez: «Yo estudié Odontología en Valencia y cuando acabé, en el noventa y siete, seguí los pasos de mi madre, pero no pasé tantos años como él en Estados Unidos. Soy el menor de cuatro hermanos, el mayor es médico y yo era la última oportunidad que le quedaba a mi padre de que uno de sus hijos fuese dentista. La Odontología en mi casa la hemos palpado desde siempre, los libros, los carruseles, las conferencias, la Endodoncia… y, sobre todo, el ver la dedicación de nuestro padre, el amor que siempre ha puesto sobre su profesión».

FAMILIA SOTO-YARRITU

El progenitor del presidente del Colegio de Dentistas de Madrid, el doctor Miguel Ángel Soto-Yarritu García, expone los motivos que le llevaron a sumergirse en esta profesión: «Yo soy nieto e hijo de dentistas. Mi padre tenía la consulta en el domicilio familiar, donde vivíamos siete hermanos, de los cuales yo soy el único dentista. En un principio mi idea también era hacer Ginecología [en alusión a la coincidencia con el doctor Ariño Rubiato], pero también me gustaba la Odontología así que, por seguir con la tradición familiar, me decanté por esta última y me quedé con la consulta. Yo recuerdo que desde pequeño me sentaba frente a mi padre a ver cómo trabajaba. Es una profesión que siempre me ha gustado, y lo mismo les ha pasado a mis hijos, que se han sentido atraídos por este mundo. De mis cuatro hijos, tres son dentistas».

una profesión transmitida de generación en generación
Los doctores Miguel Ángel y Ramón Soto-Yarritu, seguidores de una tradición familiar que alcanza su cuarta generación.

El doctor Ramón Soto-Yarritu Quintana, representante de esos tres descendientes dentistas, mantiene el relato de su predecesor: «Al igual que mi padre, yo mamé la profesión desde muy pequeño. Mi padre conoció a mi madre estudiando Medicina en Zaragoza y me acuerdo de venir a Madrid a pasar las navidades a casa de mis abuelos y de sentarme a verle trabajar con ese equipo que se subía con un pedal. Recuerdo el olor de la clínica como algo especial. Además, de pequeño tienes a tu padre absolutamente idolatrado y su influencia en mí ha sido total. Si mi padre hubiera sido ingeniero, seguramente yo habría sido ingeniero, o por lo menos no sería dentista. En esta profesión la influencia del padre se mama porque es una profesión de la que se habla mucho, el dentista ejerce siete días a la semana. Yo, con mis hermanos y mi mujer, que también es dentista, pasamos horas hablando del día a día».

Y tanta es la pasión de este doctor por su profesión que ha llamado a dos de sus hijos Ramón Apolonio y Cayetana Apolonia. «Yo no les diré a mis hijos que hagan Odontología, pero me sentiré orgulloso si así lo deciden, porque sigo pensando que es una profesión preciosa, pero también es verdad que a mí me apasiona porque yo la he elegido libremente y la disfruto»

Dentistas vocacionales

Tras esta breve presentación de los asistentes, José Luis del Moral, director de GACETA DENTAL, pregunta a los presentes si la prosperidad económica de la profesión tuvo algo que ver en la decisión que, en su día, les llevó a estudiar Odontología, tal y como el doctor Miñana Laliga reconoció en su exposición inicial.

El joven doctor Ariño lo niega: «Yo no estudié Odontología por un pretexto económico, lo hice porque me gustaba. Esta profesión tiene que ser un hobby, te tiene que encantar, lo tienes que disfrutar, porque es un trabajo muy sacrificado en el que es muy difícil desconectar. Y por otro lado, si me tuviera que comparar con otros profesionales a lo mejor viviría con menos estrés ganando un sueldo similar si hubiera elegido otra carrera».

Según Soto-Yarritu (padre), «hace 30 años, todo el que hacía Estomatología tenía auténtica vocación y estoy convencido que, desde hace diez años, el ochenta por ciento de los que hacen Odontología no tiene vocación alguna, sino que lo hacen por dinero».

Del Río Highsmith ofrece un argumento esclarecedor: «Hace treinta y cinco años era vocacional, por la sencilla razón de que los hijos de dentistas no sentíamos necesidad económica, el dinero ya lo teníamos, por lo tanto, cuando tú escogías estudiar Odontología lo hacías por puro interés de conocimiento».

De ayer a hoy

Del Río de las Heras evoca uno de los cambios que él más ha acusado en la profesión: «Los dentistas de antes resolvíamos todos los problemas de nuestros pacientes, no como ahora que hay que remitirlos a otros especialitas, nosotros solucionábamos todo, de forma inmediata y generalmente bien, a pesar de que en aquella época decían que éramos pocos, malos y caros».

«Eso apareció en las páginas de ABC –recuerda otro de los veteranos de la sala, el doctor Rafael Miñana–, que reseñaba Pocos, malos y caros, allá por el año mil novecientos sesenta».

«Socialmente estábamos mal vistos», prosigue el doctor Del Río, hijo. «En los ochenta, cuando vino la democracia, lo primero que se desarrolló fue Hacienda y en la primera profesión en la que empezó a meter mano fue en la nuestra». «En Hacienda solo había dos profesiones estereotipadas: dentistas y farmacéuticos», recuerda el patriarca de la saga Del Río.

