Iñaki Lauret

Recuerdo mi primera tarjeta capturadora de vídeo, se llamaba Nu-Vista y si no recuerdo mal me costó el equivalente a unos 6.000 euros allá por el año 1990. Tuve que esperar aún algunos meses hasta que los fabricantes proporcionaron drivers para captura en tiempo real y fue toda una experiencia ver los primeros vídeos digitales en mi Mac FX II a una increíble resolución de 210×160 píxeles y a unos 12 fotogramas por segundo. Para entendernos, esa resolución es la que equipaba los móviles hace más de 10 años.

Desde ese momento, tuve claro que la batalla por el vídeo digital se desataría en poco tiempo y nadie tenía claro qué era lo que nos iba a deparar.

Por eso, cuando ahora escucho las discusiones acerca de lo que el CAD-CAM va a suponer en el campo de la Odontología, no puedo por menos que tener una cierta sensación de déjà vu.

Con todos mis respetos hacia los profesionales de la Odontología, tanto en el aspecto clínico como en el de la investigación o docencia, las dudas, los comentarios y las predicciones que se hacen cuando se habla de este tema resuenan en mis oídos como ecos lejanos de aquellos otros de hace treinta años cuando los responsables de las imprentas se echaban las manos a la cabeza cuando se les hablaba de una impresora láser.

No en vano, he asistido en primera línea no a una, sino a tres transiciones informáticas de las que creo se pueden extraer interesantes lecciones, me refiero a lo que atañe al sector de la impresión, del vídeo y de la música.

Es cierto que en los tres casos se ha intentado sustituir un proceso antiguo por otro nuevo, y que en su momento los más atrevidos predecían la desaparición de la letra impresa, la radio, la televisión, el músico en vivo, los actores reales, y así ad infinitum del despropósito.

En realidad, más que la desaparición, se ha producido la pérdida de hegemonía, la transformación y, sólo en algunos casos, la verdadera desaparición de alguna profesión como la de impositor de caracteres en plancha.

El hecho de que estas transiciones se hayan completado ya –decir que la transición digital se ha completado significa que ya ni por asomo se le ocurre a nadie comprar una cámara con cinta VHS para buscar trabajo como reportero–, nos permite extrapolar las siguientes conclusiones:

1. En los tres casos se necesitaron casi diez años desde que se inició la carrera, hasta que los sistemas informáticos fueron aceptados sin discusión como una opción igual de válida que las existentes previamente. Quizá lo interesante no sea saber cuándo aparece el primer sistema digital al efecto; desde mi punto de vista, el reloj empieza a contar cuando los sistemas ya están funcionando en algunas clínicas o laboratorios, pero aún compiten con los sistemas anteriores (figura 1).

2. Los profesionales de estos sectores, aunque no se opusieron a la transición, sí expusieron sus dudas acerca de la capacidad de los nuevos sistemas y, en consecuencia, demandaron unos resultados equivalentes a los tradicionales. En lo referente a las imprentas, era la resolución, la fidelidad del color; en lo referente al vídeo era la fluidez del movimiento y el detalle de la imagen; en la música era la fidelidad del sonido al instrumento real.

3. En todos los casos se pasó por alto el hecho de que ya no era necesaria una nave industrial, un plató o una sala insonorizada, sino más bien una silla, una mesa y unos auriculares (amén del ordenador, claro). ¡Ah! Y sin olvidar un almacén anejo para cintas de vídeo, de audio y materiales diversos.

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Figura 1. Modelo tridimensional creado desde un escáner intraoral.

4. En todos los casos se pasó por alto el hecho de que los sistemas digitales son capaces de archivar todos los pasos del proceso, lo cual, en caso de error fatal, evita empezar desde cero.

5. En todos los casos se subestimó el hecho de la economía de escala y de que eso puede suponer un abaratamiento hasta del 1.000 a 1. Por ejemplo, en el año 1990 un grabador reproductor de vídeo digital profesional, por supuesto en cinta, costaba unos 10 millones de pesetas –es decir, unos 60.000 euros– y a ese precio habría que añadir la inflación. Hoy en día se puede comprar un disco duro reproductor en HD por unos 150 euros y vendría a realizar más o menos las mismas funciones.

6. Asimismo, siempre se buscó reproducir el proceso tradicional, descubriéndose después que eso no es inamovible y que quizá podríamos diseñar y fabricar la prótesis definitiva antes de poner los implantes, aunque esto suene a herejía en este momento. ¡Oh! Perdón, eso ya se está haciendo. ¿O no? No, no me refiero a que el CAD-CAM sugiera desplazar ligeramente la colocación de un implante porque de esa manera la prótesis tendrá mejor ajuste, o sea más fácil de fabricar o más bonita. Me refiero a que quizá el programa nos sugiera una colocación completamente distinta de los implantes, o incluso cambie el número final de los mismos proporcionando el mismo o mejor reparto de las cargas, traduciéndose incluso en mayor confort para el paciente.

7. La digitalización de los procesos siempre abre nuevas líneas de investigación que suelen deparar sorpresas. Por ejemplo, hasta ahora no se están realizando de forma sistemática cálculos de carga sobre las prótesis, para diseñarlas dependiendo de la oclusión y de las tensiones que se pueden producir posteriormente, ítem más en las implantosoportadas. Esto se realiza actualmente en el diseño de edificios o piezas de automóvil con programas de elementos finitos.

8. Siempre se ha producido un abaratamiento de los equipos y por ende de los servicios ofrecidos a través de los mismos. Este fenómeno suele ir acompañado de una repentina bajada de la calidad del servicio final y el brote incontrolado de oportunistas que con lo mínimo, en lo que a medios se refiere, y menos de lo mínimo en cuanto a formación para uso de los mismos, inundan el sector de forma incontrolada (ver el cuadro «CAD-CAM de bajo coste»).

Esta invasión necesitará de varios años para reequilibrarse, hasta que el cliente final se dé cuenta de que el producto ofrecido no merece la pena. Dicho de otra manera, ¿cuánto tiempo hemos tardado en percatarnos de que la mayoría de los reality shows no valen ni lo que cuesta la luz que gasta el televisor para verlos?

Pero no nos fijemos sólo en lo malo: si algo hemos aprendido es que, después de todo, hay cosas que no cambian por mucho empeño que pongan en ello las casas comerciales, las editoriales y los políticos.

Después de tanta borrachera electrónica, hemos descubierto que lo que realmente nos gusta es oír cantar bien a alguien, que una película debe tener un argumento, y que un libro… Bueno, en toda esta historia quizá el papel sea el que sale peor parado.

En lo que se refiere al vídeo digital, por ejemplo, toda la pelea fue alcanzar la calidad que daban otros sistemas, eso sí, profesionales, como el sistema de una pulgada, el U-Matic y, más tarde, el Betacam.

Para lograrlo hacían falta discos duros cada vez más rápidos, ya que la cantidad de información a almacenar era demasiado grande. En esos momentos, un sistema de discos duros que funcionaban de forma sincronizada podía ocupar el doble o el triple de espacio que una CPU de ordenador.

Pero cuando ya se pudo grabar la información visual en los discos duros con fiabilidad, los ordenadores eran demasiado lentos procesando la información, así que hacían falta ordenadores del tamaño de una nevera para poder hacer algunos efectos especiales, (véase algún vídeo musical de finales de los 80 para saber en qué nivel nos movíamos).

Para cuando la cosa empezó a funcionar más o menos, los equipos se habían abaratado lo suficiente como para que cualquiera montara una productora de vídeo diciendo que hacían de todo y sin el más mínimo conocimiento de la materia, apenas un ordenador, un programa y algún joven voluntarioso a los mandos. Recordando ahora aquellos momentos, se me antoja que teníamos más cara de hermanos Wright intentando mantener aquel primer avión en el aire un poco más y no matarnos en el aterrizaje, que de saber realmente lo que estábamos haciendo.