Ramón Soto-Yarritu echa un capote a los dentistas de antaño y reconoce que «las generaciones de estomatólogos han puesto la Odontología española a un nivel altísimo. Hay trabajos artesanales de mi abuelo que siguen en boca y que yo sería incapaz de realizar. Era una profesión que combinaba la artesanía con la ciencia y se hacía con un grado de excelencia bárbaro. Las generaciones de odontólogos tenemos que estarles tremendamente agradecidos».

«Yo recuerdo que antes nos decían que una buena amalgama era la que pasaba de los treinta y cinco años en boca
–evoca el doctor Ariño mayor–, y ahora, ¿cuántos emplastes estéticos pasan de los cinco años? En muchos aspectos ha habido un gran retroceso, pero como vivimos en la época en la que el secador de pelo te dura un año y cuando se estropea lo tiras a la basura, pues la gente entiende que un empaste no dura toda la vida y que en una endodoncia hay que hacer una reendodoncia, pero lo cierto es que la calidad ha bajado. Yo he visto trabajos de más de cincuenta años, y es que antes, con muy pocos medios, se hacían auténticas obras de arte, y aunque sí es cierto que ahora hacemos cosas muy estéticas, el nivel de calidad, por lo menos en cuanto a la duración de los tratamientos se refiere, ha bajado». El doctor Fernando del Río reconoce que en aquella época de la que se habla, «es cierto que éramos pocos, pero lo de malos y caros, ya es muy discutible. Nos conocíamos todos y era una cosa razonablemente organizada, aunque había poco servicio y no llegábamos a todas partes. Cuando yo me gradué la única escuela de Odontología de España era la de Madrid, luego enseguida apareció la de Barcelona, y ahora fijaos todas las que hay. Mucha culpa de que esto haya ocurrido la tenemos nosotros, porque no hemos sabido hacer bien la transformación».

Esta visión la comparte el doctor Ariño, padre: «Yo creo que los culpables de la crisis que vivimos en el sector somos los propios dentistas, o los médicos en general, porque los sanitarios somos muy malos gestores y nos hemos dejado comer el terreno por gente extraña que ha invertido, y ahora nos estamos subiendo al carro comercial arrastrados por las franquicias porque vemos que nos hemos quedado atrás».

El doctor Ramón Soto-Yarritu ha vivido toda esta transformación. «Yo recuerdo la relación que tenía mi padre con el paciente, la imagen que el paciente tenía del profesional, todo esto ha cambiado completamente. Es verdad que la sociedad ha avanzado y todo evoluciona, y con ello las profesiones, pero también es cierto que nuestro colectivo ha salido especialmente damnificado y teníamos que haber tratado de pelear por no caer tan bajo, porque la situación que estamos atravesando ahora es dramática y creo que vamos a peor. ¿Los responsables? Está claro, nosotros mismos, nuestra clase política no ha sido capaz de representar ni de defender los intereses de la profesión en los últimos veinte años, y la práctica odontológica se ha deteriorado notablemente, en parte por la plétora profesional que han generado las universidades».

«Yo he sido un enamorado de la profesión –interviene el patriarca de los Soto-Yarritu–, cuando llegaba el viernes estaba deseando que viniera el lunes para trabajar, me daban las diez de la noche y tan feliz, y, sin embargo, ahora he perdido la ilusión, estoy deseando dejarlo. Antes pensaba que nunca me jubilaría, pero es que lo que yo he vivido del concepto de Odontología no tiene nada que ver con lo que hay hoy en día, es otro mundo, y ha pasado de ser una profesión preciosa, ejercida en un piso, con tu padre, tus hermanos, la consulta, el paciente… a ser tiendas comerciales».

«Son cosas que tenemos que asumir –prosigue Jaime del Río–, porque ha cambiado nuestro modelo de negocio. Una cosa que también ha surgido es el desarrollo de las especialidades dentales, cuando tú acababas la carrera prácticamente abarcabas el noventa por ciento de los tratamientos que llegaban a consulta. Endodoncia, Cirugía bucal, Ortodoncia… en los ochenta lo hacíamos todo, y ese modelo ha cambiado. Hoy en día el estado del conocimiento hace que si quieres ser un buen profesional puedas abarcar el sesenta por ciento como máximo y en los otros casos tienes que remitir el paciente a un especialista. En España el problema ha sido que la planificación educativa se ha convertido en un negocio. Como estamos produciendo tantos dentistas y la oferta es tan enorme, han surgido grandes empresarios que han transformado el negocio y han sabido organizarlo cuando nosotros no teníamos ni idea. Para competir con todo esto lo único que podemos hacer es crear policlínicas pequeñas que abarquen todas las especialidades e intentar ser lo más independientes posible compitiendo con el sello de la calidad».

«Pues yo creo que podemos hacer muchísimo más que eso, porque nuestro colectivo es un gremio tremendamente respetado desde la Administración y, además, contamos con un presupuesto muy importante que nos permite tener la capacidad de hacer presión, fuerza y exigir parte de nuestros derechos», afirma el presidente del COEM.

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