Por supuesto todo eso ya se ha superado y ahora nadie valora el trabajo de producción de vídeo, en realidad puede llegar a dejar de considerarse una profesión. Y ésto, que puede no gustar a algunos tiene sin embargo su lado bueno: hemos vuelto a valorar la fotografía, la iluminación, el ritmo, y los efectos especiales son más como la ramita de perejil que decora el plato.

Hay que considerar no obstante que toda esta evolución se produjo en lo que podríamos denominar «eras tempranas de la informática de consumo» y, por lo tanto, el punto de partida era bastante primitivo, y que cuando actualmente se habla de digitalizar la clínica, los sistemas ya gozan de cierta experiencia en cuanto a fiabilidad y son más predecibles en términos de lo que podemos esperar en los próximos años.

En cualquier caso, no deja de ser una experiencia nueva para muchos y es difícil conjeturar cómo se va a desarrollar el proceso, y decidir cuál es el momento exacto en el que se debe dar el paso y cambiar la mentalidad de lo antiguo a lo moderno.

Así que sólo a modo de líneas generales, y salvando las distancias, se deben considerar los siguientes aspectos:

– Sea como sea, debo asegurarme de que el proceso propuesto sea completo. De nada vale un escáner intraoral de última generación si nuestro protésico no es capaz de entenderse con él, así que deberemos disponer de alguna alternativa fiable que nos permita completar un tratamiento con garantías.

– Abundando en lo anterior, hay que tener muy claro que nuestra falta de experiencia con nuevos sistemas no puede ser motivo de conflicto, un problema informático muy común a nivel de usuario, y recibir respuestas del tipo «es que eso es lo que venía en el archivo digital», o «es que usted se ha olvidado de dar al botón confirmar». El suministrador del sistema debe asumir la responsabilidad del seguimiento de todo el proceso, hasta que el clínico haya asimilado convenientemente el funcionamiento del mismo.

– Los equipos se abaratarán necesariamente con el paso del tiempo, al mismo tiempo que mejoran sus prestaciones. Esto no es una suposición, es una realidad repetida constantemente en el mundo de la tecnología, así que hay que valorar el coste de cualquier sistema digital, ya sea hardware o software en relación a periodos cortos de tiempo (hablamos de uno o dos años).

– Siempre habrá equipos caros, como los equipos radiológicos. Pueden mejorar sus prestaciones, sí, pero tienen condicionantes de seguridad y fiabilidad ineludibles y que en el momento actual no se pueden evitar, por mucha informática que se les meta.

– Un sistema, ya sea un programa de diagnóstico, de escaneo de modelos, de planificación, o cualquier aparato asociado a los mismos, debe funcionar a la primera y, por supuesto, debe cumplir la primera ley informática: si se bloquea, basta con apagar y volver a encender. Y no es una broma, los sistemas digitales son así.

– Y, por último, un sistema digital, siempre debe hacer lo que se hacía con los métodos tradicionales, por lo menos, con la misma calidad. Pueden ofrecernos la luna, pero aquí hablamos de Odontología, ni más ni menos.

O bien mañana alguna firma se descuelgue con una App que haga todo desde el móvil, aunque sinceramente creo que eso no va a suceder.

HETERODOXIA DIGITAL
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¿Es un pájaro? ¿Es un avión? No, es un objetivo de cámara SLR acoplado a un iPhone o, deberíamos decir, un iPhone colgando de un objetivo SLR.

Efectivamente eso es lo que propone la carcasa iPhone SLR Mount que permite adaptar objetivos de Canon y Nikon al iPhone 4 y 4S. Aún no está disponible para el iPhone 5, pero estamos seguros de que no tardará mucho.

Desde luego se pueden hacer todos los comentarios buenos y malos que se quiera, pero personalmente lo que me interesa de la imagen es la idea que nos proporciona acerca de la evolución tecnológica en términos darwinianos.

A la izquierda, un ejemplo de superevolución, un dispositivo capaz de adaptarse a casi todas las situaciones y hacer casi de todo, inteligente, versátil y en constante transformación. A la derecha, un superviviente de la era de los dinosaurios cuya estructura apenas ha variado desde su aparición, superadaptado a una sola función. Y, sin embargo, ¿cuál de ellos habrá sobrevivido dentro, por ejemplo, de diez años?

Creo que, a la hora de adoptar nuevos modos y filosofías de trabajo, es primordial intentar distinguir este tipo de situaciones, al fin y al cabo, siempre hemos pensado que lo importante era la cámara, todo el mundo habla de tener una buena cámara, pero puede ser que lo que realmente merece la pena sea un buen objetivo. Ésto a los profesionales de la fotografía seguramente les parecerá una obviedad.

Una vez más topamos con barreras físicas que no son tan fáciles de franquear, pero ¿lo teníamos igual de claro cuando aparecieron las primeras cámaras digitales?

O dicho de otro modo, ¿tenemos tan claro ahora mismo lo que va a suponer, por ejemplo, el CAD-CAM para la clínica? Estoy seguro de que no. Podemos suponer, hacer cábalas, pero cuando la transición digital se haya completado, ¿qué quedará de lo antiguo y qué habrá desaparecido?

Desde luego, no lo sabremos si no lo intentamos y, por eso, mi recomendación es no esperar demasiado. Al final, la cámara habrá desaparecido por completo y sólo quedará un objetivo con una tarjeta de memoria incorporada.

CAD-CAM DE BAJO COSTE
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En el artículo se habla de abaratamiento de costes en lo que se refiere principalmente a la maquinaria.

En la imagen podemos ver un buen ejemplo de ello: se trata de una impresora 3D de bajo coste (unos 1.500 euros, aproximadamente), que utiliza el sistema de inyección de plástico de forma similar al sistema de inyección de tinta que utilizan las impresoras de papel.

El material viene en un rollo de hilo de plástico que, mediante un inyector que lo calienta instantáneamente, se va depositando capa a capa con una resolución de 2 décimas de milímetro.

Pero, pensemos por un momento: el invento es fabricado y ensamblado a mano en Nueva York por una diminuta empresa que utiliza materiales existentes en el mercado.

¿Qué puede hacer una empresa como Epson o HP con esto? El asunto tiene dos inconvenientes, por un lado, el bajo coste de la máquina: una producción en serie (¿en China?) reduciría el precio hasta límites ridículos, como ocurre hoy en día con las impresoras de papel.

Pero lo más grave es que este invento se alimenta tan sólo de hilo de plástico que tiene aún un precio más ridículo (37 euros el kilo, si se compra al mismo fabricante de la impresora), y sin ningún tipo de especificación más allá del plástico industrial.

Así que, ¿qué ganaría una gran firma que no puede venderte cartuchos de plástico en carcasas especiales y a precios astronómicos como son los cartuchos de tinta?

Y el caso de la Makerbot 2, en la imagen, no es el único, basta con buscar en Google «Impresora 3D de bajo coste». Existen actualmente por lo menos media docena de ellas, en general, con pequeñas diferencias en cuanto a los resultados ofrecidos y los precios de las máquinas.

Por supuesto, nos puede parecer poco profesional, no es sinterizado ni fresado, pero también hasta hace poco se nos saltaba una sonrisa sarcástica con el tema de los mensajitos en el móvil, y míranos ahora.

Por cierto, ¿cuánto cuesta actualmente un escáner de papel? ¿Y un escáner intraoral? En fin, las comparaciones son odiosas.

Artículo elaborado por: Iñaki Lauret Responsable del Departamento de Audiovisuales e Informática de i². Centro i² Implantología, Madrid.